Apretando el yugo (cuento de mi papá, Eliades Proenza)

Bueno, pues una mañana tempranito, estando yo en esta esquina, ahí afuera, pasaron por aquí rumbo a Hoyo  de Pipa el sargento Galinena y dos números, dos perros de presas: los soldados, Núñez y Madariaga, Mándala, como le decía el sargento a éste último. Iban para San Andrés, a cosa de tres kilómetros y piquito de aquí, a casa de Juan Jollín, o Juan Senta’o, o Juan Acosta’o, que de cualquiera de esas maneras llamaba la gente a Juan Martínez.

Juan tenía fama de haragán, de ser el más haragán de toda la comarca de Guisa. Y en verdad –yo lo conocí- el hombre era el ‘tata’.

Llegaron a media mañana y el sargento saludó muy correcto, como era su costumbre, con su vocecita flaca y como arrastrada, pegajosa. Dijo desde el caballo:

–          Buenos días por aquí.

–          Buenos días. ¡Ah, es usted, sargento! Desmóntese – dice América Aguilar, esposa de Jollín.

–          Señora ¿Dónde está Juan, su esposo? – y la mujer llamó a Juan que estaba acostado en una hamaca en la cocina, donde decían que pasaba el día entero. Apareció Juan, todavía con la modorra del sueño guindándole de las pestañas, saludó con su voz ronca y agresiva:

–          ¡Buenos días! –

–          ¡Buenos días! ¿Es usted Juan Martínez? – preguntó el sargento.

–          Sí, ¿Se le ofrece algo?

–          Aah… ¡De modo que usted es Juan Martínez!

–          Mira, Núñez, mira, Mándala; ¡Él es el hombre! ¡parece que es guapo!

Entonces se dirigió a la mujer:

–          Y usted, señora, ¿No tiene peine?

–          No tengo, señor, y tampoco he podido ir a casa de mamá a peinarme.

–          ¿Tampoco tiene escoba? ¡Se puede barrer con una teta de palma amarrada por la mitad! Y usted, Juan, me imagino que no podrá descansar bien entre tanta manigua, ¡he llegado ahoga’o rompiendo breña por este sa’o que na’ má es malva pelúa, zorra, yagruma y guaco! Mire, Juan, a mi me han dicho que usted es bastante haragán; yo vengo a darle un consejo. Y usted, señora, no se asuste, ya tendrá tiempo de agradecerlo –luego se viró hacia los soldados:

–          ¡a ver, Núnez, haga usted su trabajo de hoy! ¡y usted Mándala, ayude a Núnez! –y ambos soldados, que eran fuerzuces sujetaron al hombre. El sargento sacó a bilongo –su goma de dar consejos- y descargó una gomazo sobre la espalda de Juan, al tiempo que dijo:

–          ¿Qué le parece, Juan? ¡!Se dice que tengo la mano pesá! Esto yo sé que a usted no le gusta, pero ya lo agradecerá!

Entonces empezó a dar goma y Juan a bufiar y a pedir clemencia. Cuando hubo pegado lo que creyó suficiente – y el sargento no se conformaba con poquito – paro y mandó a soltar al hombre. Entonces preguntó:

–          ¿Pica bilongo, Juan? ¿Duele? ¿Qué le parece, Juan, estará bueno el consejito? ¿Será suficiente, Juan? – y luego otra pregunta:

–          ¿No hay un saco monitor en esta casa?

–          ¡No hay sargento, pero se busca! – respondió Juan urgentemente, ya volviendo a su color.

–          Bueno, Juan, tienes que ir con nosotros a Guisa – dijo el sargento, y salieron. Trajeron a Jollín aquí, a esta esquina; entonces esto era la tienda de Teófilo Espinosa, la mayor del pueblo en aquellos tiempos, y el sargento ordenó despacharle, arroz, tocino, bacalao, chorizos, manteca y otras cosas. Bastante de todo. Luego mandó poner un tibe y un machete Collín. Le ayudó a cargar el saco monitor para que se fuera, además le dijo que esa misma tarde iría otra vez a su casa, pero sólo para ver el machete amolado y ponerle tarea. El sargento habló con Teófilo y le abrió crédito a Jollín, se lo hizo saber y le dijo que podía coger fiado todo lo que quisiera pero tenía que cumplir, y que para eso lo único que tenía que hacer era trabajar.

Nunca Jollín había llevado a su casa una factura así; iba con el pescuezo hundío jastaquí.

Por la tardecita volvió el sargento a casa de Juan y vio el machete despalmao jasta el cabo. Entonces, sacó de las alforjas, talco, perfume, peines y escobas. Al entregar aquello a la mujer le dijo que barriera, y la mujer barrió.

A Juan – sobre el terreno- le marcó tarea: un tajo de chapea para el otro día, otro tajo para el día de más allá, para el otro y el otro. Cuatro tajos para cuatro días marcó el sargento y dijo con su vocecita arrastrada:

– ¡Tenga presente, Juan Martínez, que todavía quedan números en Graniche!

Y así fue. A los cinco días volvió a comprobar si estaba hecha la tarea y se topó con que Jollín había hecho mucho más, se había pasado de los cuatro tajos. Esta vez cuando Galinena vio que Jollín había hecho más, trajo una yunta de bueyes y un arado sitiero, bueno para romper la tierra. Esos eran los arados que había entonces por aquí. Los de rejas ancha con dos manceras, que eran de hierro, vinieron después. Entregó todo eso a Jollín y le puso nueva tarea: “para el día tal, tanta tierra roturada, para tal otro día, tanta cruzada, y para el otro tanto en son de siembra; y para más allá, para más lejos: tanto boniato sembrado; y tanto maíz y tanta yuca; y tanto tal y más cual cosas. Ah y quimbombó en las guardarrayas”, ordenó el sargento. Y así lo hizo Jollín.

Pero un día, poco antes de que el hombre tuviera de todo – mucho para comer y para vender, y una buena vega casi de corte – llegó el sargento acosado por el sol que rajaba piedra. Jollín estaba desenyugando – lavado en sudor jasta las alpargatas, medio muerto por el hambre y el cansancio de siete u ocho horas de trabajo al resistero, y los bueyes acesando gordo – y dícele el sargento:

–          ¿Qué tal, Juan, desenyugando? – Y Juan, quitándose de la cara un poco de sudor y tierra con la manga de la camisa ripiá, respóndele:

–          ¿¡Desenyugando!? ¡Qué vá, sargento, apretando el yugo! Y Juan Martínez – o Jollín, o senta’ o, o acosta’ o – le pegó la garrocha a los bueyes y siguió arando.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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