Olor a Guisa

La calle de nuestra infancia.

Ahora que estamos entre el 20 y el 30 de noviembre, días de la batalla de mi pueblo, le dedico esta primera parte de un libro que no se si se publicará, pero que terminaré un día. Lo comencé hace unos seis años. A mi papá Yayi Proenza, a mi mamá Ena Barzaga, a mis hermanos Martín, Niurka, Nancy, a todos mis tíos de Santa Rita y más allá. A mis hijas.
¿Y cómo son las jaulas? ¿como las de los gallos de papi?, preguntaba yo, mientras mis dos hermanas y mi hermano me miraban burlones, y tras el: “Explíquenle, que ella es chiquita y no sabe” de mami, decían: “No, m’ ija, no son jaulas, son aulas, para muchos niños”.
Me moría de deseos de ir a la escuela. El Centro Escolar quedaba a unas cinco cuadras de la casa, pero nos parecía inmens…amente lejos, como casi todo lo que no estaba situado en nuestra calle, paralela a la que conduce al pueblo desde la Carretera Central. Para nosotros el mundo comenzaba poco más allá del parque y se acababa en el campo de pelota, donde años después haríamos la Educación Física, y donde yo recibiera una vez el golpe más grande que recuerde, cuando, durante un entrenamiento, una pelota lanzada por el pitcher fue a parar a mi cadera izquierda dejándome sin resuello, por suerte sin consecuencias de consideración.
La escuela vendría el curso siguiente. Era el año 1964, y en la única aula apartada, más allá del edificio central por cuyas escaleras los niños bajaban y subían como bólidos, la maestra Leyla Poveda se esmeraba en enseñarnos los primeros conocimientos que alcanzaríamos por vía institucional, con la mejor de las formas y la más agradable de las sonrisas. Era una mujer blanca, alta y elegante a la que nunca olvidé, aunque hubo quien recibió algún castigo menor, no comparable con los borradorazos y los halones de orejas de otras maestras en grados posteriores.
Mientras la mayoría se entretenía con los dibujos y las figuras recortadas en papeles de colores (durante muchísimo tiempo conservé la libreta con aquellos primeros trabajos mixtos, entre los cuales me gustaban sobre todo una sombrilla y un helado), un niño se empecinaba en introducirse los dedos de la mano por la boca hasta provocarse arqueadas que indicaran la proximidad de un vómito. Era Julio Bárzaga, quien con el rostro bañado en lágrimas intentaba llamar la atención de manera que pareciera recomendable su regreso al hogar. Detestaba la escuela, y esa escena suya se repetía cada mañana.
Era la época en que abundaban las movilizaciones hacia la recogida de café, y junto a nuestros padres, todavía oscuro, nos encaramábamos en camiones para acompañarlos. Recuerdo alguna que otra vez la merienda en los alrededores de una despulpadora, como también, tiempo después, las trillas gigantes en los portales de La Cubana, una de las tiendas más frecuentadas del lugar. En largas hileras de mesas, trabajadores, amas de casa y hasta niños nos congregábamos para ayudar al cumplimiento de planes emergentes. Esos mismos portales servían de distracción en los días festivos, cuando los traganíqueles complacían las peticiones musicales de cada quien. Pero lo mejor de ellos era, sin dudas, la expectativa que alimentaban en las fechas próximas al Día de Reyes para los infantes del barrio.
Otros se congregaban junto a El Palacio y La Revuelta, las dos restantes tiendas “de ropa”, a la hora de disfrutar a través de los cristales los juguetes que habrían de comprarnos. Todo fue muy lindo mientras Norber, nuestro primo mayor (hijo de Torriente, el médico más popular de Guisa), no nos cortó las alas de la imaginación contándonos acerca de la inexistencia de los Reyes Magos. “Velen a su mamá por la noche para que vean cómo esconde los juguetes”, nos conminó, sin saber el duro revés que propinaba a nuestros sueños infantiles. Nunca le perdonamos aquella verdad cruel, por mucho que nos enseñaran lo feo de decir mentiras.
Vivíamos en Guisa, eso lo sabíamos, mas ignorábamos cuántos campitos quedaban al subir las montañas que rodeaban el pueblo. Lo más que veíamos de ellos era a los guajiros llegando con sus jolongos, y en ocasiones con una hamaca sobre los hombros. “¡Un enfermo!”, decíamos. Y era cierto. Bastaba con mirar los rostros compungidos para saber que se dirigían al hospital. O quien sabe si a algún otro lugar más triste aún.
Yo había oído hablar de El Oro, donde vivía mi tío Hernán. Era preciso, decían, cruzar el mismo río más de 20 veces para llegar allá. Pero yo nunca fui durante mi infancia. Se comentaba que por aquellas lomas abundaba el cacao, y yo cada vez que mi tío venía de visita le encargaba. Creía que con raspar la fruta y echarlo en un recipiente con leche caliente, ya estaba el chocolate.
Mi tío (hombre muy instruido a quien luego calificaríamos como una enciclopedia viviente) y mi abuelo Lalo eran los visitantes más efímeros de la casa. Llegaban, saludaban, el primero con más efusividad y frecuencia que el segundo, y anunciaban que se iban cuando todavía no habían conversado ni dos horas. Lo que era Lalo, a veces pernoctaba, pero al amanecer, cuando mami iba a brindarle café, ya se había marchado.
A abuelo Lalo yo le tenía un afecto especial derivado, pienso ahora, de su prolongada ausencia. Cuentan que alguna vez llegó, con su casi invariable camisa de cuadros marrones y carmelitas, y un sombrero alón, y yo me le acerqué, lo halé de la camisa y le repetí, sin que me hiciera mucho caso: “Lalo, Lalo, tú pareces un hombre con sombrero”. Un extraño, quería decir.
Pero ese abuelo no era nada comparado con el otro, el padre de mi mamá, Joaquín Barzaga, de quien yo era su nieta preferida. Siempre que mataba un puerco (y lo hacía con bastante frecuencia) me guardaba el rabito. Me sentaba sobre sus piernas, inventaba cualquier cuento, como aquel de la mata de dinero que echaba medios y quilos (llegó incluso a colocarlos para que lo creyésemos), y ante mi credulidad se reía callado, moviendo la barriga para arriba y para abajo. Lo recuerdo siempre al lado de Nena, la negra nalgona humilde y rebuenísima que nos aguantaba a todos las majaderías. Conducidos por Norber en una especie de pandilla la conminábamos a cada rato a colar café, hacer frituras y no se sabe cuántas cosas más, y ella nos complacía con tremendo gusto, aunque decía que la teníamos loca con aquella algarabía de: “¡Comida, aquí!” que armábamos, tenedores o cucharas en mano, golpeando sobre la mesa.
Las dos abuelas eran Aya y Ma’ Margarita. Aya, la madre de mami, era una señora aparentemente recta, pero también muy noble. Vivía en vuelta de El Nuevo Guisa, en una casita fresca que a todos nos gustaba, sobre todo por las matas de frutas en el patio. Y por las reuniones que armábamos algunos domingos y los Día de las Madres, con intercambios de regalos y comida. Y porque ella siempre nos tenía “una cosita”, como gustaba decir. También se deleitaba contando anécdotas de su tío Gerardo Ginarte, el fabricante de ataúdes que aseguraba: “Yo no quiero que nadie se muera, pero que mi negocio prospere”. Tenía muchos cuentos graciosos, famosos en el pueblo.
Ma’ Margarita era en realidad Mamá Margarita, pero yo le acortaba el nombre para ahorrarme una sílaba. Vivía en Santa Rita, adonde mami nos llevaba con frecuencia. Nos levantábamos oscuro, tomábamos una máquina o un taxi en el parque, frente al hotel Molina, y todavía con los gallos cantando ella nos abría la puerta, regocijada, en su casa poblada de palomas y gallinas, de almendras y tamarindos. Hablaba con voz firme y sentenciosa, algo ríspida. Aludía siempre a su juventud y nos daba consejos de belleza. Ella había sido una mujer muy hermosa, y todos nos asombrábamos de que apenas tuviera alguna arruga con más de 80 años. “Polvo de arroz”, decía luego de mucha insistencia, para revelarnos el secreto de su eterna juventud. Sostenía que el polvo facial era dañino. Ah, y parecía odiar a los negros. India ella misma, cada vez que alguien le mencionaba el color de la piel de los más oscuros de sus nietos, exclamaba: “¡Pero mírele el pelo!”. Yo muchas veces discutí el asunto, mas mi madre, conocedora del genio que aun pequeña me poseía a veces, me atajaba: “No la vas a hacer cambiar de opinión: ¿para qué fajarte con ella?”.
Claro, ella siempre tenía una espina clavada, y era Alfredito, el hijo de mi tía Elda, quien había sacado el pelo malo. El pobre muchacho, aunque no hiciera nada siempre pagaba los platos rotos.
En mi tía Elda tengo que detenerme obligatoriamente, porque era con quien más conversaba mami cuando íbamos a Santa Rita. Ma’ Margarita se ponía celosa por eso, pero era que a ambas les encantaba leer, y se pasaban horas y horas comentando los libros de lectura común. Así descubrí yo Corazón, El Tábano, Crimen y castigo, Los Miserables, Así se templó el acero, Un hombre de verdad y muchos otros que después ocuparían mi tiempo. Nunca nos mandaron a leer, sencillamente nos motivaban con sus acotaciones, cargadas de alabanzas siempre que se tratara de sus títulos preferidos.
Capítulo aparte merecen las poesías de Juan de Dios Peza, con las cuales crecimos sin verlas nunca impresas. La memoria prodigiosa de mi mamá hacía que reviviéramos aquella historia de la juguetería, del cuento de Margot o de los dos niños convertidos en adultos por la imaginación del padre en Fusiles y Muñecas. Nunca entenderé por qué no se enseñan esas poesías, repletas de ternura y de sentimientos nobles, en nuestras escuelas. Hace cuestión de tres años me tropecé con el libro original, en manos de una hija de mi tío Hernán, y descubrí para mi asombro que eran tal cuales las recitaba mami. Ella tenía otra recitación favorita, y era la de una especie de novela en versos contenida en una libreta de carátula oscura que guardaba celosamente en su armario. Comenzaba así: “Gracias, pero vuelve al coche. Ya mañana me verás. ¡Adiós!, ¡Qué bueno es Tomás! Partió al fin, ¡qué horrible noche!”. Era muy larga, pero mami se la sabía completa, sin omitir ni una coma.
Ah, mami. Mami siempre tenía una moraleja en los labios. Yo todavía no sé darle una explicación a cada una de aquellas frases suyas que coloreaban el día. Decía: “¡A la reja!” y todos sabíamos que era llamando a la mesa. Si profería: “¡Averígüelo, Vargas!” era porque no sabía algo y le parecía remota la idea de conocer a fondo el asunto. Y si había que tener resignación o tranquilidad con algo, entonces pronunciaba, parsimoniosa, la siguiente frase : “Muera tranquila, Cornelia”. Tal vez papi tenga la clave de aquella simbología, lo cierto es que mami nos ayudaba a vivir con su optimismo, su espíritu de lucha y su ecuanimidad, aun cuando todos sabíamos que le era inherente un genio colosal, que se dejaba ver cuando se ponía colorada y, sobre la cama, se frotaba un pie contra otro sin parar. Entonces era mejor no contrariarla.
Ella me acostumbró a presenciarla mientras adobaba la carne. Es decir, me dejó acostumbrarme. Más que mirarla, yo esperaba el momento de probar un pedacito de las fibras con sabor a limón, ajo, comino y quién sabe cuáles otros ingredientes más. Ella me decía que hacía daño, pero me lo daba. Hasta el día en que quise saciar a fondo mi deseo, y viendo que en la fuente blanca con bordes azul oscuro había un bistec de más, me encerré en el cuarto chiquito para comérmelo sola, sin que nadie me molestase.
Cumplida la añoranza, mami echó de menos la carne y preguntó. Como no era probable que un gato se hubiera llevado uno y dejado los demás, acudió a mí, pero yo negué toda participación en el hurto.
“Lo malo -dijo ella- es que quien se lo haya comido se va a enfermar, porque eso tiene un ingrediente que si se come crudo, da fiebre”. Ahí se terminó mi silencio. Después de pensarlo mucho y de dar varias vueltas por la cocina le dije a mami que era probable que pronto me diera fiebre, pero era porque me estaba cayendo catarro. Todavía recuerdo las carcajadas de mi padre y de Bienvenido Peña, quien se encontraba de visita. Muchos años después, cada vez que me veía, me recordaba la anécdota, probablemente derivada de la lectura de un incidente similar en un cuento de Antón Chéjov.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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