Yo volé Habana-Holguín, y en un Boeing 737

LUTO #Cuba, decía el breve llamado en facebook el pasado 18 de mayo. Lo acababa de escribir una de esas personas que no suelen poner boberías, sino cosas que cuentan. Habían transcurrido 37 minutos después del mediodía, apenas entrábamos del almuerzo y cuando leí le dije a un colega que estaba de salida de la redacción de Escambray: “Espera, ocurrió algo grande”.
Avión caído, bomberos tratando de controlar el incendio, expectativa en torno a la existencia de víctimas. Tales fueron los siguientes elementos del lado de allá de la red, en La Habana. Y la redacción nuestra también ardió, dando los pocos adelantos al mundo y procurando hallar más, sintonizando la TV que a esa hora todavía no reportaba el suceso. Por facebook y twitter empezaba a volar la noticia.
Pocos supusieron la envergadura del dolor. Acaso quienes estuvieron cerca de otro avión caído en Cuba, aquí, en las proximidades de Guasimal, Vanguardia y Mayábuna en noviembre de 2010, entre ellos varios colegas y todo el personal de socorro, mas quienes perdieron a alguien entonces.
Después la muerte tendría nombres, primero desconocidos para muchos, después con un significado para cada quien. Personas a quienes instantes antes de caer, a pocos metros de su casa, Rocío Martínez González vio “dando en las ventanillas” marcaron celulares de allegados, gritaron, rezaron y se encomendaron a Dios o rogaron la vida, al menos para el ser amado, para el pequeño o la pequeña que viajaba con ellos.
Después, las madres, los hijos, hermanos y allegados todos queriendo dar marcha atrás al reloj, para que esa persona no abordara el Boeing 737- 200 arrendado por Cuba a la compañía mexicana Aerolíneas Damojh, S.A. Después, el verde caimán retorcido en su dolor, herido por 113 costados, la inmensa mayoría ligados a sus entrañas.
Yo volé en un Boeing 737. Hace tan poco que casi puedo olerlo. Era tan parecido al que cayó, como un pájaro muerto —así diría una amiga— sobre los sembradíos en las proximidades del aeropuerto de La Habana, que hasta puedo imaginarme en él. Tenía el número 400 como indicador del modelo. Tenía alas azules y cristales limpísimos. Volaba bien. Los cristales se empañan por el aliento, por el dolor, por la sangre. Se estrellan por los golpes y por las ganas de vivir. Se hacen añicos por la muerte que yo, imprudentemente, había dicho aquella mañana se podía encargar por una internet lenta. Se quiebran, como las personas, de manera definitiva.
Yo volé la ruta Habana-Holguín. Hace tanto que casi lo olvido. Llevaba unos dos meses fuera de casa. Mi madre me esperaba al término del viaje y corrí para abrazarla, tanto que casi me atropella un auto, en una ciudad adolorida ahora, que casi no conozco. Tenía apenas 18 años.
Las madres saben esperar, pero también se desesperan. Las madres confían siempre y no creen en la muerte si de hijos se trata. Tampoco los hijos creemos en las muertes de los padres, sobre todo si llegan así, sin el mínimo aviso. Yo no creí en la de la mía, porque tenía que vivir. Me acicalé para ir a ver aquello que se me antojaba un simulacro. Yo entiendo a la mamá de Grettel Landrove Font. Los hijos nunca se deben ni se pueden marchar. Se lo tenemos prohibido.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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