Temblores de tierra

La población santiaguera se mantiene alerta, pero en las calles predomina la normalidad.

La población santiaguera se mantiene alerta, pero en las calles predomina la normalidad.

“Ay, m’ija, esto es de madre: dormimos vestidos, con un ojo abierto y otro cerrado; tememos que ocurra un sismo grande cuando estamos en el trabajo, por cualquier movimiento extraño nos asustamos y las primeras tres noches bajamos al parque de aquí enfrente, con agua en pomos, comida y lo imprescindible”.

El cúmulo de información me llega, cual cubo de agua fría, cuando responde a mi llamada telefónica la amiga santiaguera con la que compartí estudios en la antigua URSS. Una de ellas, debo aclarar porque son varias; pero Cary, esa especie de memoria histórica del grupo que suele registrar hasta los mínimos detalles, se comunica varias veces por año y ofrece noticias sobre los demás.

De manillas me habla ahora. Manillas, sí, de identificación ante casos de desastre. “Ya el niño tiene la suya y las nuestras nos las hacen unas amistades de mi nuera”. Conversa, ríe, hasta bromea, pero nada borra el tono gris de su voz cantarina. La información fundamental de uno, hasta de qué padece, debe estar ahí, me explica, pero para ese entonces ya el nudo en mi garganta aprieta demasiado, así que callo mientras le escucho. “Mi hijo puso dos botellas de cerveza boca abajo para sentir el ruido del temblor, y yo en mi tropelaje, porque andaba apurada, las tumbé sin querer. ¡No cabían por la puerta y a mí la risa no me dejaba hablar!”, relata.

Su núcleo de familia está incluido en los más de 630 000 habitantes de la urbe oriental, para quienes desde el domingo 17 de enero no existe tema de mayor relevancia que el peligro de que sobrevenga un terremoto con todas sus implicaciones. En 20 oportunidades Santiago ha sido afectado por fenómenos de ese tipo de gran intensidad, el último de ellos tuvo lugar en 1932 y, según la coordinación del programa nacional para el Desarrollo de Investigaciones Sismológicas Aplicadas (DISA) de Cuba, cabe la alerta dada la existencia, paralela a toda la costa sur oriental, de una gran herida en la tierra, que desde los años escolares conocemos como el sistema de falla transformante Bartlett Caimán. Con un potencial sísmico capaz de generar fenómenos geológicos de gran magnitud, dicho accidente geográfico mantiene en vilo no solo al Oriente, sino a toda la nación, que ha seguido cada reporte de la actividad anómala en la cual se acumulaban, en poco más de una semana, casi 40 movimientos telúricos perceptibles, en el orden de 3, 4 y 5 grados en la escala de Richter, nada determinante en el potencial de peligros de esa estructura, advierten los expertos.

Pero la gente ha aguzado los sentidos al máximo y juzga la cercanía del sismo no solo por los ladridos de los perros, en tales casos diferentes, o por la conducta extraña de caballos y reses, sino además por ese aullido que precede las sacudidas más fuertes. “Como un trueno que camina o el ruido de un camión Zil al arrancar”, ilustra mi amiga Cary.

El periódico Sierra Maestra, en su versión digital, es pródigo en información. De lo más reciente, detalles acerca de los reajustes de la actividad escolar, indicaciones a la ciudadanía y, dentro de ella, a los familiares de personas con discapacidades diversas. Muy conveniente esa especie de sugerencia acerca de utilidad de que vendieran, a precios razonables, equipos claves para ese tipo de circunstancias: linternas, baterías recargables, silbatos, radios portátiles, lonas y hasta casas de campaña.

“Es necesario que más allá de las fronteras locales otras poblaciones también se preparen para contingencias de este tipo”, ha alertado el doctor en ciencias Enrique Arango Arias, vicedirector técnico del Centro Nacional de Investigaciones Sismológicas (Cenais), con sede en Santiago de Cuba, quien recuerda que algunos de los terremotos más fuertes que han afectado ese territorio se han sentido también en otras regiones del país, incluso en La Habana.

Quien escribe no precisó residir justo en la cuna de la rebeldía nacional en el primer semestre de 1976 para experimentar lo que puede acarrear un temblor de tierra “respetable”. Mientras el grupo de onceno grado recibía clases en el laboratorio de Física del entonces Instituto Preuniversitario en el Campo (IPUEC) 30 de Noviembre, de Veguita 6, en las proximidades de Yara, un sismo de magnitud 6 en la escala de Richter con epicentro en esa localidad desplazó el piso bajo nuestras sillas y tumbó, de manera atronadora, el copioso equipamiento metálico del recinto.

Ya en la planta baja, no sin atropellarnos unos a otros por escaleras que nunca antes nos parecieron estrechas, conocimos la envergadura de los daños: rajaduras de consideración en las edificaciones, destrucción de las puertas de cristal del comedor, varias crisis de nervios y alguna de epilepsia y alumnos y profesores con fracturas de huesos, debido al intento desenfrenado de pisar tierra saltando directamente desde los pasillos.

“Confíen en la información de los sismólogos cubanos”, leo en un titular de este miércoles en sierramaestra.cu a propósito de la visita a Santiago de Elba Rosa Pérez Montoya, ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA). La titular llevó hasta allá un refuerzo material al CENAIS y trasladó un mensaje a los pobladores de la suroriental urbe: que confíen en lo que dicen los investigadores de dicho centro y se transmite por los medios de comunicación de ‎Cuba, porque son muy exactos. “Si hay una información que amerite una comparecencia, se hará, como se han realizado ya en otros momentos”, ha agregado.

Pero Cary, que no precisa ser sismóloga ni ministra para medir el alcance de los medios de prensa, me urge en la petición: “Si puedes, haz algo para que todos estén alertas, yo creo que hay cuestiones por explicar al detalle, la televisión acá está constantemente en eso, pero a veces se corren bolas y en los canales nacionales no están orientando lo suficiente”.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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