Se llamará Antonio Ernesto

Si es varón se llamará Antonio Ernesto, nos dijimos. Antonio por el abuelo del padre; Ernesto, por decisión de la madre, que siempre adoró al Che. Y muchos, por esos viejos métodos de adivinación del sexo, dijeron que sería varón.
Pero mi madre quería hembra, porque ya tenía cuatro nietos de sexo masculino. Quería, además, que si lo era, la llamáramos Zoia, por aquel libro que leyó alguna vez y releyó y volvió a leer, aquel libro sobre el cual conversaban tanto ella y mi tía Elda, hermana de mi padre, sobre una combatiente clandestina durante la Gran Guerra Patria, llamada así, y sobre su hermano Alexander, Shura para toda su familia y para la posteridad. Y yo, lectora al fin, estuve de acuerdo.
“No quiero que Pancho me haga el parto”, dije, categórica, al amanecer del día 14 de junio, cuando boté el tapón mucoso y mi hermana Niurka me indicó por teléfono prepararme, porque enviaría la ambulancia a buscarme. Doctora del hospital municipal de Guisa, acompañaría a otra doctora de nombre Mercedes en las tortuosas horas en que la criatura gestada en mis entrañas pugnó por abrirse paso en el canal de parto, sin conseguirlo.
“Pues te quedarás con el muchacho adentro, porque es Pancho quien está de guardia”, dijo ella sin inmutarse, aludiendo a un compañero de estudios a quien yo me negaba a mostrarle mi pudor. Y el tiempo me ayudó, aunque habría preferido parir con Pancho, porque la “cosa” se atrasó y cuando finalmente me llevaron al salón, habiendo concluido que era imposible remitirme a Bayamo, porque no daría tiempo, ya del antiguo compañero de escuela no había ni sombra.
Eran las 7:10 de la tarde noche. Se había hablado de una circular, término que hasta entonces me fue ajeno y que me explicaron como “una tripita alrededor del pie”. Pero no era ni una tripita ni alrededor del pie, sino dos largas tripas que amenazaban con asfixiar a mi bebé, por lo que un doctor experimentado se me encaramó encima para empujarlo hacia afuera.
Tanto le apretaban las “tripitas” que no lloró al nacer. Tanto, que le daban y le daban por los piecesitos. Tanto, que se olvidaron de la madre, a quien se le enfriaba el cuerpo, pero era feliz, porque no reparó siquiera, de momento, en que el llanto no fluyó enseguida, sino después, como a los tres minutos, cuando por fin su cuerpo, de una coloración grisácea, tomó la tonalidad rosa que mantuvo siempre, a contrapelo de los genes “trigueños” de la madre.
Para la madre, es decir para mí, contó más que todo la tranquilidad en la voz de Niurka, cuando, al cortar los dos cordones, exclamó gozosa. “¡Es hembra!”. Y enseguida, como para avisar de que la nena quería mirar el mundo sin dormir siquiera y alejar toda preocupación, agregó: “¡Y tiene los ojos verdes!”
Así nació, 34 años atrás, mi Zoia Irelis, orgullo de su abuela materna, que desde entonces y hasta que hubieron nacido otras niñas más de nosotras, sus hijas, exclamaba con orgullo que ya, por fin, tenía una nieta. Orgullo de su abuelo paterno, el buen Remberto, de quien heredó el color de los ojos. Y orgullo de sus padres, que no pudieron ponerle los nombres de honor, pero  sabían que había nacido, eso sí, un día de dos grandes, llamados Antonio uno y  Ernesto el otro.

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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