Manuel Ascunce, el maestro de Neisa

A 50 años del asesinato del joven alfabetizador cubano Manuel Ascunce Domenech, Cubaicaní reproduce la entrevista publicada en Escambray en noviembre de 2001, a la única alumna que recibió de sus manos el diploma de alfabetizada. Ella y su madre, ya fallecida, evocaban entonces la presencia del adolescente en su hogar y la conmoción tras el crimen.

Al ser asesinado, Manuel tenía apenas 16 años.

“Mira qué grande este, Neisa”, dijo Manuel, y lanzó hacia abajo el aguacate, que cayó justo sobre la cabeza de la muchacha, al tiempo que él soltaba una carcajada. Omelio y Francisco, dos pilluelos de baja estatura, estaban también sobre las ramas, y de pronto se formó un tiroteo de frutas verdes que provocó la risueña protesta de las hermanas.

“¡Cuidado con Vidalina!”, exclamó una de ellas mientras alzaba en brazos a la bebita de algo más de un año, que minutos después iría por el trillo, junto a los demás, sobre los hombros de Manuel.

Parecían familia todos, mas este último no lo era. Le llevaba poco tiempo a Neisa, la mayor, aunque su porte alto y delgado, y su carácter serio, causaban la impresión de un joven de más edad. Sin embargo Manuel tenía sólo 16 años, y estaba allí en calidad de brigadista. Corría agosto de 1961.

Por las mañanas, y algunas veces por las tardes, sus manos diligentes se posaban sobre las de la alumna, hasta ir moldeando una letra que jamás había existido. En Limones Cantero, Trinidad, donde nacieron los primeros seis hijos de Teresa y Juan, radicaba una escuelita pobre en la que Neisa había puesto los pies solo por curiosidad: resultaba imprescindible en la atención a la prole, y además, nunca nadie le había hablado de la necesidad de aprender.

Ahora llegaba Manuel de allá, de la capital, con fiebre y hasta con males digestivos, desafiando el abismo entre el campo y la ciudad, y no podían hacerle un desaire. Por el contrario, lo recibieron con un trato efusivo, y como ya se sabía de la presencia de contrarrevolucionarios en la zona, pusieron todo su empeño en protegerlo.

No debía salir solo, y a menos que tuviera reunión, se pondría otra ropa. El uniforme podía resultar demasiado llamativo. Tales eran las indicaciones de Juan, más conocido por Colina, apellido que había heredado de la madre.

Por su parte, Teresa colocó junto a la cama de Manuel un orinal que debía hacer las veces de letrina, y no sin dificultad el “habanero” nacido en Sagua la Grande fue aprendiendo a acatar los consejos de quienes pronto llegaron a quererlo como a un hijo más.

Si había visitas, el joven prefería ceder sitio al recién llegado y echaba mano a la hamaca que traía consigo. La mochila, siempre en orden. No faltaban libros para las lecturas ocasionales, ni papel para las cartas a Evelia, la dulce madre que cumplía al pie de la letra sus peticiones en la correspondencia.

Con trazos pequeños y cuidadosos, Manolito le hablaba de bondad y de pobreza. Solicitaba ropa para los niños, algunos zapatos para Neisa, quien el 8 de octubre cumpliría los 15 años, y vasos, porque los de la casa estaban hechos de botellas recortadas.

El día señalado los “viejos” llegaron al bohío de Limones con todos los encargos, incluido el cake de la homenajeada. “¡Yo había visto otros dulces, pero cake helado no!”, confesó Neisa, mientras sus hermanos observaban curiosos la tableta de hielo seco que había hecho posible el milagro. “Eso no se lo vayan a comer”, aclaraba Evelia, sonriente. Esta era su segunda visita, y ahora ni siquiera habló de pernoctar en otra parte. Ella y su esposo accedieron gustosos a quedarse dos o tres días. Dormir con la madre era un bálsamo para las añoranzas del muchacho, que, por otra parte, ya había depositado en Teresa la confianza suficiente como para tenderse junto a ella los mediodías.

“Había perdido la pena del principio, y aunque no era muy expresivo aceptaba cuanto le brindábamos. Un jarro de caldo, por ejemplo, que acompañaba con pan, o leche de la misma que él y los muchachos buscaban en casa de mi mamá, por allí cerca”, recuerda la señora septuagenaria.

“También se ofrecía para cargar agua de un pozo de esos de brocal, o buscar leña para hervir, pero todo eso temprano, porque de noche ni el farol le dejábamos encender. Ya habían matado a Conrado Benítez y teníamos mucho celo con Manuel. El era castaño, fuertecito, muy elegante, y se pasaba de obediente y respetuoso. También era inocente, no sabía de maldades ni de malas palabras”, agrega.

LA ALUMNA

“¿Él?”, pregunta Neisa, repitiendo el final de la interrogante, y entorna los ojos para evocar mejor los recuerdos, mientras en su patio, allá en el humilde poblado de Cascajal, Villa Clara, el cantío de un gallo recuerda las mañanas de su infancia.

“Era una persona muy educada, muy seria, tenía mucho fundamento. A veces se ponía a jugar con mis hermanitos. Jugaba a las bolas, a la pelota. Pero su mayor interés era que yo aprendiera a leer y a escribir, y yo asimilé muy rápido, de modo que fui la primera en recibir el diploma firmado por él, y la única, porque al terminar conmigo él quiso seguir alfabetizando, pero con los Lantigua no pudo concluir…

“El 5 de noviembre firmamos el certificado: él, Gladys la asesora, y yo. Me lo entregaron en un acto en Condado, en un salón grande donde había muchos otros alumnos y brigadistas. Él se sentía bien en mi casa, eso se le veía, y al irse como dos días después, nosotros lloramos. Iba a visitarnos casi a diario. Mi mamá le decía que no fuera solo, porque nosotros vivíamos en la orilla del camino, pero para llegar a la casa de Pedro había que pasar unos marabuzales enormes, eso era monte na’ má.

“La noche de la noticia fue un tío mío quien nos despertó. No queríamos creerlo. Cuando aclaró yo me fui para allá con mi papá. Le hicimos guardia de honor. Eso no se me olvida nunca, el estado en que estaba. Se veía que lo habían maltratado mucho, y que había luchado para defenderse. Pedro también estaba muy golpeado.

“Le tocó bañarlos a Isabel Romero, una vecina que, por cierto, era prima hermana de mi abuela y ella lloraba mientras lo hacía. No se podía imaginar que a los pocos meses le matarían a un hermano, una hermana y un sobrino, también los bandidos.

“Aquello fue un crimen, matar así a un niño, porque él era casi un niño, y yo me di cuenta cuando tuve a los míos de esa edad. Ellos- son tres- crecieron oyéndome la historia. Nosotros nos fuimos de allá a los pocos días de aquello, y yo iba después en las vacaciones, con mis hijos, pero al acto de recordación como tal volví hace sólo cuatro años. Fue muy impresionante encontrarme con Evelia y con la hermana de él, ver el árbol donde lo ahorcaron…todavía tiene la marca.”

El relato de Neisa viene acompañado por una carga de nostalgia que no la abandona ni un instante. Por momentos la voz se le corta y parece que va a llorar. Su alusión al árbol resulta especialmente emotiva. Es como si la enorme planta allá, junto al obelisco, arrancara cada vez un trozo de sufrimiento.

No cesa de lamentarse por haber abandonado los estudios. “Mi mamá después siguió pariendo, y yo me casé temprano”, dice, como recriminándose. A seguidas se anima, cuenta acerca del médico y los dos licenciados en Enfermería que ayudó a formar. El haber luchado para que ellos fueran alguien en la vida parece hacerla sentir un poco en paz con el maestro amigo, cuya muerte sigue latiendo en su memoria.

De pronto se pone de pie, va al cuarto y vuelve con el único recuerdo material que conserva del brigadista. Los demás, hasta el certificado, los donó al museo de Limones Cantero. Pero la muñequita que él encargó para su hermana más pequeña es algo así como un amuleto que la ayuda a evocar con serenidad el recuerdo más horrendo en sus 55 años. La toma, la acaricia y dice con la vista fija en algún punto, como queriendo desentrañar el enigma: “El le temía mucho a la muerte, eso lo conversamos más de una vez, y sin embargo cuando quisieron protegerlo dijo que era el maestro.”

Y, tal vez olvidando que ya lo dijo antes, o acaso queriendo insistir en la fuerza de la evidencia, repite: “Todavía aquel árbol está allí.”

Anuncios

Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
Esta entrada fue publicada en alfabetizador, CUBA, cubanos, EDUCACIÓN, Escambray, JUSTICIA, maestro, noviembre, TERRORISMO. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s