Estampa espirituana

Bulevar, prensa

Es sábado. Me dispongo a pagar  la cuenta telefónica de marzo. Al llegar al bulevar reparo, como casi siempre, en la figura de un Serapio inerte con el bulto de periódicos bajo el brazo. Así solía andar él por las calles espirituanas.

Una aglomeración de público en la oficina de Correos  llama mi atención. No venden cerveza, colchas de trapear ni jabones de baño. ¡Vaya sorpresa! La cola es para adquirir la prensa. Impresa, diría yo. Sin darme cuenta, pongo mi mente a trabajar mientras espero el turno en la otra fila. Demora la muchacha que nos atiende, me digo una y otra vez, en tanto los “clientes” de Escambray y Juventud Rebelde salen, mayoritariamente, con un par de periódicos en la mano. Algunos llevan cuatro o cinco ejemplares de una de las publicaciones, o de ambas. Granma, el diario nacional cubano más conocido en el mundo, ya “voló”.

¿Nos leerán realmente solo los viejitos? Me pregunto. Pienso en aquella denominación de alguien que, en nuestro colectivo, afirmó tal cosa. En las reuniones de los lunes y hasta en otras más trascendentes que esas, donde evaluamos la calidad de la edición del sábado anterior, se habla una y otra vez de “periódicos para viejitos”. Pero esas personas que entran ansiosas e indagan: “¿Quién es el último para la prensa” y a quienes aclaro: “No, es por aquella cola”, no son definitivamente personas de la tercera edad. Los hay, claro, aunque abundan otras de 30, 40, 50.

Dos hombres tras la ventanilla se encargan de la venta de los periódicos, que rápidamente desaparecen en manos, jabas, calles. Me fijo en un detalle: algunos ciudadanos hacen fila más de una vez, ante el criollo llamado de atención de un tercer hombre que, desde afuera del cristal, supervisa el orden: “Compadre, ya tú compraste”. En el minuto en que la cola cesa dice, condescendiente, a alguien que ya alcanzó a guardar sus ediciones en un bolso: “Dale, ven, ahora”.

Como una cofradía es este espacio temporal de venta de periódicos. Atino a preguntar a una embarazada de prominente panza: “Disculpe, compañera, ¿puedo saber para qué cinco ejemplares de Escambray?  “Para unos conocidos”, responde, ¿Y ellos, los leerán?, inquiero nuevamente, “Supongo que sí”, contesta.

Es una excepción la embarazada. La gran mayoría de los “encuestados” desde mi posición de clienta responde afirmativamente a la misma interrogante: ¿Son para leerlos? Claro, parece confirmar la mirada de muchos, como si holgara la pregunta. No pocos asienten con el solo gesto de tomar los periódicos, colocarlos uno encima del otro (reparo en que como regla colocan el provincial encima del nacional) y comenzar a hojearlos allí mismo, en el amplio borde de un cantero que da vida al caluroso local. ¡Vaya madera la del techo! Soportaría bien un buen ventilador, sugiere el pensamiento.

“Leo siempre las noticias primero, luego busco lo otro, las obras que se construyen aquí, los problemas que se comentan en la segunda página…”, explica un señor que frisa los 50. “Estos los llevo para varios familiares míos. Claro, siempre los leo primero. Todo lo que tenga letras y me caiga a la mano yo lo leo, me gusta estar bien informada”, aclara la señora delgada de vestir cuidadoso. Los pocos jóvenes que veo ante la ventanilla se me esfuman como las mismas ediciones impresas. Solo la aseveración de algunos abuelos que ocupan los bancos del bulevar, donde disfrutan el fresco mañanero, impide que suelte de zopetón la esperanza: “Descuide, periodista, a ustedes los leen jóvenes y menos jóvenes, a todo el mundo le interesa lo que sale en Escambray”, se arriesga a corroborar el abuelo Chaviano.

A estas alturas de mis pesquisas ya estoy en la calle, luego de renunciar al pago del teléfono. Como no miré bien, ando sin el dinero suficiente para abonar el servicio del mes anterior. “Uff, esperé por gusto”, intenta susurrarme el subconsciente, pero lo ignoro y rápidamente salgo al bulevar.

Diálogos breves con personas que vienen y van. Jóvenes, pocos. Es decir, muchos, pero sin prensa en las manos. Percibo una aglomeración de al menos seis personas. Es que la señora que acaban de sentar allí, en el quicio de una luminaria, se desplomó repentinamente. “Si no la sujeto rápidamente se golpea toda la cara”, cuenta Manuel Jover, un jubilado de la Empresa de Bebidas y Licores (EMBELI) que acaba de auxiliar a la mujer.

“¿Te traigo un refresco?”, propone el muchacho frente a ella, que sin recobrar aún el color balbucea casi: “No, ya estoy bien”. Contrario a lo que pienso, el joven no es un familiar. Ni siquiera acompañaba a la señora, que, según llego a precisar, andaba sola. No me sorprenden las propuestas y las sugerencias: “Voy a traerle un cafecito, verá que se repone enseguida”, aduce Chaviano. “Podrá levantarse? venga, que la voy a llevar”, “¿Dónde es su casa?”, se ofrecen varios. Finalmente tres o cuatro personas consuman la iniciativa y acompañan a la espirituana hasta la cuadra de más allá. En el propio bulevar, frente a El Triunfo,vive la hermana de la señora, quien al levantarse aludió a algún ataque epiléptico anterior.

Siento que no he desperdiciado el tiempo. Me embarga cierto regocijo pese a no haber cumplido el propósito que me llevó a la calle. He capturado una de esas estampas que acaecen a diario en cualquier lugar de Cuba. Aun lejos de su hogar, el cubano suele estar acompañado por quienes le rodean. Me vienen al recuerdo imágenes bastante frecuentes: un hombre en aparente estado de embriaguez yace en la acera. Transcurre, acaso, un cuarto de hora sin que alguien se le acerque. Alguien, indefectiblemente, comprobará si el sujeto respira, quizás tomará su pulso y algún tercero llamará al hospital o a una patrulla de la Policía Nacional Revolucionaria.

¿Nos leen? Nos leen, me pregunto y me respondo en el camino de regreso. Solo que, finalmente, no logro despejar la otra interrogante. ¿Somos, como se dice, un periódico para viejitos?

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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Una respuesta a Estampa espirituana

  1. waldo_cuba dijo:

    Buena la estampa. Nuestro pueblo es solidario por naturaleza, y aún a pesar de la tan llevada y traida pérdida de valores, existen jóvenes y no tan jóvenes como estos que en la cotidianidad nos hacen sentirnos orgullosos de ser cubanos y de vivir en la tierra más bella que ojos humanos hayan visto.

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