La cruz de la baría

 Cuento de Manuel Alexander Roblejo Proenza, inspirado en mi padre, su abuelo.

En memoria del viejo más querido en Guisa, inspirador de este blog y del cuento.

Eliades Proenza, escritor de Guisa, quien vivió la experiencia narrada y la contó a su hija, la madre del autor del cuento.

Entrando a Pueblo Nuevo, a tres metros del cartel feísimo que lo anuncia, se yergue una baría inmensa que hace de sombra de motel para los pasantes. Verdad es que a cincuenta metros ya está la tienda del pueblecito, pero esa sombra tiene una rara propensión a permanecer inmóvil al paso del sol, por lo que, en el verano achicharrante, mucha gente se junta allí, que vienen o que van, para beber un poco de frescura. En medio de dos brazos de raíces enormes, como dos anacondas que perforan el suelo en un perfecto clavado, hay una cruz de madera, pintada de blanco, clavada en la tierra hasta más de la mitad, y que no tiene epitafio alguno, ni dueño que se le conozca, pero a la que este ambiente solitario y siempre sombrío le da un aire fabuloso y legendario, que mete un poco de miedo al que la mira un rato.

—Esa cruz la clavé yo.

Y la voz del viejo que me habla hace que nos dispongamos, justo este viernes, a conversar, pues a las tres de la tarde somos los únicos dos allí. Yo giro las nalgas sobre la piedra que me sirve de asiento en su dirección y le tiendo la mano, mientras ya la suya espera en el aire desde hace unos segundos, que en el monte no hay que andarse con tantas presentaciones.

—¿Y cómo fue eso?

“A finales de la década del 30 era yo un guajiro “rebencú” y “cerrao” de los altos de Aguacate, tenía veinticinco años y todavía no había conocido mujer. En ese tiempo había que raspar la tierra muy duro pa ganarse tres riales, y así y tó no alcanzaba más que pa comer y ponerse los trapos nuevos de navidad. Tenía yo un buen amigo mío en ese tiempo, hermano de verdad, al que le hubiera prestado yo un riñón… o los dos, fíjese si nos queríamos, se llamaba José María. Pa qué decirle, que éramos uno. Lo mismo pa empujar el arao cerrero del surco, que pa darnos un chapuzón en la laguna. Lo mismo pa bajar dos botellas de ojén de un palo, que pa batirnos con cualquier payaso que viniera a pintarse las gracias.”

“Sin embargo a esa edad ya estábamos pa casorios los dos, y a mí me tocó primero, pues conocí la guajirita más linda y bravía que usted se pueda imaginar. Ná, que me enamoré como un condenao, y en tres meses vinimos a dar aquí mismo, a Pueblo Nuevo —el pueblo de las dos mentiras, que ni es pueblo, ni es nuevo—, y aquí formamos familia con los dos vejigos que nos nacieron enseguida.”

“—Compa, usted es el único hermano que yo he tenío en esta vida, y hasta en la muerte misma, y hasta después, seremos como uno…”

“Esas palabras de adiós de José María, que me venían a la mente de vez en cuando, recordándolo allá abajo, con la cara de enfermo, mientras yo atajaba el caballo con Ana en la grupa, me aguaban el alma y me hacían extrañar esos buenos tiempos. Pasaron unos cuantos años… como cuatro o cinco años, y un buen día le dejé el cuido del conuco a Ana y partí pa Aguacate como quién ya cumplió y vuelve. Iba cantando sobre la bestia, iba contento de sorprender a José María… y quién sabe a su mujer, y hasta a sus chamacos, ¿cómo sería esa prole?… y me reía pa mis adentros, feliz y enajenao en esos pensamientos.”

“Sin embargo en el Paso de los Remedios la noche se me abalanzó encima, como una tempestad de la que no se puede escapar. Dudé unos minutos, pero enseguida decidí continuar, pues según mis cálculos sólo me quedaban 10 o 15 kilómetros, y pasar la noche allí, en ese peladero del demonio, no tenía la cara nada bonita. Pero la negrura de la madrugada me aguantó las bridas y ya no pude avanzar más. No veía ná. Ni las manos me las veía aquí, pegadas a la cara, así de boca de lobo estaba la noche. Cuando sentí que la brisa me golpeaba la cara entendí que estaba en un claro del monte, más aún, en un llano, así que me bajé del caballo, me amarré las riendas en una pierna y me tiré ahí mismo.”

“El suelo estaba cubierto de hojas húmedas, raro, pues no había caído una gota de lluvia, y olores a flores y aromas de casa me llegaban tenues a las narices, pero igual me dormí, vencido por el cansancio, y acurrucado en ese colchoncito de hojuelas. La mañana me levantó la cabeza de la tierra como cuando en la milicia, y un susto sin causa me atenazó el estómago. El caballo estaba tranquilo, casi no se había movido de lugar, tanto que no me despertó el amarre en tó la noche. A esa hora ya estaba mascando, a desgana, las hojas que me sirvieron de cama… pero compay, ¡eran hojas de muerto!”

“Sí, de esas con las que adornan las coronas y cubren las tumbas. De pronto caí en sitio y me levanté como un rayo. ¡Había dormido en el cementerio! Es más, había dormido sobre una tumba recién hechita… Me despegué del suelo con un brinco que me incrustó en la montura del caballo y, con el cuerpo aún retorcío por los escalofríos, me lancé a galope puro por entre la maleza, en busca del camino real. La carrera me duró sólo unos diez minutos, pues enseguida me topé con la Botica pintá de verde que avisa que ya estás en Aguacate. Aún un poco tonto por estas cosas espoleé la bestia por la única callecita del pueblucho, hasta llegar a casa de José María…”

El viejo tragó en seco. Su piel se erizó en los brazos y me pasó una impresión rara a la mía. Sacudió la cabeza, como quien se quita de un golpe el agua del arroyo ajeno.

“Estaban desbaratando el velatorio de mi hermano, compay… de José María. ¡Se había muerto no hacía ni diez horas! En la casa su doña madre me recibió con lágrimas en los ojos y los “ay mijo” que se dan cuando se le muere un hijo a una madre. Luego me enteré que lo habían enterrao la tarde anterior, y que nadie más se había muerto por aquellos lares. Fue cuando caí en cuenta de que había dormío sobre su tumba la noche entera… la noche entera pegao a mi hermano muerto, compay…”

“—Compa, usted es el único hermano que yo he tenío en esta vida, y hasta en la muerte misma, y hasta después, seremos como uno…”

“Y me resonaban aquellas palabras, y me resonaban, allá donde resuenan las cosas del más allá… Luego, cuando el ciclón del 73, un golpe de río se llevó el pueblo de Aguacate con cementerio y tó, a quién sabe qué abismos del diablo, así que no subí más nunca aquellas lomas, pero clavé esta cruz de palo aquí, donde usted la ve, y de vez en cuando vengo y la pinto con lechá de cal, y me siento un rato a mirar el alto… pa no olvidarme nunca, por lo menos yo, de mi hermano… en la vida… y en la muerte.”

Rufo.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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