Obama, alzhaimer y complejo de liebre

Obama junto a Raúl Castro en el partido de béisbol entre equipos de ambos países.

Obama junto a Raúl Castro en el partido de béisbol entre equipos de ambos países. Foto de Ismael Francisco.

¿Por qué tenemos que estar mencionando a cada paso los muertos y los daños que ellos nos han ocasionado? ¿Es tan difícil sencillamente normalizar las relaciones para que levanten el bloqueo y ya? Después entablamos comercio con el mundo y acabamos de salir de los problemas que nos agobian. Así razonaba una amiga ante lo que consideraba un empecinamiento de Cuba el volver una y otra vez sobre la misma historia.

Hablaba, obviamente, de la visita de Obama, un suceso sobre el cual he escuchado debates tan encarnizados como los que suscita, digamos, la pelota, o los que han levantado acontecimientos de alcance nacional con incidencia en la vida de todos: la apertura de las tiendas de divisa a comienzos del Período Especial, la reducción de productos por la cuota normada, el incremento de precios a artículos de primera necesidad o la autorización para la compra y venta de autos en nuestro país.

Hasta los menos entendidos en política comprenden el cariz de esta visita y perciben el trasfondo de lo que sucede, desde hace algo más de un año, entre las dos naciones con el más largo diferendo histórico. Incluso así no faltan incautos. De colorido de pasa el espectro de opiniones: Que si ese señor vino aquí solo porque lo invitaron y ahora le están tirando con el rayo, que si me lo ponen delante soy capaz de irle pa’ arriba, porque él no es quien pa’ venir a decirnos lo que tenemos que hacer; que si eso de rendirle honores a Martí con la mano en el pecho es una ofensa, pues Martí nos enseñó independentismo y este viene a dormirnos con el cuentecito pa’ que caigamos en su red; que si hay que abrirse al mundo porque, señores, es verdad que estábamos cerrados; que si ahora usted verá ayuda para la gente en quienes ellos cifran sus esperanzas aquí adentro. Ya hay asomos de esto último entre las noticias recientes.

En lo personal, no me consta que alguien haya invitado al presidente Barack Obama a visitar Cuba y si se divulgó algo al respecto me lo perdí. Pero el caso es que aprovechó las circunstancias del nuevo contexto y en un gesto “de buena voluntad” vino, dijo y se fue, esperanzado en que, efectivamente, los cubanos comencemos a pensar diferente.

Invitó a dejar atrás el pasado y simplificó al máximo el carácter de las relaciones entre los dos países. Obvió olímpicamente las abismales diferencias entre uno y otro y las esbozó como convenía a sus intereses de reconquista. Exaltó el orgullo nacional y se congració con esa parte del pueblo que, enganchado por sus fracesitas en español durante el diálogo telefónico con Pánfilo, creyó no solo que Obama es tremenda buena gente, sino también que vino aquí a hacer exactamente lo que reveló ante las cámaras.

Como si fuese posible borrar de la memoria del planeta tierra —supongamos que dentro de Cuba todos nos volviéramos amnésicos— la lista de agresiones e intervenciones norteamericanas en países de los cuales les interesaba extraer sus inmensas riquezas naturales (ante dudas, ver la serie el Oliver Stone La historia no contada de los Estados Unidos), la ejecución de planes para derrocar gobiernos progresistas en todo el mundo e instaurar dictaduras militares que no iban a velar precisamente por el respeto a los derechos humanos que tanto le interesan a Obama, como le interesaron en su momento a sus antecesores de la Casa Blanca. Como si se puediese obviar que en este archipiélago cada obstáculo que nos ha frenado o retrasado el desarrollo tiene, además de la marca de insuficiencias nuestras, la huella de un bloqueo en el que el resto del mundo responde ante su “amo” por cada infracción.

Creo que debe albergarse una gran dosis de cinismo para hablar de democracia ejemplar allí donde cada cierto tiempo, casi con periodicidad estudiada, acontece una masacre de la que resultan decenas de víctimas, o donde con la misma naturalidad con que acá en Cuba se acoge a un vecino se balea al primer ciudadano —si es negro y pobre mucho mejor— que “amenaza” a un policía, aunque el revólver que sostenga sea de juguete y tanto testigos como videos demuestren que en la práctica no hubo amenaza alguna.

Carismático, osado y seguro de sí mismo, Obama siguió a la perfección el guión que le diseñaron sus asesores. Estudió el terreno, buscó las brechas más propensas a granjearle la credibilidad de los cubanos y hasta encandiló a algunos con su sonrisa casi perpetua. No podía recurrir a la manida pose de benefactor de niños enfermos, porque no le venía el papel, ni apelar al viejo truco de prometer, digamos, hospitales o casas de beneficencia que acá no faltan. Salud, Educación y protección del medio ambiente —adujo solo esas, como si fuesen nuestras únicas conquistas—, no resultan suficientes para un hombre que preconiza “el intercambio libre y abierto de ideas” por sobre el derecho a la vida, esa que le roban cada minuto a tantos habitantes de su país como consecuencia de la libre tenencia de armas sobre la que él mismo se ha mostrado alarmado. O a Obama no le advirtieron que en esta isla no todos son jóvenes u olvidaron prevenirlo de que también entre quienes nacieron durante o después del Período Especial hay excelentes conocedores de nuestra historia.

De oratoria y retórica tenemos insuperables ejemplos entre los grandes hacedores del destino cubano. Martí, de seguro, habría tenido la respuesta apropiada para el oportunismo del dignatario estadounidense a la hora de definir esa libertad que él quiso defender para toda la América Latina precisamente con la independencia de Cuba. Búsquese entre los centenares de discursos o las decenas de Reflexiones de Fidel la razón de su negativa a creer en el imperialismo. Héllense también allí argumentos irrefutables sobre cómo ayudar a otros pueblos.

Si Obama se tomase tan solo un poquito del tiempo que dedica a promover guerras en el exterior o a desestabilizar naciones para estudir a profundidad la historia que dice conocer se daría cuenta de que a su zanahoria habrá aquí quien le de algunas mordidas, como también de que Cuba, en calidad de nación, posee intactos demasiados recuerdos como para imitar los instintos del conejo.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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