Chávez: voluntad de vivir, voluntad del poder

Chávez: la voluntad de vivir, la voluntad del poder

Aquel 13 de marzo de 1974, con apenas 20 años, el Brigadier Hugo Rafael Chávez no intuyó que sus pensamientos, plasmados horas más tarde en un diario, marcarían para siempre su destino. “Después de esperar bastante tiempo llegó el nuevo Presidente. Cuando le veo quisiera que algún día me tocara llevar la responsabilidad de toda una patria, la patria del Gran Bolívar y mía en último término”.

La mañana siguiente de haber ocupado el sillón presidencial, en una disputa en la que José Vicente Rangel había salido perdedor, Carlos Andrés Pérez visitaba la Academia Militar de Caracas, donde “la muchachada” ataviada de azul desfilaría frente a él. El edificio que sirvió de primer reposo firme al líder latinoamericano luego de su deceso, la casa de los sueños azules, como él lo llamara, donde se forjara su espíritu intrépido y rebelde, lo acogía a la vuelta de 40 años de su llegada allí en plena adolescencia y con la aspiración de  ser el Pelotero del Magallanes. “Yo entré aquí para venir a Caracas y a jugar béisbol al Magallanes, quería ser el Látigo Chávez. (…) Cuatro años después salí vuelto un león, no del Caracas, no fui Magallanero, sino un león, un pequeño león, más bien un niño león…”

Corría el 7 de agosto de 2011 y Chávez, despojado de su cabellera producto de la quimioterapia, jaraneaba a costa de su “nuevo look”, acerca del que se opinaba “que estoy buenmozo dicen algunas, María por ejemplo, mi hija que está allá, que estoy buenmozo. Mira, la brisa pega mejor, no hay que estarse peinando, yo tengo enchurruscao tú sabes”.

En compañía del propio Rangel, ahora en calidad de entrevistador para su popular programa televisivo, Chávez evoca pasajes de su estancia en aquel lugar, donde, amén de lo torturante y divertido de su “zurdidad”, casi desde el primer día se sintió como un pez en el agua. Filosofa sobre aquel instinto o “estado de conciencia” (deseo no, recalca) del que tuvo noción justamente frente al mandatario contra el que se rebelaría 14 años después con el grado de teniente coronel, junto a otros oficiales de rango medio.

“Era que me estaba asaltando la voluntad del poder sin yo darme cuenta, no es que uno tenga un plan para ir al poder, es que la voluntad de vivir, la voluntad más bien (…) ya yo la tenía, es como un semillero y el poder o voluntad de poder viene siendo como el germinar del semillero, aquí estaba germinando inconscientemente, yo no tenía conciencia (…) pero eso estaba allí.

Con un mar de dudas, individuales y colectivas, se lanzó a la “quijotada” del 4 de Febrero, pero estaba absolutamente convencido de la pertinencia de ese acto revolucionario. El “por ahora” fue improvisado, mas dejaba ver a las claras que sus intenciones insurgentes persistirían. No por casualidad aquel día el General Santeliz Ruiz, que estaba ahí y era asesor del Ministro, “salió manejando su carro con Altuve para que no se cumpliera la orden que había dado Carlos Andrés” de que el joven sedicioso no saliera vivo del Cuartel de la Montaña. Lo condujo a la Academia Militar de Caracas, donde convergerían luego todos los caminos del criollo llanero que desde niño escribió, cantó, bailó y admiró a uno de los héroes supremos del continente, cuyos pasos, sin saberlo, seguiría eternamente. La intuición, de seguro, lo llevó interpretar aquellas frases de Fidel al visitar la patria de Bolívar a pocos días del triunfo revolucionario en Cuba: “Venezuela es la patria de El Libertador, donde se concibió la idea de la unión de los pueblos de América. Luego, Venezuela debe ser el país líder de la unión de los pueblos de América. (…)

“Así que, por tanto, al venir a hablarle así al pueblo de Venezuela, lo hago pensando honradamente y hondamente, que si queremos salvar a la América, si queremos salvar la libertad de cada una de nuestras sociedades, que, al fin y al cabo, son parte de una gran sociedad, que es la sociedad de Latinoamérica; si es que queremos salvar la revolución de Cuba, la revolución de Venezuela y la revolución de todos los países de nuestro continente, tenemos que acercarnos y tenemos que respaldarnos sólidamente, porque solos y divididos fracasamos”. Desde que se conocieron en su primer viaje a nuestra isla, ambos “conspirarían” para la materialización de tan noble empeño.

Luego de su primer triunfo en las urnas en 1998, convocaba a su pueblo a referéndum para aprobar una nueva Constitución que legitimara las transformaciones a emprender, preñadas de traspiés y de una oposición que en el 2002 protagonizaría un golpe de Estado. Ya incrustado en las masas, el propio pueblo lo rescataría de la muerte.

Enteramente seguro del triunfo electoral del 2012, la incertidumbre tremenda era si les reconocerían la victoria. Núcleos de dudas, en el fondo, albergaría hasta poco antes de su último agravamiento, según confesó frente a las cámaras: “¿Es la vía armada la vía para hacer una revolución o es la vía pacífica democrática? Porque yo de candidato, tú recuerdas, pregoné la revolución democrática a los cuatro vientos, ahora yo tenía dudas (…) yo llegué a pensar en alguna ocasión incluso, sobre todo preso ya aquí en Fuerte Tiuna o por allá en Turismo, en algunos momentos yo dije: Bueno y entonces el camino no era el camino electoral, el camino es tomar las armas de nuevo?”

La vida lo convertiría en adversario del pensamiento único. “Yo soy adversario del monocromismo, quise ser pintor, me encanta el colorido, me encanta el debate, me encantan las diferencias de opinión.” Confiaba, igualmente, en una democracia verdadera, profunda, de valores espirituales. “Lo que hay que abonar es la base espiritual del socialismo, la base amorosa”. Ello, sin dudas, lo llevaría al corazón de millones.

Treinta y nueve años después de aquella premonición frente al presidente  al que derrotaría sin remedio y tras enfrentar estoicamente la enfermedad que encaró gracias a la insistencia de Fidel, se iba el brigadier convertido en líder. Se multiplicaba el criollo sin precio, impulsivo y de respuesta rápida, indulgente con el carácter humano del error, intolerante ante la flojera y la mentira, incapaz de matar y admirador de la lealtad.

Ni en los perores segundos renunciaría a su frase predilecta: Vivir viviendo la vida. Forzado, sin embargo, a caer en brazos de la muerte, se eternizaba el hombre convencido de la perfección de la naturaleza, amante del canto, del rojo, de la mujer y de Bolívar. “Creo más bien en la infinitud de lo humano, pero no en la eternidad individual del sujeto”, declararía el redentor. Un último llamado a su pueblo, sin sospechar quizás, aquel 7 de agosto de 2011 cuando hablaba de sus ensayos para bailar joropo en los 15 de su nieta Gabi en 2013, que se impondría más adelante la despedida triste frente a una multitud bañada en lágrimas: “Maisanta, que son bastantes, vamos al 2021 y al 2031.”

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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