Con dos que no quieran…

bulevar octubre 2015

Acerca de la votación en la ONU sobre el levantamiento del bloqueo a Cuba

Si a alguien le hastía escuchar hablar de bloqueo es a los cubanos; la sola mención del vocablo nos provoca una mezcla de tedio y angustia. Y eso que, en nuestra naturaleza jocosa, poco dada a la tortura por un mal sin remedio, solemos decirnos con cierta sorna que el bloqueo es tan solo una justificación para conformarnos con nuestros propios errores. Nos lo creemos y hasta nos reímos, porque conviene hacer menos agrio el vino, nuestro vino, que es sin dudas agrio. Hay quien le da preponderancia al calificativo, hay  quien subraya el pronombre. Da igual.

El caso es que desde el propio triunfo del primero de enero de 1959 nos las hemos visto grises con pespuntes negros y hasta negras del todo, no solo porque algunos desde afuera anden— mucho antes de que yo viniera al mundo, a solo meses de aquel comienzo de año glorioso— intentando planificar su destino a cuenta de esa posición privilegiada que le granjeó a Cuba el apelativo de Llave del Golfo de México o el de Perla del Caribe.

Aun con lo dicho, nadie debe engañarse. Por mucho que se repita,  que canse y hasta que duela, si alguien sabe exactamente el costo de una política de cerco que incluye desde valladares para adquirir alimentos o medicinas simples a precios razonables hasta altísimas multas a las empresas o países que osan desoír las órdenes de los sucesivos gobiernos de los Estados Unidos, esos somos también los cubanos. Hartos de un bloqueo que nos sale hasta en la sopa, ya sea por esos contratiempos inherentes a él que te encuentras en la cola de la bodega, en la escuela, el policlínico o la parada del autobús —y conste que no aludo al cerco derivado del mal trabajo de muchos—, o por los sofisticados medios que no llegaron a tiempo o simplemente no llegaron para salvar al hijo de tu conocida, al padre de tu compañero de trabajo o al niño que ves por la televisión, no pasamos por alto jamás cierta fecha de octubre, cuando las fichas de la política que se esconde tras esa palabra intolerable se ponen todas, toditas, sobre el tablero.

Durante el tiempo transcurrido desde que miles de jóvenes cubanos nacieron hasta que se graduaron de la Universidad —quiero decir desde hace 23 años—, hemos seguido con atención las votaciones en la Asamblea General de la ONU para pronunciarse acerca de la Resolución que Cuba presenta a fin de que el mundo consiga, con su apoyo, desatar los nudos que nos atan al bloqueo. Por conocida, la historia no merece ser contada. Sin embargo, no por repetidos los argumentos pierden fuerza, sobre todo si se les ubica en el contexto de cada momento en que se levanta el concierto de voces y opiniones que, primero tímidas y luego más resueltas, se han vertido acerca del anacrónico engendro.

Con el último bocado aún sin deglutir, me acerqué el pasado martes al televisor que hay en mi comedor obrero y presencié, junto a otros trabajadores que también casi dejaban el almuerzo para asistir al suceso, cómo las dudas se esfumaban del amplísimo salón refrigerado, mientras la faz de quien moderaba el referendo traslucía nerviosismo. Por primera vez, cero abstenciones. Aparecían en pantalla los dos, los únicos dos votos en contra, mientras 191 representantes de disímiles lenguas y nacionalidades, muchos de ellos a nombre de organizaciones regionales y luego de haber fustigado la inconsistente permanencia de una medida tan absurda como extemporánea, se unían en claro apoyo al derecho de nuestro archipiélago a seguir su rumbo sin lazos que le asfixien.

Confieso que nunca antes me había simpatizado tanto el verbo del ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez Parrilla. A decir verdad, sus advertencias respecto a lo que la delegación cubana esperaba que no hiciera el representante de la nación bloqueadora sonaron sencillamente geniales, quizás porque todo el mundo en este pedacito de tierra subdesarrollado y valiente sabe de sobra que sí, que hay que andar por terceros países procurando mercados y mercancías que podrían adquirirse a solo 90 millas o, cuando menos, sin los costos adicionales que provoca el bloqueo; que no son mentiras las negativas a vender un tornillo, por no hablar de equipamientos completos para aliviar un dolor o salvar una vida, porque contiene un componente estadounidense o porque la empresa fabricante está asentada en algún sitio, céntrico o remoto, de América del Norte, y no precisamente en Canadá.

Aquí, donde el pan nuestro de cada día es ácido, aunque muchas de las veces ello nada tenga que ver con lo del vino; donde los negros, blancos o mestizos en tantísimos puestos de trabajo sudan la camisa para ganarse el sustento y hasta se apropian de lo que no es suyo “pa’ mitigar la angustia mientras haya un ojo que no ve”; donde se anda con total descuido porque no suelen abundar matanzas callejeras, ni tiroteos en escuelas ni en universidades; donde Dios libre a un policía de entrar a un aula y arrastrar y derribar de su silla y esposar a una menor; donde un vecino lo mismo te ofrece un plato de comida que corre contigo para el hospital, donde cualquiera te dice hermano, brother, ambia o acere, o mi amor, aunque no te conozca, de corazón y no hipócritamente, se ha sufrido, sangrado y vivido con los efectos y secuelas de un bloqueo que, ahora sí, la humanidad casi completa rechaza sin tapujos ni miedos.

Digo la humanidad casi toda cuando bien podría generalizar, porque es sabido que quien te aprieta el cuello no va a soltar si tiene aún la posibilidad de continuar apretando y le asiste, por demás, el derecho de ser o creerse el más fuerte. Y porque harto es sabido que quien le acompaña en su obstinada posición de inflexibilidad haría cualquier cosa por demostrar la sumisión del súbdito ante el amo. Desestimo, pues, las deshonrosas excepciones y me congratulo, junto a tanto cubano de adentro y de afuera, de que este 27 de octubre, cuando por vigesimotercera vez en la ONU el mundo tuvo la oportunidad de votar sobre la legitimidad del modelo político, económico y social de Cuba —eso es lo que está detrás de la esencia del bloqueo—, votó a favor. Si 193 menos dos, y súmense a la cifra las naciones representadas por varios, dan muestras de una sensatez que ya nadie puede encubrir; si está claro que se puede engañar a todo el mundo una parte del tiempo, o todo el tiempo a una parte del mundo, pero no todo el tiempo a todo el mundo, nos basta con las manos que se extienden para apoyarnos, la mayoría de las cuales llevan dos décadas o más levantándose por esta misma fecha. Y con dos que no quieran…que a quien le importe haga lo que le venga en gana. Los cubanos sabemos bien qué hacer con aquello que menospreciamos.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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