Ucrania mía

Periódico Vida Universitaria, de la Universidad Estatal de Simferópol, libro de canciones populares ucranianas, juego de postales sobre el poema Vasili Tiorkin y busto de Lenin.

Periódico Universitietskaya Zhizñ, de la Universidad Estatal de Simferópol, libro de canciones populares ucranianas, juego de postales sobre el poema Vasili Tiorkin y busto de Lenin.

Repaso las líneas impresas en el papel amarillento y las lágrimas brotan súbitamente. Bajo uno de los escritos aparece mi nombre. Bajo otros, los nombres de mis compañeros cubanos, laosianos, africanos. Jamás imaginé que Universitietskaya Zhizñ (Vida Universitaria), aquel periódico en el que relatábamos nuestras vivencias de estudiantes a punto de egresar de la Universidad Estatal de Simferópol, en la antigua URSS, sentaría un precedente.

Mi rúbrica se reiteraría casi año y medio después, cuando daba cuenta de mi condición de madre y comunicaba a los editores del órgano de prensa, con quienes mantenía contacto asiduo por correspondencia, que habíamos nombrado Zoia a nuestra hija, en honor a la heroína de la Gran Guerra Patria de la Unión Soviética Zoia Kosmodemiánskaya, asesinada por los nazistas alemanes. “Nuestros pueblos juntos luchan por la paz, para que los niños de todo el mundo nunca más lloren de miedo u horror. Que nadie opaque su alegría”, reza en mi ruso de entonces una columna de la página 3, dedicada al Día Internacional de los Estudiantes, que siempre celebrábamos.

No limitaba a Ucrania mi sentimiento de pertenencia en aquellos años seguros en que se hablaba de un gran estado único, pero era la república donde estudiaba. De ella conservo millones de instantes guardados en la memoria, desde el recorrido por Kiev en el primer invierno crudo que nos tocó vivir allá hasta las primaveras a orillas del río Salguir, en las praderas universitarias que acogían los edificios docentes de Simferópol, pasando por las citas que cada dos años precedían a la partida en barcos hacia Cuba desde el puerto de Odessa.

Por siempre me perseguirán no pocos recuerdos: la cara regordeta y risueña de la tía Liuda desde su venduta en una cafetería, los mimos de Irina Udovik (Ira), mi compañera de cuarto por tres largos años en que ella aprendió a comer platos cubanos y yo me deleité con los almíbares de sus dulces caseros; la visita furtiva a Sebastópol, donde debía pasar por kirguiza o kazaja (mis rasgos achinados lo permitían), dada la significación estratégica del enclave marítimo; la hospitalidad de Nadia y su madre de cachetes rojos, como cerezas, en Eupatoria, luego de que se convirtiera en mi amiga a golpe de tanto intercambio, yo como estudiante extranjera y ella como secretaria del rector; la acogida cálida en casa de los Klímov, en una lejana aldea con nombre del mes de la Gran Revolución Socialista liderada por Lenin. Allí comí el pastel más delicioso de mi vida, hecho por la mismísima tía Frida, una bella y delicada mujer, mientras el tío Zheña, instruido y simpático, ponía discos con piezas musicales y me obsequiaba un libro de bolsillo con canciones populares ucranianas cuyas letras jamás llegué a entender, pero que aún conservo.

Natasha, su hija, mitad ucraniana, mitad bielorusa, llegó a ser, al igual que Ira, mi hermana. Mis hijas aún las llaman tías, aunque jamás las vieron; sus muñecas tuvieron esos dos nombres. Con la segunda perdí comunicación; la primera viajó por 17 horas para verme en un viaje a Moscú y Budapest tres años después de habernos graduado. Nos comunicamos esporádicamente y lo último que me contó por vía electrónica fue respecto a la guerra que jamás pensé se desataría allá. “Reza por Crimea”, me pidió y así lo hice. Crimea, la península —entonces provincia— que nos acogió como a los primeros cubanos que estudiaron allí, nos prestó su Mar Negro cada verano que no veníamos a Cuba de vacaciones, nos enseñó el idioma ruso y nos abrió las puertas al conocimiento de una literatura de rango universal. En lo personal, me deparó el encuentro con el padre de mis hijas, que por azar de la vida Natasha presenció cuando aún no éramos allegadas. De ahí proviene mi presencia en la región de Cuba donde me encuentro hoy. Simferopol marcó, por tanto, mi destino.

“Pasarán décadas para que esta nación vuelva a ser lo que fue hasta hace poco”, me escribía Verónica Nikoláevna Kulipánova en la bella postal donde reproducía unos versos de Pushkin que llevaban por título mi nombre. Los descubrió con marcado regocijo, según me contaba en aquel lejano 1990 tras lamentar el derrumbe del socialismo por obra y gracia de la perestroika y de la glasnost, como llamaban a la reconstrucción y a la transparencia, que es su traducción literal en ruso. Lo lamentaba muy profundamente, siendo, como era, veterana de la Gran Guerra Patria y profesora de Historia del PCUS con casi 80 años de existencia.

Ahora repaso otro pliego de periódico amarillo, fechado en mayo de 1985, con sus vivencias acerca de un recorrido por la ciudad héroe y capital de Bielorrusia, Minsk, donde también estuvimos de vacaciones mis compañeros y yo. ¡Ironías de la vida! Si Kulipánova viviera a estas alturas, cosa que dudo mucho, se moriría de decepción.

Un año ha transcurrido ya desde que extremistas de derecha provocaran un golpe de estado en Ucrania que trajo consigo la vuelta del nazismo. “Con dinero americano han armado y entrenado a los jóvenes para que maten a sus conciudadanos” me escribía Natasha poco después de la debacle. Desde entonces apenas puedo ver las noticias, pero aunque no me siente ante el televisor escucho testimonios de madres, esposas, hijos. Un presidente con nombre de polvo de fregar juega con sus destinos y se congracia con Washington y Obama. La Unión Europea, cuya alianza rechazaba Yanukovich, terminó tragándose a los improvisados líderes de una nación que, cual perro faldero, obedece los deseos de los Estados Unidos. Una nación no, perdón, sino aquellos que matan o autorizan a matar, lanzan bombas sobre comedores de refugiados, escuelas, hospitales, calles, edificios.

Ucrania duele, aunque aquellos a quienes conocí más de cerca estén presumiblemente vivos gracias a la adhesión de Crimea a Rusia. Ucrania, una de las tres repúblicas hermanas (junto a Rusia y Bielorrusia) paga el costo de anhelar el american way of life que desde entonces percibíamos, cuando los jóvenes se desvivían por un jean o por algún otro artículo made in U.S.A. Ucrania es la evidencia del error histórico de transitar del feudalismo directamente al socialismo, obviando la etapa que en Cuba sí vivimos, o que vivieron nuestros padres. Ucrania se desangra.

Veo las imágenes del crudo invierno y pienso en el frío sin la calefacción que proporciona el gas. Rusia se los ha enviado, al igual que convoyes de alimentos y productos básicos para damnificados en la guerra. Rusia es el diablo contra el cual enfilan los cañones los Estados Unidos y la civilizada Europa.

Recorro cartas y postales venidas desde allá, rememoro las letras de Vladímir Visotski, sobre todo la de aquella canción acerca del soldado amigo que se ausentó de la trinchera después de la batalla, y vuelvo a la paz próspera de Ucrania entre finales de los 70 y comienzos de los 80. La gente hospitalaria, el pan y la sal de bienvenida, los cines bajo el cielo, los abetos cubiertos por la nieve, los troleibuses, el poká, el zdravstvuy o el do svidañia. Los ojos tristes de Natasha, los ojazos de Irina, la sobriedad de Iashenko, nuestra querida guía y profesora de gramática rusa; las recetas de cocina de la profe Shelepina, el cariño de todas y de todos; la visita a Jatiñ, la aldea bielorusa cuyos habitantes fueron quemados vivos por las hordas de Hitler, y tantos recorridos por ciudades, escuelas, fábricas.

Intento recordar los rostros de los niños que me obsequiaron el busto de un Lenin aún vigilante desde mi tocador, el sabor de las uvas que ayudamos a cosechar, los paseos sobre un lago congelado, las comidas, las fiestas, las lecciones.

“Para nuestra querida China Delia de los Klímov, tía Frida y tío Zheña. Canta en Cuba las canciones ucranianas y recuérdanos”, leo en la contraportada del diminuto libro rosado. Lo primero no lo he cumplido, lo segundo, por siempre. Y en silencio lloro, lloro por mi Ucrania.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
Esta entrada fue publicada en Crimea, CUBA, ESTADOS UNIDOS, Europa del Este, Gran Guerra Patria, guerra, invierno, Kiev, Lenin, Minsk, nazismo, Obama, PCUSS, Poroshenko, Sebastópol, Simferópol, socialismo, Ucrania, Unión Europea, URSS, Vladímir Visotski, Zoia Kosmodemiánskaya y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Ucrania mía

  1. josé dijo:

    Delia, me llama poderosamente la atención con que claridad recuerdas tus años de estudio en Ucrania, yo también estudie en la URSS, Escuela Superior del Partido de Moscú (1986-1989) y por suerte de la vida visite por 15 días una de las regiones de Ucrania, Ivano Frankof y pude palpar el gran desarrollo de esa Región, lo que hoy sucede allí, solo es obra de ese imperio salvaje que trata de comprar con su sociedad de consumo los sueños de miles y millones de personas que se dejan confundir, es lamentable que tantas vidas de todas las edades se pierdan allí, solo hay que ver cualquier canal de TV que se respete como Tele Sur u otros para apreciar la realidad de lo que sucede en Ucrania.

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