Carlota, rojo y mar

Durante años y más años me sentí en deuda con ella, como si fuese mía la culpa de los escarnios que le tocó pasar. Nunca le vi rencor hacia nadie, más bien un amor que fluía, cual manantial, de un alma pura. Quizás por eso experimenté cierta paz cuando vi publicada la entrevista que le hice en el verano.

“No es que se vaya a morir ahora, pero es una persona mayor y no conviene seguirla demorando”, le había advertido a mi director después que, por razones de 26, el texto no salió en el momento planeado. Y esperé su llamada, que nunca llegó. Yo no sabía entonces que poco después ella se trasladaría a La Habana. Lo supe hará unos dos meses, cuando su hermana pasó por mi casa y me relató de su alegría allá, cerca del mar que adoraba y de su hermano. También adoraba el color rojo, que vistió para su encuentro con Escambray.

He aquí la crónica que escribí hoy para mi periódico y el de ella.

Carlota, una vida de novela

Con sano orgullo y una sonrisa que habría convencido hasta a su más renuente adversario, Carlota Guillot sacó el ejemplar del periódico fechado el 27 de agosto del 2016 y mostró la entrevista donde aparecía ella con una edición reciente de Escambray en las manos. Entre sus múltiples declaraciones, aquella de que “la gente escribe porque cree en el periódico”. Desnudó su alma durante el diálogo y se reveló como la optimista empedernida, alegre y batalladora que fue siempre.

Pero no eran enemigos quienes la interpelaban, sino unas monjitas del Hogar de Ancianas Siervas de San José, con sede en Playa, La Habana, que acudieron, de manera excepcional, a su domicilio para los trámites mediante los cuales ingresaría en octubre a esa institución. Puso mucho empeño en entrar allí y una vez logrado el propósito — larga carta mediante — evocó el triunfo como “un regalo de Dios”. “Nada de eso, yo me muero aquí”, le dijo a su hermana Rebeca en enero, ante la insistencia de esta para que regresara a Sancti Spíritus. Aludía más a la vida que a la muerte. Y en realidad, cuentan, siempre se lamentó de haber abandonado la capital cubana, donde nació y vivió sus primeros 15 años, para regresar al Yayabo, tras el golpe de estado de Batista en 1952, junto a su madre mexicana, los hermanos y el padre.

De su vida, que algunos califican como “de novela”, podría escribirse mucho. Alfabetizó en El Caney y fue maestra voluntaria. “Les di clases a domésticas, enseñé en una escuela de oficios, trabajé en la EOC nocturna y en Santa Clara impartí clases en una secundaria básica. También enseñé en la Escuela de Enfermeras”, apuntaría aquella tarde en su hogar. Sin embargo, cuando más pasión demostraba al hablar era al evocar sus primeros escritos en la máquina Underwood beige plástica que soportó su tecleo todo el tiempo que laboró en el entonces diario. Ayudaría a fundarlo en 1979 y sería, por obra y gracia ¿del destino o de su carisma para entenderse con la gente? la iniciadora del apartado público que se erige actualmente como el espacio fijo más antiguo del órgano impreso.

Vital, presumida, valiente y perseverante, Carlota fue una activista social de la provincia donde se asentó. La FMC la tuvo entre sus más fervientes miembros. Cursó la licenciatura ya convertida en madre y prestigió, además del Archivo Provincial de Historia, la sección de Historia del Comité Provincial del Partido por espacio de una década. Viajó por el mundo y siempre regresó; no abandonó jamás sus lecturas.

Por eso, y porque fueron más fuertes los afectos que los sinsabores de una etapa cuando estigmas e incomprensiones la alejaron del medio donde laboró, a la hora de sembrar sus cenizas en la capital de Cuba, donde un infarto masivo puso fin a su vida el pasado 28 de marzo, el “Siervas de San José” entregó, junto a sus pertenencias, no solo muestras de admiración y cariño por parte de monjas y abuelas, sino también aquel ejemplar de Escambray donde Carlota narraba sus peripecias en función del periódico y sus lectores.

 

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
Esta entrada fue publicada en alfabetización, Carlota Guillot, Comité Provincial del Partido, CUBA, Dios, El Caney, Escambray, FMC, iglesia, La Habana, maestra voluntaria, monjas, SANCTI SPÍRITUS, Santa Clara, Siervas de San José, Uncategorized, Underwood. Guarda el enlace permanente.

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