Guisa y noviembre

Vista hacia la Loma de Coroneaux, escenario principal de la batalla

La asociación no obedece al antojo: Guisa y noviembre tienen un denominador común. Tal vez los historiadores le hallarían otro origen a esa fusión de pueblo y fecha, pues la primera toma del municipio por tropas al mando de Calixto García, al parecer coincidió en el calendario con la definitiva. De aquella que se encarguen ellos, los estudiosos de la Historia. Yo voy a referirme a la Batalla de Guisa, liderada por el Comandante en Jefe Fidel Castro antes de su entrada triunfal en Santiago de Cuba para proclamar el triunfo definitivo de la Revolución Cubana, la que tuvo lugar entre el 20 y el 30 de noviembre de 1958.

Nunca me ha parecido casual que mi mamá, quien tuvo a su primer hijo exactamente nueve meses y dos días después de haber contraído matrimonio, me trajera al mundo en aquel histórico pueblito justo a los nueve meses de haberse dado por terminada la trascendental batalla, en que decenas de mujeres y hombres midieron fuerzas con miles de soldados de la tiranía batistiana. Fueron los días en que resonó la ametralladora calibre 30 de Braulio Coroneaux, siempre mencionada por Fidel al recordar la gesta, como aquella frase del mulato valiente que poco antes de sumergirse en un combate en el que perdiera la vida, aseguró, tajante: “Descuide, Comandante, por aquí no pasarán”.

Casi albergo los mismos recuerdos de una amiga que, con once o doce años en aquellos momentos, escuchaba desde su casa los tiros y las descargas de fusiles. Mercedes Toledo, más conocida por Rosy, me ha narrado muchas veces cómo sus padres Pancho y Caridad, canario él, cubana ella, colocaban sacos de arena para que las balas no llegaran al blanco. Se escondían, evocaba, bajo las mesas y las camas.

Noviembre en Guisa era siempre fecha de procesiones y remembranzas. Nos reuníamos en el Campo de Pelota, allá, al final de la calle Luis Milanés, y desde ahí partíamos, en grupo multitudinario, hasta la loma. La loma ya en mi infancia tenía nombre: Loma de Coroneaux. Con el tiempo fuimos conociendo pormenores de los hechos que la llevaron a llamarse así. Con el tiempo surgió, también, el obelisco que inmortalizó aquel pasaje de mi pueblo natal, que es también un pasaje de los más memorables de la última etapa de la guerra por la liberación definitiva.

Mientras fui estudiante del municipio que me vio dar los primeros pasos y me escuchó entonar las primeras canciones, por cierto, revolucionarias, participé cada día 30 del penúltimo mes en el desfile. Íbamos cargados de sonrisas, meriendas, energías, ansias de saber, regocijo.

No había televisores en el barrio, solo unos pocos, ni tocadiscos ni equipos de música estéreo. Mis primeras canciones, por tanto, eran una muestra de lo que escuchaba en la calle: consignas, musicalizadas al estilo de aquella que rezaba: “Somos comunistas, pa’ lante y pa’ lante y al que no le guste que tome purgante” Yo la cantaba a mi manera, sin saber pronunciar apenas.

Desde que no estoy en el pueblito de mi infancia y mi adolescencia he sabido que aquellos desfiles dejaron de tener, durante un tiempo, su marcado carácter cívico; después, según me cuentan, lo han ido recobrando.

Guisa y noviembre forman un binomio. Y yo, por caprichos que obedecen exclusivamente a mi interés de asociar lugares y fechas, siempre distingo al mes del inicio de los inviernos casi imperceptibles de la isla con el lugar que cambió el rumbo de mi vida: La antigua Unión Soviética. Allá, cada 7 de este mes, conmemorábamos el triunfo de la Revolución de Octubre (recordar que por el calendario viejo esa fecha correspondía al 25 de ese período) con un desfile mucho más colorido que los de mi niñez, repletos de banderas rojas, de globos, pancartas, flores y consignas. Cada aniversario de la Gran Revolución Socialista que tuvo lugar bajo la dirección del Partido Bolchevique liderado por Lenin era festejado, invariablemente, con procesiones y paradas militares, sin descontar el acto central de la Plaza Roja.

Hoy ya no estoy en Guisa, aunque la visito con relativa frecuencia. Tampoco la URSS existe, como en los años de mis estudios en aquellas tierras. Pero me place saber que, en noviembre, ambos lugares siguen siendo escenarios de celebraciones donde repetidas veces, con una emoción que quisiera sentir ahora, en uno u otro lugar, estuve junto a mis compañeros y amigos. Primero, con los de la primaria o la secundaria; después, junto a los cubanos, ucranianos, rusos y de muchas otras nacionalidades, cuando no alcanzábamos a imaginar siquiera que el mundo daría los giros de las últimas dos décadas y se estremecería ¡De qué manera!

Pero, con todo lo dicho, los pueblos de la infancia guardan recuerdos y hasta olores irrepetibles en otros lugares. Y uno los añora mientras vive, como me sucede en el caso de Guisa, sobre todo en noviembre.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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