Cubatur, la culpa de nadie

Piscina desde avion

Vista desde el Boeing 737-400 a la salida de Cayo Largo.

Ahora estoy confundida: debo escoger entre sentirme mal por haber sido injusta con la persona que provocó —doy por sentado que involuntariamente— los sinsabores en mi incierta travesía entre La Habana y Cayo Largo del Sur o seguir inconforme.
En su correo de disculpa, la especialista comercial de Cubatur Sucursal Occidente, Naila Rodríguez Piloto, expone un punto de vista claro: les interesan enormemente los criterios sobre los servicios que ofrecen, leyeron las dos publicaciones donde relato mis tribulaciones para llegar hasta la pareja de amigos que me invitó allí y agradecen la sinceridad en mis comentarios.
Pero obvia la aclaración imprescindible: a quién o a quiénes se debieron todos los sinsabores; de modo que, después de leer, me quedo con la misma idea con la que regresé del viaje. Según mi interpretación de los sucesos casi surrealistas en los que me vi inmersa, la compañera Lusmila, quien recibió los datos enviados por vía electrónica desde Sancti Spíritus y formalizó mi boleto de viaje, no hizo constar en el registro el código digital que demostraba el pago de 162 CUC. Este incluía desde la recogida en el hotel Plaza el día 3 de marzo hasta la devolución en el transfer de vuelta hacia el punto indicado por esta turista, el 10 del propio mes.

Sin embargo, antes de que esa falla saliera a relucir, a solo minutos del abordaje del avión en el aeropuerto internacional José Martí, ya la propia trabajadora había descartado la posibilidad de ayudar a la afectada ante la suspensión del vuelo el día anterior: hallar un hospedaje donde ella, la única turista no extranjera, no resposable de esa decisión y no residente en la capital del país, pasara la noche.
Ni una sola consideración al respecto, ni una sola alusión a la forma absolutamente inconveniente en que esa trabajadora intentó justificar sus fallas para echarle la culpa a la oficina de Cubatur en la provincia donde resido y a la agencia Cubana de Aviación.
A estas alturas del campeonato, como se dice para aludir a lo que ya es agua pasada, me presentan a Lusmila como “una excelente joven de solo 23 años, quien apenas unos meses y con total seriedad y responsabilidad ha asumido la tarea asignada en su puesto laboral” y que “debido a estas razones —intuyo que habla del breve espacio de tiempo— puede estar sujeta a errores como lo estamos todos”.
La respuesta hace constar, sí, que administrativamente “la dirección del centro ha tomado las medidas pertinentes para que casos como el suyo no se vuelvan a repetir” — no dice cuáles, pero estaría feliz de saber que ningún otro cubano pasará por un trance así— y agrega que “por su parte estaría encantada —supongo habla de la misma compañera excelente— de tener la oportunidad de ofrecerle personalmente las disculpas que usted merece”.
Debo dejarlo claro una vez más: agradezco las atenciones que se ha tomado la dirección de Cubatur para conmigo y mis amigos, aunque ellos se formaron su propio criterio sobre los servicios de la agencia y del hotel donde nos alojamos. No creo que nada pueda influir en eso, sean cuales sean esos criterios.
Menciono a mis amigos por una razón: aunque por medio del mensaje de respuesta solicitan “encarecidamente que no dude en volver a confiar en Cubatur Sucursal Occidente, que es nuestra identificación, para futuros viajes recreativos siempre que lo desee” tal poder de decisión no está en mis manos. El destino lo escogieron ellos; si alguna vez hubiera que elegir de nuevo no creo que mis ingresos personales me permitan hacerlo. Y si lo permitieran, existiendo otros destinos, ¿por qué forzarme —hablo de mí misma— a resucitar vivencias tan desagradables?
Como bien me alertara un amigo cuanto ya teníamos el viaje planeado, ellos escogieron la variante más complicada para el reencuentro, pero ya todo pasó. Recomiendo mucho las bellezas naturales de Cayo Largo, el servicio que ofrecen allí. No sé cuántos otros nacionales residentes dentro de Cuba han vivido la experiencia de ir hasta allí en calidad de turistas, pero tocante al viaje sigo con demasiadas dudas y recelos como para sugerirle a alguno aventurarse a esa opción.
Ahora, si usted reside fuera del verde caimán y reserva, como mis amigos desde Canadá, un paquete turístico por internet, sin que nadie desde acá tenga que insertarse a la travesía, entonces puede que esté seguro: no va a sufrir los sinsabores que intento olvidar, sin conseguirlo del todo, desde que puse los pies en un hotel de La Habana para ir al encuentro de una amiga, no una cualquiera, sino alguien con quien no compartía desde hace más de tres décadas en su ya agonizante Unión Soviética.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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