Otro cuento desde mi esquina en Guisa

Las lomas de Guisa y el pueblito mismo son pródigos en relatos contumbristas.

Las lomas de Guisa y el pueblito mismo son pródigos en relatos contumbristas.

DOCTOR TIMBALITO

 

Eliades Proenza Rodríguez

Bueno, la cuestión es que hace alrededor de dos años, o algo más, me topé con un amigo que venía de El Oro, y me dijo que había ido y regresado en la misma guagua, y que allá un individúo, así, así así, se le había presentado como un tal “Doctor Timbalito”; pero que en el poco tiempo que estuvo allá logró saber que el tal hombre era loco, y que estaba así a causa de unos machetazos en una bronca, que quería saber cómo fue eso.

Como yo había salido de El Oro hacia más de veinticinco años no me acordaba y no pude dar respuesta al amigo. Pero desde ese momento yo no paraba de preguntarme: “¿Doctor Timbalito”…Timbalito…loco…a causa de una bronca…?

Hasta que caí y me dije: “Ese tiene que ser…no puede ser otro que él: Tomás Corría”. ¿Y saben lo que pasa? Tomás antes no decía que era doctor, decía que era piloto. Bueno, eso fue hace treinta años. Ahora se lo cuento, les voy a contar cómo fue. Además, aquí está Alejandro que es de allá y puede ayudar si yo fallo.

Cuando nosotros vinimos a El Oro a hacer colonia de café, que fue en el cuareintaiseis, ya había allá como diez familias y algunos recogían su poquito. Parece que los primeros entraron como cuatro años antes.

Entre los que entraron antes que nosotros estaba la familia Nieto, que era un grupo grande de hombres, y él más nuevo de ellos era Acerio; y el más jodío también. Ellos habían venido de Guanina’o, nosotros éramos de El Reposo, que pertenece también a El Cobre, pero está entre Palma y El Cobre. También estaban allí, en El Oro, los Corría, primos de los Nietos, que habían llegado casi juntos de la misma zona porque de Guanina’o, El Cobre y Palma hay mucha gente que vinieron a esta sierra a hacer colonias de café.

De aquella poquita gente, serviciales y siempre dispuestas para ayudarse en todo, y principalmente para ayudar a los últimos que iban entrando con viandas, en la construcción de casas, desmonte y otras cosas, había algunos que eran guapos, sobre todo si había tragos; pero el más guapo de todos era Acerio, el menor de los Nietos y hombre peligroso que lo demostró.

Acerio siempre andaba armado, si en son de trabajo con su machete, si no con su cuchillo. Acerio, que yo recuerde, hirió de gravedad a tres, pero sobre todo a Arsenio Gómez –otro templa’o que mucho después tuvo que matarlo-, le dio dos puñaladas, suerte que en un brazo, cuando el entierro de mi abuelo en el cementerio de El Corojo. Eso fue en el ‘48, ustedes saben que antes no había caminos en la sierra, que eran triíllos, y a los enfermos y los muertos había que bajarlos en quitandas, grupo de hombres cargando al trote y bebiendo. Pero había hombres que cargaban mucho cuando pegaban no querían soltar: dos, cuatro o más kilómetros y ellos pegaos.

Y eso se tenía a honor, y como una demostración de fuerza. Así eran Acerio y Arsenio y por eso discutieron, porque “Yo pego más que tú”, decía uno y el otro “¡que va, yo más que tú!”; por eso discutieron y Acerio dio las puñaladas a Arsenio, y valga que en el forcejeo Arsenio logró romper el cuchillo cogiéndolo entre el mollero y la muñeca, sino lo mata, a pesar de que éramos un grupo allí. Tuvimos que traer al herido a Guisa y no enterrar a mi abuelo; hubo que dejarlo allí hasta el otro día. Acerio ayudó a cargar al herido y fue y se presentó al cuartel. El acostumbraba a hacer eso: a machetear a la gente, a ayudar a cargarlos y luego presentarse al cuartel.

De esa bronca nació un odio de lobos entre esos hombres, y pasaron años sin que pasara nada grave, pero todos en El Oro sabíamos que tarde o temprano uno de ellos tenía que morir a manos del otro, como así fue.

A Cuca, mujer de su hermano Pedro, Acerio le dio un machetazo y le lisió una mano, por poco se la lleva en cuajo; y valga que huyó, porque un día delante de él, Cuca le contestó mal a Pedro y él le dijo que el día que una mujer le contestara así a él la mataba, y va Cuca y dice: “!Tú na’ má’ eres boca, pero no hacei ná!” y cogió Acerio y sacó el machete y le tiró.

Bueno, y el asunto de Tomás Corría, ese doctor Timbalito que me dijo un amigo y que yo no acerté de quien se trataba.

Sucede que en la tienda de Pedro Gómez Martin (El Colora’o) se juntaban los hombres los domingos a beber, y era raro que allí no se formara una bronca; y a los que eran como yo, que no le gustaban las broncas, les decían: “Bueno, a los infelices que se vayan, que esto es pa’ hombres”.

Uno de esos domingos a fines del 56, cuando todavía no había guerra, Acerio le metió unos planazos a uno allí, no sé porque, porque él no era abusador, y el hombre aguantó aquello, no se viró; y Tomás que no había bebido ni era de los guapos, parece que aquello le picó, dícele a Acerio:

-Tú le haces eso a este porque es un infeliz, pero a un hombre tú no puedes hacerle eso- y Acerio, que era primo hermano de Tomás, contesta: Mira, Tomás, a ti te hago igual, pero andas desarmado y pa’ que veas que no soy un abusador como dices, te voy a dar un chance: anda, busca tu machete y ven, que te espero en el cafetal de Los Leales.

Y Tomás partió en busca de su machete, Acerio para el cafetal de Los Leales.

Cuando Tomás llegó con su hierro, ya Acerio estaba allí, esperando, y apenas el hombre asoma le cae a machete; lo dejó por muerto, pero aunque eran muchas y graves las heridas, Tomás no murió. Lo sacamos en camillas hasta El Plátano; veníamos pa’ cá pero ahí lo pasamos a una zapita que subía con pasaje. Y lo pasamos porque tenía que venir un hombre al lado de la camilla sujetándole la cabeza y manteniéndolo sentado porque sino se iba en sangre por la herida grande que tenía en el pescuezo, y esto demoraba la marcha de los camilleros, que en aquellos caminos de antes eran más rápidos que la zapa aquella, porque hay que ver lo que andan los hombres de la sierra con una camilla loma arriba y loma abajo, por entre pedregales y ríos, que de aquí al Oro hay 23 pasos, en los tres ríos que hay que atravesar. Hasta el Plátano, que es hasta donde nosotros llegamos con Tomás, hay 17, y na’ má, son unos trece kilómetro desde El Oro.

De aquí porque no había hospital, llevaron al herido para Bayamo y allá el se curó. Pero a causa de ese lío Tomás Corría quedó loco hasta el día de hoy; parece que alguno de los machetazos le malogró el cerebro, y por eso antes él decía que era piloto y ahora dice eso de que es “dotor” como me dijo un amigo.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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