Mayábuna, la tragedia

Hola, ¿Cómo andan las cosas? ¿Estás ante el televisor? ¿Viste la noticia del avión? No te alarmes, todavía no se sabe mucho…

Tales fueron, más o menos, las palabras de una amiga muy allegada aquel 4 de noviembre. Con el plato de comida en la mano, pugné por mantenerme ecuánime. Había visto el noticiero, incluso alguien antes de las 8:00 pm me había llamado con una información que daba la medida exacta del desastre, pero era extraoficial y no tenía visos de credibilidad. O, al menos, yo no quise vérselos. Albergaba una leve esperanza y, frente al televisor, descreí mi propia intiución, desoí las palabras y su verdadero significado.

El tratamiento a un brazo enfermo me mantenía alejada del trabajo Mi olfato periodístico, un jueves ya de noche, no me indicaba que debiera entrar a la red digital, así que concilié el sueño con dificultad y esperé a la mañana. La salida del avión desde Santiago de Cuba ponía coordenadas en mi región natal. Pensé en el primo que la casualidad por esos días ubicaba en un curso de pilotos en el aeropuerto de Sancti Spíritus.

En el accidente perdieron la vida 68 personas.

El asombro se me juntó con la emoción. Vi las primeras fotos y busqué rápidamente la relación de fallecidos. El dolor me embargaba. El azar quiso que mi primo me visitara ese día. No habían llamado a ninguno de los pilotos de su curso, contrario a lo que era de esperar: no había sobrevivientes. Su vasta experiencia le permitía hacer especulaciones. Colocada todavía en la noche, incitaba a perder toda ilusión aquella breve nota del colega Ojito, donde se daba cuenta de la catástrofe y se comentaba en los últimos dos párrafos: “Fuerzas de rescate del territorio espirituano se activaron y se mueven hacia la zona del desastre aéreo, cuyas causas aún se desconocen, así como el número de víctimas y otros daños.

“Aun cuando se desconocen otros detalles, esta tragedia puede convertirse en la mayor en la historia de esta provincia.”

Ya desde el amanecer se corría la noticia de que no había sobrevivientes. Entré a facebook y compartí lo que Escambray se había pasado la noche informando, minuto a minuto. Reproduje noticias, respondí inquietudes, informé a amigos que procuraban detalles. Lloré ante la pantalla del televisor aquel viernes en la mañana, mientras el locutor leía la larga lista de personas que ya no estarían en sus hogares, en sus trabajos, en sus ciudades o pueblos, en la isla. Nos habían arrancado un trozo de vida y nadie sabía dónde buscar al responsable.

Mis compañeros se crecieron. El sábado sorprendieron a Cuba con una cronología casi perfecta sobre los sucesos. Mayábuna, Vanguardia, Guasimal, aquellos lugares casi remotos excepto para los espirituanos habituados a frecuentarlos o a escucharlos, de pronto se volvieron nombres comunes para Cuba y el mundo. Donarys, recién estrenada en el oficio, ofrecía testimonios muy valiosos, como el de aquel joven que relató el susto de cuando vio el avión pasando por encima de su casa y, luego de dar varias vueltas,  soltó algo grande, como una aleta, para enseguida caer. “Fuimos para allá en un caballo, pero cuando llegamos todo estaba envuelto en llamas, había tremenda candela y un olor insoportable; no pudimos auxiliar a nadie. Al momentico llegaron las autoridades con los bomberos”, relataba el testigo.

Ojito, con su entrevista al buldozero Mariano Carrera, quien con la naturalidad propia de las grandes acciones desbrozó casi 2 kilómetros de marabuzales para facilitar la entrada del cuerpo de bomberos, ofrecía otra muestra de su excelencia reporteril, esta vez en condiciones de contingencia. Gisselle publicaba una pormenorizada reseña sobre la cobertura digital, repleta de imágenes, olores, sentimientos. Borrego, el director, había orquestado un equipo perfecto y sus grabaciones a los vecinos del lugar y a algunas autoridades resultaron  en extremo oportunas.

La tristeza nos agarró de zopetón aquella tarde noche del 4 de noviembre y nos sacudió de a cuajo. Nadie podrá reponer ya esas vidas, que, finalmente supimos, se llevó una tormenta en lo alto del espacio, irremediablemente, sin que la tripulación hallara modo de frenar el sinsentido ni enderezar el rumbo hacia otra opción que no fuera la muerte.

Así fueron pasando los días. Nunca me pareció tan inoportuna una enfermedad como un año atrás, cuando la dolencia de mi brazo derecho me privó del ajetreo para informar al mundo acerca de un accidente aéreo sin precedentes en la historia de este territorio. Sólo me tranquiliza el hecho de que, ante la ausencia de noticias y hasta ante las fallas técnicas de los sitios cibernéticos oficiales, un enjambre de colegas permitió, con su labor casi anónima, mantener actualizadas a las personas acerca de la tragedia que por semanas ocupó titulares en los más importantes espacios noticiosos cubanos y también de otras regiones del mundo.

La vida cesó para 63 personas: 40 cubanos, dos alemanes, dos austriacos, un italiano, nueve argentinos, un español, tres holandeses, un francés, un japonés, una venezolana y siete mexicanos.

Su suerte jamás será olvidada en estos parajes donde los relojes y los corazones se pararon un año atrás para estremecer a Mayábuna y a todos sus alrededores, para conmovernos el alma y activar los sensores de una red hasta esos momentos inexplorada.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
Esta entrada fue publicada en accidente, aviación, bomberos, catástrofe, CUBA, Escambray, facebook, Guasimal, Mayábuna, muerte, SANCTI SPÍRITUS. Guarda el enlace permanente.

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