La URSS que yo conocí

En la ciudad de Sebastópol, junto a dos amigas nombradas Irina.

Como mismo quedó pasmada cierta vez al notar los movimientos pélvicos en el baile de una cubana, Verónica Nikolaevna Kulipánova, nuestra excelsa profesora de Historia del PCUS, se habría espantado al saberlo. Muerta como está, no tuvo que sufrir la decepción: en Sochi, durante el XIX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, al que decía tavarish, más por caducidad que por casualidad,  lo miraban de reojo. “Sir, así era como se trataba a todos”, me advierte la colega que habló de primera mano con varios delegados a la cita.

Pero si Kulipánova, partizanka durante la Gran Guerra Patria, viviera en estos tiempos, también le habría dado un patatús al escuchar a Vladimir Putin, el presidente del país más cercano a la Unión Soviética que yo conocí, decir que los errores del pasado no podían repetirse. Aludía no a cualesquiera errores, sino a los relativos a Josef Stalin y sus ya para nada secretas ejecuciones a quienes traicionaban o, según dicen algunos, hasta discrepaban del ideal que propugnaba su gobierno.

No conocí a Stalin, pero de haberlo hecho seguramente le habría estrechado la mano y le habría agradecido en nombre de la humanidad, no por lo que hizo y la respetable profesora no nos contó, sino por lo que hizo y sí sabíamos todos: contener, apoyado en una excelente estrategia de guerra, al ejército nazi de Adolfo Hitler y salvar al mundo de una hecatombe mayor a la que vivieron los antepasados de quienes habitan hoy todas aquellas repúblicas, entonces unidas,  e incluso otras naciones europeas. Hablo de Stalin como símbolo del poderío que dio la victoria a los soviéticos, no con varitas mágicas, sino con las entrañas entregadas en cada puesto del combate o de la retaguardia.

Que se estaba desmoronando el estado multinacional, eso lo percibí durante unos pocos días en Moscú en 1986, tres años después de graduada. Pero entonces, aferrada a la idea de que no era posible que algo tan grande se deshiciera ante los ojos del mundo, no interpreté las señales. Ella, la veterana profesora, junto a una poesía de Alexander Pushkin nombrada como yo, (todavía me pregunto de dónde la sacó) me envió aquella valoración lapidaria: “Tendrán que pasar lo menos siete décadas para que la URSS vuelva a reconformarse. Esto es algo terrible”, me escribía en la postal.

Suceda lo que suceda, nunca podré obviar en mis recuerdos los años vividos en la primera nación socialista del mundo, aquella cuyas manchas no vimos o preferimos ignorar ante el esplendor de una economía muy por encima de la nuestra, con libre mercado, enseñanza gratuita, acceso a los servicios médicos sin cheques mediantes y mucha calidez hacia los provenientes de la isla de Fidel Castro.

Un día como este 7 de Noviembre, burlando el viejo calendario ruso estaríamos desfilando entre globos, banderas y pancartas. Nos detendríamos junto al río Salguir, en la capital de Crimea (entonces de Ucrania, hoy de Rusia tras una maniobra para romper con el naciente nazismo en esa república) y hasta, cubanos al fin, gritaríamos cualquier cosa graciosa entre los Urra y los Viva.

No se muerde la mano que te alimenta, por eso prefiero pensar en la caída del socialismo en la URSS que nos acogió como una estratagema en la que no todos fueron responsables. De aclarar, por anticipado, que nada es casualidad, se encargaría el propio Vladimir Ilich, así que, de vivir, Lenin apuntaría a los errores de este, de aquel y de las masas populares y escribiría otro texto de trascendencia épica, al estilo de Un paso adelante, dos pasos atrás. Pero no se quedaría en el análisis, sino que trazaría un camino para los bolcheviques, ahora probablemente con otro nombre, pues ya, también probablemente, no serían el sector mayoritario, a saber.

Mientras daba cuerpo a una de aquellas tesis estudiantiles tecleadas en una rústica máquina de escribir no pudo pasar por esta mente, entonces juvenil, que casi 40 años después de pisar el suelo de nuestra segunda Rodina Mat (Madre Patria, como se le conoció durante la Gran Guerra Patria) teclearía estas líneas en un ordenador. Menos todavía, que tendría la expectativa de ser leída por algunos de los que me acompañaban en el aula e, incluso, por mi tutora de cuarto año en la tesis de Idioma Ruso. A la querida Tatiana Antonovna  Yaschenko la recuperé no del olvido, sino del probable extravío, gracias a otro alumno suyo, también de Cuba.

Días atrás, releyendo una de sus cartas donde me comentaba la preocupación con que siguieron desde allá la trayectoria de los huracanes Irma y María, pensando en nosotros, supe que no fue el azar lo que nos juntó allí y en aquel 1978.

Un padre periodista que indagaba en temas de trascendencia mundial y ella misma aprendiendo Español mucho antes de conocernos, por simpatía con los ibéricos que enfrentaban a Franco, no pueden ser sino causalidades. Así que le tengo, aunque no nos veamos, como tengo a Natasha desde hace tantos años, como tendré, de seguro, a otros en quienes pienso a menudo, Irina Udovik, por ejemplo, o alguna amiga polaca, africana, india o laosiana; o algún amigo cisjordano, tanzano, senegalés, sirio o iraquí. Son todas personas de mirada noble, alma limpia, sentimientos sanos.

Y aunque en las viejas fotos se respira aún el frío que algunas veces nos hizo tiritar, vivas están aún las sensaciones y vivos siguen los recuerdos. Nosotros éramos los primeros cubanos en la ciudad de Simferópol. Ellos, los primeros profesores o los primeros compañeros de cubanos, quienes nos conocieron, toleraron, respetaron e incluso amaron, según el caso.

Crea o no en lágrimas Moscú, se canten o no sus noches en las fiestas, suenen o no las balalaikas, recítense o no los versos de Pushkin, léanse o no las obras clásicas de la literatura rusa, soviética y universal; tómense o no el vodka y el té, dígase o no tavarish, seguiré amando a la URSS que conocí. Si las glorias palidecen me aferro al pasado, pues tiene mucho menos de oprobioso que otros pasados de quienes signan el presente.

Y no tengo que nacer en isla o país diferente para soñarme un quinquenio más dorado que aquel de juventud y otoños compartidos, porque, desperdigado por el mundo en muchos rayos, el haz de luces sigue iluminando. Y todo eso gracias a la Revolución de Octubre que allá, lejana, nos tendió la mano; gracias a una URSS que, para pesar nuestro y de la profe Kulipánova, se cayó y podría ser otra vez o no volver a ser jamás.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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