Tengo un romance con Fidel, diez años después

Fidel

La infinita ternura en su mirada y el tono grave de la voz me cautivaron. Parado en medio de la habitación, el niño confesaba cuánto me había extrañado. Yo regresaba de algún viaje y , a modo de recibimiento, él extendía sus bracitos, como reclamando mi calor maternal. Habló con claridad y exactitud asombrosas para sus pocos años. Sentí orgullo de su precocidad e inteligencia.

Yo no sabía que tuviera un hijo. Lo descubrí aquella madrugada del último 31 de julio, segundos antes de que se esfumara la visión y nuestro abrazo quedara suspendido en la tímida claridad del alba.
Al despertar, el sueño seguía intacto flotando ante mis ojos. Me percaté enseguida de que el infante era, ni más ni menos, el niño de la contraportada de Todo el tiempo de los cedros . Había estado sumergida en la lectura del libro y aún sentía el influjo de Birán y sus gentes, de los relatos sobre aquel chico de cabellos claros que fuera luego adolescente en rebeldia, joven apasionado y temerario, hombre de convicciones y de acción.
Era una extraña asociación de ideas. La noche del 26 de Julio quedé extasiada al ver y escuchar a Fidel en una súbita declaración de amor ante los holguineros. “Yo también los quiero a ustedes”, había dicho en respuesta al insistente coro que le gritaba sus afectos, y yo me sentí parte de aquella masa humana que él afirmaba amar.
Nunca oculté mis sentimientos hacia el Gigante nuestro. Lo quise líder apenas conocí su esencia. Quizá ocurrió a los cuatro o cinco años, al escuchar su nombre ligado a los trajines de repartir recursos a los damnificados del Flora. Lo pensé padre, lo soñé novio, lo sentí amigo y ahora, hijo.
Uno no manda en la conciencia ni mucho menos en el corazón. Qué decir luego del subconsciente, responsable de tan absurda aunque hermosa fantasía. Pensaba en eso al caer la tarde, y la noche me sorprendió con la fuerza insólita del “vendaval” que traería el NTV.
No habría a partir de entonces más noticia que la de su Proclama, con aquella enorme carga de aflicción y zozobra, a las que, si uno escudriñaba bien en el texto, debía añadir también dosis de optimismo y sosiego. Me quedé muda, pensando en muchos y sin deseos de compartir con nadie. Lloré en silencio, luego me repuse. Seguí al detalle cada mensaje suyo, y aún espero pacientemente, como nos lo pidió, la explicación final.
He pensado bastante sobre el origen y la naturaleza de este nexo. Es fino, hermoso, fuerte e invisible, como las telarañas. También sé que no es único. Otros sienten lo mismo, e igualmente al estilo de las telarañas aquí los hilos van y vienen de un punto a otro y desde estos al centro. El centro es él, claro. Yo me conformo con saberme un punto.
Es un amor indefinible, puro, tal vez incomprendido. Lo sé seguro, no necesito rescatarlo de peligros. Amo y me siento amada. Con eso es suficiente. Pero sigo añorando el abrazo que por segunda vez no llegué a darle. La primera ocasión, hace diez años, en Banao, durante un recorrido, quedé paralizada por su impactante cercania. La segunda, en mi sueño de aquella premonitoria madrugada sentí que me necesitaba. Y era cierto.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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