Con uno sobra

Calle principal de Guisa, donde se encuentra la iglesia  del pueblo.

Calle principal de Guisa, donde se encuentra la iglesia
del pueblo.

Sumo otros dos cuentos del libro de mi padre, Yayi, Eliades Proenza, pues percibo que a muchos guiseros regados por el mundo les atraen. Como bien dijo Reysell Aguilar, uno de sus alumnos y admiradores, en algún lugar del sitio donde él se encuentra debe haber otra esquina que presencie su creación acerca de hechos graciosos o curiosos en la historia del pueblo.

 

 

 

LO MEJOR QUE HACE SARGENTO

 

Pero no crean, no todo el mundo le salió blandito a Galinena, ahora verán.

Chucho Vázquez era bueyero de El Corojo –por ahí siempre hubo hombres guapos- y era de esos que lo mismo se fajan a los piñazos que se prenden a cuchillo o a machete con cualquiera por cualquier bobería. Chucho era casi un salvaje, de esos que ya no quedan, porque los que eran así como Chucho se acabaron o están viejos y ya namá quedan las historias. Mejor así.

Les decía que Chucho era Bueyero, el tiraba madera en un quimbuelo de las lomas de Correa y del Tiguere paacá pa´ Guisa. Entonces había mucho montes por esa zona, y los había más cerca, pero el tiraba de allá.

Pues un día venía Chucho pacá con el quimbuelo cargado hasta el tope y al llegar al arroyo de María Bena, ya de la parte debajo de La Ondina, llegando al río Bayamo, se le ataca aquel aparato al hombre y las tres yuntas no podían, figúrense, en ese atacadero que se hacía allí en aquel pantano. No había manera. Los bueyes no podían, pero Chucho vociferaba, maldecía, renegaba de cuanto santo hay en el cielo, mientras, daba garrocha a los pobres animales, corriendo de la yunta de pié a la guía y de la guía a la de pié. Los bueyes asesaban gordo, babeaban, mujían y echaban sangre por toas partes del clavo que no dejaba de hincarlos. Chucho, enfangao de pies a cabezas con polaina y tó, sudaba a más no poder; estaba furioso y no había forma de salir ni a quién pedir ayuda.

Chucho estaba en una mala hora.

En eso llega el sargento Galinena, que regresaba de uno de sus recorridos, acompañado del soldado La O, y se encuentra con aquello: aquel hombre sudoroso y enfangao hasta las cejas, a lo mejor hasta sin desayuno y de seguro en pié desde la madrugá, descargando su ira contra aquellos animales.

El sargento cruza una pierna sobre el caballo, mira un rato y luego con toda su calma dice:

-¡Oiga, señor, usted no puede maltratar de esa forma a los bueyes!.

El hombre mira furiosamente a los militares, se quita un poco de sudor y fango de la cara con la manga de la camisa y vuelve a su tarea como si el que hubiera hablado fuera ese muchacho que usted ve ahí. Entonces el sargento vuelve a decir con la misma calma – Galinena no sabía hablar aprisa – pero un poquito más alto:

  • ¡Señor, dije que usted no puede seguir maltratando a los bueyes!
  • ¡¡ Sargento, los bueyes son míos, y hago con ellos lo que me de la gana; y a usté, si se me pone adelante también le doy garrocha!! – dijo Chucho y siguió su tarea. ¡Ustedes conocieron a Galinena! Bueno, pá decirle eso a aquel hombre había que tener los tres pares de cojones. ¡Pues ná, el sargento esta vez se encasquilló, se viró pa el soldado y un poco asorao dijo: “!Vámonos, La O, este hombre está encangrinao”!

Y cuando los guardias ponían sus caballos de frente pacá y le clavaban las espuelas oyeron a Chucho cuando dijo:

– Sí, sargento, ¡es lo mejor que hace!

 

CON UNO SOBRA

 

Bueno, ahora no recuerdo más ninguno de Galinena, pero le voy a decir algo de otro medio salvaje que aquí hubo.

La cosa fue un domingo, allá por la década del XX, a mediados, después que se acabaron las peleas de gallo de ese día. Sucedió que Rafael Martínez, campesino de ahí de Hoyo de Pipa y padre de un grupo de esos aplastaitos que les dicen Los Porrones, que según era de trabajador así era de escándaloso y jaquetón, y Heriberto Molina, tipo bien plantado y engreído, de aquí de Guisa, tuvieron problemas en la valla.

La bronca fue impedida, pero Rafael salió furioso, fue a su casa y regresó armado de un revólver y se puso a buscar a Heriberto. Como el pueblo era chiquito, enseguida lo encontró en uno de los dos cafetines que había aquí; en el de Pascual Garcés, Pay, que estaba ahí en la calle Maceo, cerca de la vaya.

Y se armó de nuevo la bronca. Pero Joaquín Borrero – cuñado de Rafael y único policía del pueblo – ya estaba allí para evitar y sacó su revólver para intimidar a los rivales. Rafael se le abalanzó, le partió pa´ arriba al policía, pero con tan mala suerte que el cañón del 38 que se había desenfundado para promediar, se le encajó en el ojo derecho y se lo vació.

Figúrense, aquello fue un lío, una desgracia: un hombre tuerto de cuenca por boberías de gallos; y además en una bronca que ya estaba evitada.

Pero Rafael no hizo ni mucho ni poco caso de ese lío, y a poco, cuando sanó siguió viniendo al pueblo igualitico que antes – sólo que el hueco del ojo le llenaba la mitá de la cara – siguió dándose el trago, peliando sus gallos y haciendo su bulla, porque les repito: Rafael era un hombre bullero, pero con tó y eso, en los primeros tiempos, la gente se compadecía, porque además, él era el único tuerto de por tó esto. Y uno decía: “Ay, Rafael, que desgracia la suya”. Y otro decía: ah carajo, Rafael, ¡ahora sí vo tai chivao¡ tuerto a esa edá; cuídese el otro, compay. Y otro más: “!Le ronca, Rafael, eso de que a uno le arranquen un ojo así, de cuajo”! y así, muchos se compadecieron, pero Rafael, muy campante, tenía para todos una sola respuesta, siempre la misma. Se acomodaba sus espejuelos negros y medio en broma luego, pero siempre con su mitá de cara muy seria bramaba:

– ¡¡Qué carajo, ya me tienen jodío con eso del cabrón ojo; si pa lo que hay ver en Guisa con uno sobra!!

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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