Derechos de niños

En Cuba la infancia goza de derechos, entre ellos el de ser felices, crecer sanos y educados.

Uno los ve felices, con la sonrisa de oreja a oreja, como solemos decir los cubanos. Digo cubanos porque hablo de los niños de Cuba, que no tienen que andar presionando a algún conductor para que, por favor, le deje limpiar el parabrisas, o a un transeúnte “adinerado” a fin de, usted sabe que yo se los dejo brillositos, brillositos, lustrarle los zapatos.

Con un desenfado total van a la escuela y vuelven. Allí no todo es perfecto. Puede ser que la auxiliar pedagógica no maneje al dedillo la totalidad de las herramientas para que el orden impere y todos, toditos regresen a casa sin un rasguño, pero volverán el niño o la niña a la casa diciendo a mami que mira, me comí la comida, no dejé nada, la ensalada no me gustaba, ni la proteína vegetal esa con huevo, pero la maestra dice que alimenta.

Podrá vérseles descalzos en el barrio, no por falta de zapatos, que tienen, algunos hasta de marcas, sino porque les gusta así, por aquella estrategia del maestro Raúl Ferrer (quien enseñó estupenda y humildemente en el batey del central Narcisa, Yaguajay) de acuerdo con la cual el saber entra por los pies, junto con las fuerzas telúricas y, bueno, eso de la energía positiva.

Son los infantes que tienen más o menos lo que necesitan para ser felices: libertad, comprensión, un pedacito de calle o de solar para jugar pelota, cariño hogareño y respaldo constitucional a sus derechos. Ah, tienen además la oportunidad, más que cotidiana, de ser atendidos médicamente siempre que enferman, sin desembolsar ni un centavo para el doctor que los atienda y, si se les ingresara, tampoco debería su familia entregar dinero alguno por los medicamentos que se empleen.

En Cuba es así, por muchas limitaciones que haya, por mucho que las familias, unas cuantas, estén impedidas de darse lujos caros, como el comprarse un auto moderno o alojarse en un hotel Cinco Estrellas. La escuela, el hospital, la asistencia social, incluido el embarazo, son cuestiones sagradas. También la seguridad social, que incluye a la ancianidad y a los retiros una vez jubiladas las personas.

Pero volvamos al tema. El 20 de noviembre de 1989 fue aprobada la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño. En Cuba entró en vigor a comienzos de septiembre de 1990. Considerado el instrumento jurídico internacional más importante en materia de infancia, el documento resulta sumamente útil, y aunque es letra muerta en otros confines, en la isla del Caribe, mayor de las Antillas, se respetan los artículos y normativas instituidos por la UNICEF y consensuados por una amplia gama de países.

Quizás los pequeños de esta foto u otros que vienen a mi mente ahora, o tantos que a lo largo y ancho de este Caimán Verde viven su infancia con alegría y seguridad, desconozcan los pormenores de la Convención y de su aplicación en el país donde les tocó vivir. Quizá hoy, mientras escribo estas líneas, están escuchando la lección del día, o el consejo oportuno, o van saliendo de la consulta del pediatra, o reposan, sosegados, en el seno materno. Quizás corren, risueños, evadiendo el regaño de la abuela, o ayudan a algún anciano a cruzar la calle por donde pasan muchas bicicletas, o empinan papalotes, o juegan bolas y comen durofríos.

A todos, quienes quiera que sean, llegue este sentimiento de amor y gratitud. Ellos refrescan nuestra vida con la inocencia de sus días. En la fecha en que se acuñó la legislación según la cual debe protegérseles, vale clamar por el respeto que no tienen ni el documento ni los niños en tanto país regado por el mundo, en tanta nación domada, donde los pueblos no se mandan, sino obedecen o son doblegados. Vale exigir que cesen las guerras allí donde, inocentemente, sucumben pequeños y pequeñas ante las balas o las metrallas enviadas por la OTAN o por los gobiernos estadounidenses, o por los enemigos de la cordura, que son también enemigos de la infancia.

Uno los ve a su alrededor, tan, pero tan felices, y duele saber que hay otros para quienes el bienestar es un misterio escondido Dios sabe dónde. ¿Alguien se encargará de rescatarlo?

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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