Mami, negación y rescate

Mi madre, Ena Gloria Barzaga Arévalo

Mi madre, Ena Gloria Barzaga Arévalo

 

Necesité 26 años, cuatro meses y 28 días. Primero fue la negativa a irme a Guisa, adonde te habías ido después de días aquí; allá, donde casi cantabas de alegría todavía en la tarde por cuenta de tus nietas mellizas en aquellas fotografías que tú viste tomar, y yo te envié, y tú te apresuraste a buscar en Bayamo. “Quién es quién, adivina”, jugaba yo en el reverso de una. Y tú muerta de risa: “Jajaja ¿cómo no saber si estaba allí y la que se reía era Ana Vivian?”. Me negaba a dejarlas cuando aún lactaban porque ¿a qué ir si no pasaba nada y acababa de verte?

Por eso me pinté y subí al jeep, entre perpleja y aturdida y llegué allá y te vi, y aún llorando por ver a los demás llorar te creí viva. Y esperé tus llamadas y pregunté por ti, y me negué a decirle a nadie que habías muerto, porque no era verdad. Y no lloré por mucho tiempo,

Y recité nuestras poesías, aquellas que repetías de memoria y que llegamos a aprender de tanto oírlas. Y te lloré después mil veces, cada día de las madres, en cada uno de tus cumpleaños, en cada verso de esos que adorabas. Te lloraba de solo recordar aquel día cuando te coloqué en un accidente en el que no estuviste, solo por suponer, porque ese día ni siquiera viajabas.

Mi mecanismo de defensa, ese del que hablan los psiquiatras, se estrelló de repente contra una verdad que ya ni siquiera me pareció tan dura. Yo estaba allí días antes del domingo dedicado a los padres este año, ante la tumba donde por fin estaban juntos papi y tú, en ese sello hermoso para un amor tan infinito. Y regresé con el recuerdo de rosas y azucenas adornando la losa. Nunca sentí que te debía jazmines o azucenas porque flotabas en el aire. Aún flotas, yo lo siento.

Pero después de aquello, cuando cumplías los 82 en junio, sentí de pronto que te debía revisar viejas fotos, resucitar recuerdos archivados, evocar tus olores, tus dicharachos jaraneros, tus ocurrencias léxicas, tus genios y resabios, tus regaños, nalgadas, tus amenazas con aquello de: “¡Ay, si Yayi se entera!”

Entendí entonces que te tenía atada a él para aferrarme a tu presencia, que cada una de las atenciones prodigadas primero al padre rígido, luego al que la nobleza doblegó con tu ausencia, después al venerable anciano que siempre suscitó mi ternura y respeto, y al final al papá casi niño cuyos recuerdos afloraban con mi sola palabra y las evocaciones a tu nombre estaban dirigidas no solo a él, sino también a tu memoria.

No nos habrías perdonado que le echásemos en cara viejas culpas o le tratásemos con irrespeto fueren cuales fueren sus trastornos psíquicos o sus dolencias físicas. Así que lo entregamos a tu regazo íntegro, leal, digno, como siempre fue. Ahora puedo entenderlo: te fuiste mucho antes, injusta e inexplicablemente, pero al saberlos uno al lado del otro, amándose de nuevo, siento paz. Puedo explicarme mi infalible emoción cada vez que escuchaba la letra de aquella melodía en la que a una mujer le llaman Gloria porque era un nombre merecido.

Huelo tu hálito, solo tuyo; escucho tus refranes, leo tus cartas, reviso las postales y fotografías que te envié de la lejana URSS. Evoco tus silencios, tu rostro colorado en tardes de retozo cuando ni suponía por qué estabas tan roja; tus angustias, tus celos cuando me enamoré.

Te evoco, mami. Si antes le debía a papi el haberte escogido como madre para tus cuatro hijos, ahora tengo que agradecerle el haberme enfrentado con esta realidad de rescatarte de esas andanzas turbias donde te sumergiste aquel 30 de enero, cuando ante la noticia más triste que me hayan dado o me darán jamás pregunté solamente, esperanzada, si estabas en el hospital. Y te mantuve en ese limbo, hasta ahora, 26 años, cuatro meses y 28 días después, a los que sumo 34 más que me llevan a este momento en que, un año atrás justo a esta misma hora, papi pensaba en ti seguramente mientras el aire le escaseaba y, después de repetirle muchas veces lo querido que fue para todos nosotros y para Guisa entera, en sus oídos un susurro le hablaba de apego, eternidad, amor. Perdóname las sumas y los números, solo quiero decirte que te quiero y agregar algo más: cumplimos tu encomienda, mami.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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