Urbanidad ausente

La educación formal debe inculcarse desde las primeras edades.

La fajazón subía de tono. Dos niños de uniforme rojo y blanco se abracaban con furia a la salida del colegio. Golpes, halones de pelo, rasguños en la piel. Daños físicos intencionales desde la mal llevada inocencia de unos 9 ó 10 años.

Impávidos, adultos que acompañaban a sus hijos en el regreso al hogar presenciaban la escena. Hasta sonrisas en los rostros. Fue un señor de avanzada edad quien, tras apurar el paso desde un lugar cercano, atajó el sinsentido.

Esta escena reposó en la memoria hasta hace sólo días, cuando una mujer cayó accidentalmente al borde de la acera en una céntrica calle espirituana. Salvo otra fémina que iba delante nadie más se inmutó, pese a la numerosa concurrencia. “Sucede igual en los medios de transporte: la gente corre para alcanzar asientos, no importa si una embarazada o un inválido quedan de pie”, fue el comentario de quien prestó auxilio.

Durante algunos días de estancia en la oriental ciudad de Bayamo atrajo mi atención un hecho contrastante: los pobladores en la calle se auxilian unos a otros sin mediar solicitud alguna. Con el recurrente vocativo de “seño” a una puede acercársele desde un hombre cualquiera hasta otra mujer para ofrecer ayuda al llevar una jaba, recoger un objeto, sostener a un anciano. Eso sin mencionar a los infantes, que al menos de forma más frecuente piden permiso, dan las gracias, se disculpan por la pelota impertinente que ha golpeado la puerta.

La comparación se impone por derecho. También allá la urbanidad ha perdido terreno. Sin embargo, se aprecia el interés en complacer al prójimo y hasta pueden sorprender demostraciones de ética de vendedores callejeros a favor del cliente, por aquello de que “quien paga escoge”.

Pero en estos parajes, no los únicos aquejados por tan nociva carencia, continúan floreciendo la desidia, la pasividad y hasta la irreverencia en situaciones cuando se imponen ingenio, dinamismo, constancia y respeto. “Uno a veces no se explica cómo en un país que ha invertido tanto en la educación de su pueblo se producen tales manifestaciones”, comenta la doctora en Ciencias Históricas Sonnia López Acosta, quien con cinco décadas de experiencia en el quehacer pedagógico se queda atónita ante el mutismo colectivo en algo tan elemental como responder al saludo.

“Se trata de un problema de cultura, primero, y luego de disciplina. Aquí hay implicación tanto de la familia como de la escuela y de la sociedad en su conjunto. Urge dar un vuelco total para revertir esto, porque no se concibe que Cuba haya desplegado una Campaña de Alfabetización ya en 1961 y a estas alturas se produzca semejante fenómeno”,  concluye la insigne educadora.

En tanto, no suenan ajenas las historias de conductores que abandonan a víctimas de sus transgresiones al timón, o de empleados cuyas respuestas agrias unas veces, groseras otras, espantan la clientela en lugar de atraerla. No extraña la agresión a los oídos y al pudor de  términos y gestos obscenos. Lo peor: tales comportamientos pasan frecuentemente inadvertidos.

Pero igual, continúan doliendo al alma de la nación la indolencia ante una reyerta entre escolares y el gesto humanitario negado a quien lo necesita. Sin atender están, lastimosamente, definitorias consideraciones de José Martí: “La cobardía y la indiferencia no pueden ser nunca las leyes de la humanidad. Es necesario, para ser servido de todos, servir a todos”.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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