Terminal-Mami-Casiguaya

Por la Carretera Central, derecha en la foto, se entraba a la vieja Terminal de Ómnibus.

Por la Carretera Central, derecha en la foto, se entraba a la vieja Terminal de Ómnibus.

Soltó su risa de siempre que algo la divertía, audible apenas, pero prolongada, de esas que provocan movimientos de barriga. Su risa, que solo Nancy mi hermana me recuerda porque ríe casi como ella.

“¡Ay, mami, m’ija, ponte algo en ese pelo, que no lo tienes ni corto, ni largo, ni suelto, ni recogi’o!”, había exclamado yo, irreverente, con el comienzo de frase típico del guisero, mirándola desde un ángulo de la cocina. Ella, sentada a la mesa, cosía alguna prenda para mi hija Zoia. Su pelo, grueso y lacio y de un largo impreciso, caía por mechones sobre su cara. Yo solo procuraba que se viera linda. Pero ella rió con ganas y siguió cosiendo. Luego, de regreso a Guisa, le contaría la anécdota a mi hermana.

“Zoita ya se da mejor conmigo”, le dijo también. Medio jíbara por naturaleza, la niña, esa vez ya con cuatro años y medio, correteó todo el patio antes de dejarse agarrar por mami, que quería probarle una saya de aquellas que ella hacía, de las que iban por debajo de las batas, con vuelos hechos a base de tul y cintas a modo de remate. Aún me parece verlas, riendo ambas.

El día de la despedida yo la dejé en la terminal, sentada en un banco, con el maletín junto a sus pies. La guagua debía pasar en una hora y media. Ya con otras dos niñas de meses, me era imposible acompañarla, así que me aseguré de que tuviera qué comer por el camino, me despedí con el abrazo de siempre y le di las recomendaciones de toda hija: cuídate mucho, llama cuando llegues, besos a papi.

Me sumergí en el lavado de pañales y una hora después volví al lugar, preocupada por la posible demora en la salida y con merienda en las manos —al fin y al cabo eran solo dos cuadras de mi casa a la terminal—, pero una mujer que me vio llegar me dijo, cortésmente: “Si busca a la señora que estaba ahí, ya se fue. Me encargó que le dijera que pusieron un extra, que no se preocupe”.

Era lunes, 23 de enero de 1989, pero ella no llamó hasta el miércoles. “Adivina qué traje conmigo de allá, sin darme cuenta”. “No sé…”, dije. “Tus libretas, junto con unos hilos que compré”. “¡Ah! —exclamé—no importa, ya me las traerás tú o las recogeré cuando vaya, sabrá Dios cuándo será eso”, agregué, medio burlona. Era su tercera visita después de mi parto gemelar menos de cinco meses atrás, pero en esta ocasión no demoró mucho para no suscitar los reclamos de papi.

Aquel día por teléfono se me quejó, muy irritada, por el cobro doble del pasaje, pues viajó en una guagua extra pensando que le convalidarían el costo del boleto y no fue así. “Tuve que pagar dos veces por mucho que le expliqué al conductor, ¡cogí un genio!”, me comentó. Conociendo a Ena Barzaga como la conocía podría jurar que estaba roja, muy roja mientras me relataba aquello, así que procuré tranquilizarla diciéndole que sí, que haría alguna gestión para que un programa radial de acá denunciara el maltrato. Y no hablamos más.

El lunes siguiente la bomba me llegó aproximadamente a las 11 de la noche. Solo transcurridos muchos años logré entender bien que me conducía de manera normal porque me negaba lo obvio, lo que veían mis ojos pero yo no podía creer, mientras escuchaba a Nancy repetir aquella frase sin sentido: “¿Viste, Delia, lo que nos ha hecho Mami?” y miraba a una Niurka transfigurada salir del cuarto, en busca de aire para compensar el que le faltaba junto al féretro.

La vida volteaba las cosas. Yo tuve mis libretas, aquellas de cupones para cada artículo industrial, de vuelta; las tomé casi mecánicamente porque me cayeron a mano en su monedero, pero no hallé las fotos de mis niñas, que esa misma tarde ella había estado mostrando, orgullosa, en la reunión de su núcleo del Partido. Las fotografías habían sido hechas por un fotógrafo del periódico estando ella en mi casa, pero no quiso incluirse. “Ella se cree que yo soy boba, ¡Claro que sé que la que se está riendo es Ana Vivian!”, había comentado el día anterior, al regresar con ellas de Bayamo, aludiendo a mi apunte en el dorso: “Mamá Ena, adivina quién es quién”. Mi hermano, de paso por Sancti Spíritus, las había llevado para allá y mami no había resistido la tentación de irlas a buscar.

Luciría gozosa esa noche incluso un poco antes de las diez, cuando, al salir de casa de Nancy, dijo que sabía el libro del que hablaban en Escriba y lea. Ella siempre adivinaba y aquel era, casualmente, un libro de un autor soviético.

Con el Período Especial, el más duro y más largo de los que conozcamos en Cuba, la Terminal dejó de serlo y los viajes se espaciaron. Para darlos, yo precisaba viajar con las niñas en tren y para ello, debía viajar a Guayos casi a la medianoche en aras de abordar un tren que en teoría se detenía allí a mitad de madrugada.

Una hamburguesera de alta demanda en aquellos años de comidas inciertas se instaló en el lugar de la estación de ómnibus. Casiguaya la nombraron y fueron muchas las hamburguesas que compramos allí los del barrio y más allá. Ese plato era uno de los más nutritivos, comparados con las tencas, las pizzas de yuca o los otros inventos que afortunadamente tocaron mi cocina solo en contadas ocasiones. Algunos, como el picadillo de cáscara de plátano, solo una vez. Era preferible no comer a comerlo.

Pasó el tiempo. Me fui del barrio y la hamburguesera pasó de moda; allí se asentó un bar y luego una especie de restaurante. Ni sabría decirlo bien, porque el lugar nunca más fue pisado por mis pies, como no fuera por mera curiosidad hace un par de años.

Pero ahora reaparece la Casiguaya, no como un lugar de quinta, que es la impresión que he tenido de aquella esquina de Carretera Central e Isabel María de Valdivia desde hace mucho tiempo, sino como un mercado en moneda nacional con todas las de la ley. Dos de mis compañeras me instaron el otro día a visitarlo después del almuerzo y fui. Ellas se fijaron de inmediato en la climatización, las listas de ofertas, los precios, la conducta de las empleadas. Yo, en que casi voceamos ante una puerta que decía Abierto, pero nadie abría. En que una vez adentro resultaba posible ubicar el lugar exacto del banco donde dejé a mi madre. En que el piso era gris. Nada más y nada menos que gris. Y las lozas, rectangulares.

Casi me pierden de vista, entre una multitud ansiosa por alcanzar lo que no se halla casi en ninguna otra parte. No llegué a ver, a decir verdad, nada más que mis propios recuerdos. Llegué, apenas, a hilvanar un hilo conductor entre esas tres palabras que desde el día en que vi las fotos del nuevo mercado resuenan en mi mente, como indicándome que debo escribir para despojarme del “demonio”.

Mami, con su risa persistente tras mi observación acerca de su pelo desmelenado, mami corriendo tras Zoia, mami de compras en las tiendas de esta ciudad en busca de tul rosado, blanco, azul; de hilos y madejas; de estambres y encajes; a la caza de conocidos y amigos del pueblo natal de ambas. Por eso vino la asociación Terminal-Mami-Casiguaya. De ese último término leí que tiene por significado Flor primera y que alude a la india rebelde que dio continuidad a la lucha de su esposo Guamá. Ambas informaciones me sirven para evocar a Mami. Era una flor y, su manera, también fue una rebelde.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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