Un tú a tú con el Che

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De todas las formas en que podrían estar dispuestos sus restos, esta me pareció la mejor. Me dije que, si hubiera podido opinar al respecto, el Che habría concordado en estar allí. El mármol irregular de los nichos, virgen. La madera del techo, que parece más de madriguera, sin barniz. El empedrado del piso, áspero. Y cerca la selva, aunque sea recreada, con vegetación oliendo a monte y el agua deslizándose en un eterno arroyuelo.

Mientras Ismary Fernández Sáenz, especialista principal del Complejo Escultórico Comandante Ernesto Che Guevara, explica los pormenores del lugar, un sobrecogimiento me recorre el cuerpo. Explica la alta concurrencia al lugar de visitantes nacionales y extranjeros. Menciona países y personas. Se detiene en el francés que quiso formalizar su matrimonio dentro del memorial, y como no fue autorizado a ello, plantó una mesa con las correspondientes sillas afuera, en la plaza, y ante la presencia de una autoridad notarial se casó en sencilla ceremonia. Después, hizo llegar al lugar una copia del acto nupcial, para que fuera preservada allí.

Les han sido donados, cuenta Ismary, los más impensables objetos, desde banderas que acompañaron a colaboradores cubanos en la Higuera, Bolivia, donde fue velado el cuerpo del guerrillero revolucionario, hasta flores, anillos, prendas de vestir, poemas, canciones, pertenencias de padres ya fallecidos que sus hijos, en cumplimiento de una promesa, trasladaron hasta la ciudad del Che.

Santa Clara tiene ese privilegio: a ella viajan, y en ella hasta llegan a radicarse a veces, personas de las más distantes latitudes que admiran a Ernesto Guevara de la Serna. Vienen con el solo objetivo de sentir la cercanía del hombre-leyenda y presenciar el nicho que guarda sus restos, llegados al lugar el 17 de octubre de 1997, tras casi 30 años de incansable búsqueda. Reposan junto a los hombres que integraron lo que Fidel Castro llamaría el Destacamento de Refuerzo.

Un español que no sobrepasa los 40 años desconcertó tiempo atrás a los trabajadores del lugar. Acudía con tal regularidad que llegó a inquietar. Luego el enigma se despejaría cuando Ismary, alguien cuyos ojos se humedecen y sonrojan a medida que va narrando las historias, logró del visitante una confesión: pretendía radicarse en Cuba y establecería en aquella ciudad un negocio que en la actualidad ya está activo. “Cada vez que vengo siento que tengo que venir aquí, es algo que no puedo evitar”, le contó.

Un haz de luz estrellado ilumina el costado derecho de la columna que sobresale al frente. Más que paredes, las estructuras laterales y superior semejan una cueva. Entre las 39 placas con los rostros de los combatientes y sus respectivos nombres de guerra, justo en esa especie de columna central, está el Che, tallado, de combate. En algún rincón, pienso, estarán la pipa de fumar, el arma, los libros, el pañuelo de Aleida que él prometió llevar hasta la muerte. Y una va leyendo: Inti, Coco, Arturo, Olo, Chino, Joaquín, Miguel, Tania… Ernesto. Me detengo en este último, un médico cuyas facciones casi rozan el follaje verde. Es Freddy Maymura, quizás el único a quien Guevara le dio el nombre de combate; tenía, como él, genes de otra latitud.

El clima como de valle o cerro, el tono oscuro del recinto, lo agreste del lugar y ese aire de solemnidad, todo concuerda con él. Acaso las flores, rojas y siempre frescas, marcan la diferencia. Es el símbolo de la vida eterna, como la llama que arde casi al fondo.

¿Cuántos alientos se habrán detenido justo ante un recuento como el de hoy? ¿Qué mandamientos indicarán ir hasta allí a tanta gente diferente? ¿Cuál fuerza moverá a esos que sin siquiera compartir su ideología van o envían a los suyos a reverenciar al Che? Muchas preguntas flotan en el aire.

Aprovecho para acercar un beso con los dedos, que le rozan apenas la frente. Un beso que alcance a todos. Un beso que me ayude a sentir que estoy cerca, bien cerca de las cenizas del ídolo y de sus seguidores más fieles, los que llegaron al fin, los que cayeron antes, los que hay repartidos por el mundo.

 

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Acerca de cubaicani

Soy una filóloga devenida periodista que adora su país y siente por todos los demás. Me gusta leer, escuchar canciones, cantar en español y en ruso, rememorar letras de poesías que aprendí en la infancia o en la adolescencia. Quisiera que un día cercano no hubiera guerras en el mundo, que todos los niños fueran felices y que el amor moviera a cada ser que existe en este u otro planeta.
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