Prensa en reventa

Imágenes como esta tal vez no vuelvan a repetirse en las ciudades y poblados del territorio.

Imágenes como esta tal vez no vuelvan a repetirse en las ciudades y poblados del territorio.

“Ojalá, al menos, sepan el tipo de mercancía que tienen en sus manos”. Así había escrito, a comienzos del pasado año, en el cierre de un comentario que vio la luz en la página dos del periódico provincial Escambray, donde se ha seguido de cerca el interés de sus lectores por mantener saciado ese viejo hábito de leer en papel, cambiado por tantos en el mundo por las cada vez más apabullantes publicaciones digitales.

Sucede que en Cuba Internet no es para todo el mundo, al menos no todavía. Sucede que muchos de los ancianos —son clara mayoría en las colas que se arman, aunque en el medio impreso se escribe para todas las edades— tan arraigada tienen la costumbre de informarse a través de la prensa sin imagen o sonido, esa que a contrapelo de los avances tecnológicos continúa saliendo de las imprentas con solo dos colores, que no se resignan a perder los estanquillos donde solían adquirir sus periódicos no más así, con la promesa de retirarlos para mejorar su imagen y, a posteriori, la confirmación por el mismo Escambray de que el adiós era definitivo.

El asunto ha vuelto a taladrarme las neuronas desde que, dos sábados atrás, en pleno bulevar espirituano un revendedor con aspecto desaliñado y cara de tonto suplió la demora del cartero con un ejemplar de mi periódico, el que ayudo a conformar con mis textos y mi sudor, a un precio quintuplicado. “¿Lo quiere para las nalgas?”, preguntó en el colmo del desparpajo y sin pizca de discreción. Me contuve para no gritarle, por la cara de casi tonto y por el supuesto de alguna discapacidad semioculta. “Lo quiero para los ojos y para la mente”, le escupí, taladrándole con la mirada. Pero, casi tonto al fin, él no estaba para esos detalles y agregó con la misma impertinencia: “Hay quien lo compra para lo otro”. Saqué en conclusión después: lo que intentaba era venderme el bulto que llevaba consigo, a peso, claro, y no a los 20 centavos estipulados, los 20 centavos que ya casi nadie en Cuba exige o solicita por algún servicio, como no sea el del transporte público, y no de todas las rutas.

Me lamenté mil veces de la entrada en vigor de la Resolución No. 160 de 2015, denominada Normas complementarias para el tratamiento y gestión de las relaciones de cobros y pagos entre los agentes postales y las empresas de Correos. Sí, porque desde septiembre pasado los agentes postales de Correos ya no son más una figura estatal, sino uno de los muchos oficios que se desempeñan por cuenta propia. Para acercar el servicio a las comunidades, decían las mismas autoridades que ahora se lamentan de no tener en manos de quién poner la venta de toda la mercancía antes encausada por allí, que iba desde los diarios y semanarios nacionales o provinciales hasta revistas especializadas, tabloides y números de la Gaceta Oficial.

Dentro de poco, supongo, habrá que hablar en singular de esa figura del cuentapropismo cubano o borrarla del mapa socioeconómico insular. En octubre pasado, de 154 agentes postales que hubo antes de la fractura del mecanismo, donde se incluían expendedores de céntricos kioscos entre los disímiles puntos de venta de las publicaciones impresas, quedaban solo 16, mayoritariamente en Fomento, en tanto la cabecera provincial contaba con solo dos, todos ellos a modo de experimento. Los demás municipios, en cero. ¿Razón? Una oferta poco atractiva, es decir, lucrativa, para los potenciales trabajadores por cuenta propia.

¿No habrá contacto directo entre quienes auspician, subsidian y hasta supervisan las publicaciones impresas y la Empresa de Correos? ¿Ignorarán lo que sucede no solo en zonas rurales y de montaña, sino en las narices mismas de oficinas disímiles en las cabeceras municipales, capitales de provincia y quién sabe si hasta en la Ciudad de la Habana? ¿Dejaremos que los contenidos en cuya producción nos esmeramos quienes queremos seguir haciendo un periodismo digno caigan en manos de tarados para su lucro personal? ¿Seguiremos tirando por la borda esfuerzos y recursos solo porque una Resolución entró en vigor y nadie ha medido su negativo impacto?

Que me perdonen los funcionarios de los departamentos y estructuras en los que se analizan durante horas las políticas informativas, los enfoques participativos y el respeto a las lectorías, porque todo eso está a punto de irse por la borda. Mejor, que me perdonen aquellos que movidos por un razonamiento economicista ponen en riesgo cuestiones esenciales, como es la garantía de información, orientación, instrucción y educación representada en nuestros medios tradicionales de prensa. Vender una publicación no puede suponer un control sobre el destino que tendrá lo comercializado, pero subordinar los mecanismos de comercialización de tal forma que resulte imposible acceder a los contenidos y estos se conviertan en mera mercancía, por no decir que en materia prima bruta, raya en lo insólito.

Procuro apartar imágenes que mis colegas han dibujado en nuestras charlas de salón y sumado a las mías propias: cierto oportunista—que no el único— pregonando a viva voz un Juventud Rebelde o un Escambray en el mismo escenario dominical donde prima la ley de oferta y demanda para renglones agroalimentarios, decenass de montañeses quejándose de la ausencia de noticias no ya en papeles, sino incluso en la pantalla o en las ondas sonoras, porque donde residen carecen de electricidad y ya nadie lleva la prensa allí; los ancianos y las ancianas que madrugan para acceder a uno de los dos o tres únicos puntos donde podrían empatarse con un Granma o un Trabajadores, porque si llegan tarde los acaparadores los compran todos y hacen “zafra” con ellos.

“Ponte a crear”, me digo, y temas no me faltan. La inspiración, esquiva, coquetea con este o aquel asunto de la Cuba nuestra de cada día: el transporte difícil, la falta de modales en la calle, la impuntualidad en los servicios, el resquebrajamiento de la ética, el robo cotidiano en las pesas de cualquier mercado…Imagino el producto terminado en manos del ignorante que intentaba cobrarme el precio de su inopia y de otros tantos como él, el trabajo acabado ausente de las manos, los ojos y las mentes de lectores que ya no lo serán. Los estanquillos volverán, aventuro la idea, como hago siempre que procuro voltearme al optimismo. Y ojalá no me engañe, porque Fidel lo dijo claro al definir lo que es Revolución: cambiar lo que debe ser cambiado. Y a Fidel hay que respetarlo.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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