Desde la calidez de un diccionario

Presentado recientemente en Sancti Spíritus, el Diccionario de autores de la literatura infantil cubana deviene referencia imprescindible para el conocimiento de nuestra cultura

Presentado recientemente en Sancti Spíritus, el Diccionario de autores de la literatura infantil cubana deviene referencia imprescindible para el conocimiento de nuestra cultura

No espere, cuando abra la elegante portada de alguno de sus dos tomos, hallar una fría relación de autores con su lista de títulos. Tampoco intente procurar elementos biográficos de quienes, desde el nacimiento mismo de la literatura cubana y hasta fecha reciente, concibieron textos de cualquier índole relacionados con la escritura para niños o destinados a ellos. Este es, digámoslo, un texto cálido, hecho con amor, despojado de todo cuanto sobra y armado de todo lo importante.

La denominación del Diccionario de autores de literatura infantil cubana obedece exclusivamente, pienso, al orden alfabético en que están dispuestos los nombres de las más de 650 figuras que en él se compendian, entre las cuales pueden hallarse desde prominentes pensadores cubanos con una vasta obra hasta el escritor que con una sola creación quiso deleitar a los infantes y adolescentes del archipiélago cubano recurriendo a géneros no solo escriturales, sino también folclóricos, teatrales o de divulgación.

Antes de adentrarnos en su contenido, debería decirse que este título deviene el primero de su tipo en Cuba y es el fruto de un largísimo proceso creativo, primero, y de edición después, que lo catapulta como una suerte de dinosaurio al haber sido concebido en 1991, cuando la única opción alternativa al manuscrito era la mecanografía. De viejas máquinas de escribir salió la primera versión, entregada luego de muchas correcciones a Gente Nueva en el año 2007, en tanto el alumbramiento acaba de tener lugar en pleno siglo de avances tecnológicos, no sin sortear serios escollos económicos que incluyeron la supresión del Índice, debido a su extensión.

Gracias al denuedo de sus autores, los profesores e investigadores espirituanos Ramón Luis Herrera Rojas, doctor en Ciencias Filológicas, y Mirta Estupiñán González, máster en Filología Hispánica, ambos a su vez críticos de parte de la literatura que compendian, fue posible localizar el amplísimo espectro de creadores desde comienzos del siglo XIX y hasta casi nuestros días, nacidos no importa donde, pero con los pies en cualquier pedacito de suelo cubano a la hora de parir los textos. En el primero de los casos el autor tuvo a su cargo las fichas de los 91 escritores cubanos incluidos en el Gran Diccionario de Autores Latinoamericanos de literatura infantil y juvenil, publicado por Ediciones SM, Madrid, 2010.

El rasgo distintivo más sobresaliente consiste en el asiento, además de la ficha bibliográfica de cada libro en sí, de extractos de la crítica que sobre el autor y su obra se publicó lo mismo en los prólogos que en la prensa impresa o digital. Tan loable idea permite que las descripciones y explicaciones en cada caso, algunas verdaderamente profusas, ayuden a conformar una idea general de la época y evaluar el desarrollo del pensamiento progresista cubano desde el inicio de su conformación hasta más de 50 años después de 1959.

La referencia más antigua es la de José Agustín Caballero (1762- 1835), a quien se le atribuye un escrito teórico que vio la luz en el Papel Periódico de la Habana el 6 de marzo de 1803, dirigido a las ayas y preceptores sobre el “Uso que se debe hacer de las historias para con los niños”. Félix Varela y Morales, quien fuera alumno de José Agustín (1787-1853), aparece consignado como autor de prosa didáctica para lectura escolar e iniciador de la modalidad de los libros destinados a educandos. En esa misma tendencia se inscribe José de la Luz y Caballero (1800- 1862), con un escrito llamado Texto de lectura graduada para ejercitar el método explicativo. Libro primero. No falta Gonzalo de Quesada y Miranda con sus textos de divulgación histórica, entre ellos el muy difundido y leído Así fue Martí. Tampoco Renée Méndez Capote con casi una veintena de obras destinadas a los niños.

José Martí ocupa un lugar privilegiado dentro del compendio y resulta, al decir de Ramón Luis Herrera, el único autor con obras que fueron objeto de crítica a la propia vez que salían de las imprentas. “Será un periódico instructivo, útil y ameno, provechoso a la par para la inteligencia y el corazón. No quisiéramos que faltase en ningún hogar cubano”, escribía Enrique José Varona en Miscelánea, revista cubana, en aquel propio agosto de 1889, cuando La edad de Oro. Publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América sacaba el segundo de los cuatro números que llegarían a circular.

Nombres imprescindibles como Samuel Feijóo, Onelio Jorge Cardoso, Nicolás Guillén, Mirta Aguirre, Nercys Felipe, Excilia Saldaña, Dora Alonso y Raúl Ferrer acompañan al lector por las décadas de sus creaciones. De Ferrer, por ejemplo, puede leerse desde la crítica de Félix Pita Rodríguez hasta la de un intelectual amigo suyo que a mediados de los ’90 develaba versos de Whitman constituidos en una especie de lema para el poeta y pedagogo: “no se puede arrancar una brizna de hierba en la tierra / sin que se estremezca la última estrella del firmamento…”.

Para que se tenga una idea de la magnitud de las búsquedas bibliográficas, que según los autores serán enriquecidas en lo adelante con una próxima versión digital que salvará lógicas, aunque contadas omisiones, el diccionario alude desde Cecilio Avilés como escritor de textos de divulgación artística, pasando por Carlos Alberto Cremata en calidad de dramaturgo de obras para infantes, hasta llegar a Fidel Castro con sus numerosos discursos dirigidos a los niños.

Un alto número de autores espirituanos encabezados por Julio M. Llanes y Julio Crespo Francisco, sin obviar a los más contemporáneos (hasta el año 2011), entre ellos Gumersindo Pacheco, Mildre Hernández y Eric González Conde, figuran con las críticas aparecidas lo mismo en Escambray que en el suplemento cultural Vitrales o en la revista La Pedrada.

Imprescindibles por sus poemas musicalizados o por las letras de sus canciones para niños, Teresita Fernández y Ada Elba Pérez aparecen en todo el esplendor de su creación, lo mismo con el dibujo de Vinagrito, una de las muchas y hermosas ilustraciones que contiene el libro, que con el texto íntegro de “Ana”, una de las piezas de Ada Elba interpretadas por Luiba María Hevia.

Como rareza en forma de evocación capaz de remontarnos a la infancia emerge, entre los muy pocos casos en que no se refieren el lugar o la fecha de nacimiento y muerte, el nombre de la poetisa María Rosa Rodríguez Sarmientos, autora de las Rimas infantiles que facilitaron el aprendizaje de las consonantes y sílabas en la enseñanza primaria de la década del ’60.

Por último, una alusión ineludible al editor, Esteban Llorach, crítico e investigador de acendrado prestigio en la literatura cubana. Luego de manosear el diccionario logro entender mejor su afirmación: “Es un monumento a la capacidad de nuestro pueblo para sobreponerse a los problemas de la materialidad (…), va a tener una repercusión continental. Sus presupuestos ideoestéticos son los mismos de la Revolución Cubana, que siempre ha sido una sola desde Céspedes y Martí hasta nuestros días”.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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