Desde mi esquina en Guisa

Desde mi esquina en Guisa

Mi papá, Eliades Proenza (Yayi) junto a una de mis hijas un tiempo atrás.

A partir de ahora, cada semana colocaré en este espacio un cuento del libro homólogo de mi papá, Eliades Ramón Proenza Rodríguez, escritor del municipio de Guisa, publicado hace ya algunos años en la provincia de Granma. Espero que a los guiseros, sobre todo, les hagan recordar cosas agradables o jocosas del terruño. Aquí les va la introducción y el primer cuento.

CAPITULO 1:  DE LOS HECHOS BARBAROS

Caballeros… y damas, que solo veo a Balbina por allí. Al compañero que tengo a mi derecha, director de este Museo, se le ha ocurrido reunirnos aquí, porque piensa que nosotros a fé de viejos y según de buenos narradores, podemos contar muchas de las cosas curiosas que han hecho de este pueblo, que antaño se llamara San José de Guisa, un pueblo curioso, o de curiosidades. Y no sólo por las dos grandes batallas y numerosos combates y escaramuzas ocurridos en este territorio en las distintas épocas, sino  también por la gran cantidad de hechos menudos en los que muchas veces no reparamos, pero que pintan de rosado a este pueblo, y a veces de rojo, o de gris. Según sea el caso.

El quiere oír ahora, en este sitio, lo que quién  sabe cuánto ha oído en otras ocasiones. Quiere recopilar todo lo que sepamos de las cosas viejas, y lo que sepan los demás viejos que, como los que estamos ahora, él hará venir a este sitio, donde tantas otras cosas viejas se atesoran; sólo que entonces yo no estaré, tendrá que apoyarse en otros.

Se les habrá dicho que no se trata de hablar como literatos; que no es literatura lo que se quiere. La cuestión es que cada cual diga lo que tiene que decir de la misma manera que lo dice en una esquina cualquiera. ¡A lo pelú! Me ha encargado que le recuerde eso, que es esencial, porque si tratan de hablar fino lo afean todo. Él sabrá lo que hará con lo que digamos.

Yo también tendré mi parte en el “Negocio”, que para eso, y no para esto, me han invitado, pero seré el último en esta primera jornada. Él, para poder tomar notas y para atender esos equipos, me ha pedido que le controle aquí. Yo tengo la relación y les iré dando la palabra según el orden en que han ido llegando.

Ahí está el café, también hay vino, que está bueno aunque es casero. Pueden tomar todo el café que quieran tratando de no interrumpir. Con el vino habrá que tener cuidado. ¿Alguien necesita más explicaciones? ¿Nadie tiene dudas de lo que se quiere? ¡Nadie!

Alejandro tiene la palabra.

 


APRETANDO EL YUGO

 

Bueno, pues una mañana tempranito, estando yo en esta esquina, ahí afuera, pasaron por aquí rumbo a Hoyo  de Pipa el sargento Galinena y dos números, dos perros de presas: los soldados, Núñez y Madariaga, Mándala, como le decía el sargento a éste último. Iban para San Andrés, a cosa de tres kilómetros y piquito de aquí, a casa de Juan Jollín, o Juan Sentao, o Juan Acostao, que de cualquiera de esas maneras llamaba la gente a Juan Martínez.

Juan tenía fama de haragán, de ser el más haragán de toda la comarca de Guisa. Y en verdad –yo lo conocí- el hombre era el tata.

Llegaron a media mañana y el sargento saludó muy correcto, como era su costumbre, con su vocecita flaca y como arrastrada, pegajosa. Dijo desde el caballo:

–          Buenos días por aquí.

–          Buenos días. ¡Ah, es usted, sargento! Desmóntese – Dice América Aguilar, esposa de Jollín.

–          Señora ¿Dónde está Juan, su esposo? – y la mujer llamó a Juan que estaba acostado en una hamaca en la cocina, donde decían que pasaba el día entero. Apareció Juan, todavía con la modorra del sueño guindándole de las pestañas, saludó con su voz ronca y agresiva:

–          ¡Buenos días! –

–          ¡Buenos días! ¿Es usted Juan Martínez? – preguntó el sargento.

–          Sí; ¿Se le ofrece algo?

–          ¡Aah… de modo que usted es Juan Martínez!

–          Mira, Núñez, mira, Mándala; ¡Él es el hombre! ¡parece que es guapo!

–          Entonces se dirigió a la mujer:

–          Y usted, señora, ¿No tiene peine?

–          No tengo, señor, y tampoco he podido ir a casa de mamá a peinarme.

–          ¿Tampoco tiene escoba? ¡Se puede barrer con una teta de palma amarrada por la mitad! Y usted, Juan, me imagino que no podrá descansar bien entre tanta manigua, ¡he llegado ahogao rompiendo breña por este sao que namá es malva pelúa, zorra, yagruma y guaco! ¡Mire, Juan, a mi me han dicho que usted es bastante haragán; yo vengo a darle un consejo! ¡y usted, señora, no se asuste, ya tendrá tiempo de agradecerlo! –luego se viró hacia los soldados:

–          ¡a ver, Núnez, haga usted su trabajo de hoy! ¡y usted Mándala, ayude a Núnez! –y ambos soldados, que eran fuerzuces sujetaron al hombre. El sargento sacó a bilongo –su goma de dar consejos- y descargó una gomazo sobre la espalda de Juan, al tiempo que dijo:

–          ¿Qué le parece, Juan? ¡!Se dice que tengo la mano pesá! Esto yo sé que a usted no le gusta, pero ya lo agradecerá!

Entonces empezó a dar goma y Juan a bufiar y a pedir clemencia. Cuando hubo pegado lo que creyó suficiente – y el sargento no se conformaba con poquito – paro y mandó a soltar al hombre. Entonces preguntó:

–          ¿Pica bilongo, Juan? ¿Duele? ¿Qué le parece, Juan, estará bueno el consejito? ¿Será suficiente, Juan? – y luego otra pregunta:

–          ¿No hay un saco monitor en esta casa?

–          ¡No hay sargento, pero se busca! – respondió Juan urgentemente, ya volviendo a su color.

–          Bueno, Juan, tienes que ir con nosotros a Guisa – dijo el sargento, y salieron. Trajeron a Jollín aquí, a esta esquina; entonces esto era la tienda de Teófilo Espinosa, la mayor del pueblo en aquellos tiempos, y el sargento ordenó despacharle, arroz, tocino, bacalao, chorizos, manteca y otras cosas. Bastante de todo. Luego mandó poner un tibe y un machete Collín. Le ayudó a cargar el saco monitor para que se fuera, además le dijo que esa misma tarde iría otra vez a su casa, pero sólo para ver el machete amolado y ponerle tarea. El sargento habló con Teófilo y le abrió crédito a Jollín, se lo hizo saber y le dijo que podía coger fiado todo lo que quisiera pero tenía que cumplir, y que para eso lo único que tenía que hacer era trabajar.

Nunca Jollín había llevado a su casa una factura así; iba con el pescuezo hundío jastaquí.

Por la tardecita volvió el sargento a casa de Juan y vio el machete despalmao jasta el cabo. Entonces, sacó de las alforjas, talco, perfume, peines y escobas. Al entregar aquello a la mujer le dijo que barriera, y la mujer barrió.

A Juan – sobre el terreno- le marcó tarea: un tajo de chapea para el otro día, otro tajo para el día de más allá, para el otro y el otro. Cuatro tajos para cuatro días marcó el sargento y dijo con su vocecita arrastrada:

– ¡Tenga presente, Juan Martínez, que todavía quedan números en Graniche!

Y así fue. A los cinco días volvió a comprobar si estaba hecha la tarea y se topó con que Jollín había hecho mucho más, se había pasado de los cuatro tajos. Esta vez cuando Galinena vio que Jollín había hecho más, trajo una yunta de bueyes y un arado sitiero, bueno para romper la tierra. Esos eran los arados que había entonces por aquí. Los de rejas ancha con dos manceras, que eran de hierro, vinieron después. Entregó todo eso a Jollín y le puso nueva tarea: “para el día tal, tanta tierra roturada, para tal otro día, tanta cruzada, y para el otro tanto en son de siembra; y para más allá, para más lejos: tanto boniato sembrado; y tanto maíz y tanta yuca; y tanto tal y más cual cosas. Ah y quimbombó en las guardarrayas”, ordenó el sargento. Y así lo hizo Jollín.

Pero un día, poco antes de que el hombre tuviera de todo – mucho para comer y para vender, y una buena vega casi de corte – llegó el sargento acosado por el sol que rajaba piedra. Jollín estaba desenyugando – lavado en sudor jasta las alpargatas, medio muerto por el hambre y el cansancio de siete u ocho horas de trabajo al resistero, y los bueyes acesando gordo – y dícele el sargento:

–          ¿Qué tal, Juan, desenyugando? – Y Juan, quitándose de la cara un poco de sudor y tierra con la manga de la camisa ripiá, respóndele:

–          ¿!Desenyugando!? ¡Qué vá, sargento, apretando el yugo! Y Juan Martínez – o Jollín, o sentao, o acostao – le pegó la garrocha a los bueyes y siguió arando.

El turno ahora es para Lalo.

Segundo cuento, lo publico el 28 de octubre de 2011.

PRUEBE USTED SU MUÑECA

 

Todos ustedes saben que Juanico Martínez era un campesino que podía vivir bien: tenía su buena finca ahí en Loma de Piedra, cerquita del pueblo, y un grupo de hijos muy trabajadores, hechos por él a su entero gusto, que atendían todo: vegas, estancias y toda clase de animales. Pero Juanico era duro, tacaño, y no vivía como podía. Los hijos de él nunca vieron un peso de sus manos ni pa´ las  fiestas de San José.

De la finca de los Martínez empezaron a perderse cosas: latas de manteca, marranos, cargas de tabaco y otros productos, y por mucho que velaron el viejo y los hijos no pudieron coger al ladrón. Juanico, ya cansado de velar  y de que le robaran se fue al cuartel y puso aquello en manos del jefe del puesto de la rural: el sargento Galinena.

Galinena era lo que se llama un perro de presa pa´ eso de coger ladrones, se lo güelía a la legua y ahorcó algunos aquí, acabó con ellos, y eso también lo saben ustedes. Pues el sargento le dijo a Juanico:

-Bueno, Juanico, yo voy a cogerle ese ladrón; no puede ser ni hoy ni mañana, pero pasado mañana yo voy, espéreme por la noche. ¡Ahora, eso sí, allí mismo lo voy a ahorcar! ¿entendido, Juanico? ¡Yo no trabajo para el inglés!

-¡Si, si, sargento, como usted diga! Usted es el que manda y el que sabe lo que hay que hacer. Lo cierto es, sargento, que esos bandidos están acabando con lo mío.  En sus manos los pongo. ¡Ah, sargento, veremos si usted tiene más suerte que nosotros, porque le aseguro que el ladrón es listo!

-Le aseguro que lo cogeré, yo soy más listo que ellos, Juanico, porque según usted, deben ser dos o tres ladrones; seguro vendrán pasado mañana y yo estaré esperándolos allí. ¡En el territorio de mi mando no puede haber ladrones! Ahora, otra cosa, usted guardará esto en secreto. ¿Comprendido, Juanico? ¡Esos robos que le han hecho a usted serán los últimos; hacia  tiempo que no se producían esos hechos en mi territorio!

Y Juanico se marchó, contento con la promesa del sargento de que al fin no le robarían más.

A penas oscureció se fue el sargento con el soldado Núnez, -como dice Alejo, ¡un perro de presa! –para casa de Juanico, y de alguna manera, sin que nadie lo notara, se acomodaron debajo de una mesa y se pusieron a esperar.

Y efectivamente, al cabo de un rato, tempranito todavía, entraron dos hombres y empezaron a cargar. Cuando se disponían a salir les echaron mano y los amarraron con las manos atrás. Entonces el sargento con su manera boba de hablar dijo:

-Juanico, Juanico… levántese… ya tenemos a los ladrones – y Juanico, sin salir de su asombro, pues no esperaba esa noche al sargento, atinó a de ser:

-¿!Cómo, pero es usted, el sargento!?

-¡Sí, Juanico; si no engañamos a los ladrones no los podemos coger! ¿Usted sabe? Ellos pensaron que nosotros no estaríamos esta noche aquí y nosotros sabíamos que ellos vendrían hoy.

-¡Vaya, hombre…gracias a dios, sargento, estaremos tranquilos! –dijo Juanico ya saliendo a la cocina con un candil en una mano y la camisa en al otra, y más atrás el grupo de muchachas –tres o cuatro solteronas que había en la casa  -también con sus candiles, y se encuentran, además de la pareja de rurales, con Pancho y Joaquín Martínez, hijos de Juanico. Todos quedan boquiabiertos; haciéndose cruces, sin decir ni esta boca es mía, al comprobar que los ladrones los tenían en la propia casa. Dice el sargento: -Bueno Juanico, ya tenemos cumplido parte de nuestro trabajo ¡Aquí están los ladrones! Y yo le dije que en el territorio de mi mando no puede haber ladrones, y también le dije esta mañana que íbamos a ahorcarlos.

Cuando toda aquella gente oyó de ahoracar a Pancho y a Joaquín se formó allí tremenda gritería, la tatica. Las mujeres a gritar a más no poder; y los hombres a temblar como gatos con frío. ¡Claro!, ellos sabían que lo que el sargento decían, aunque lo dijera blandito y como si fuera de mentirita, podía ser una realidad terrible; porque ahí, casi en frente de su casa está Graniche, y ahí ellos deben haber visto más de uno de los ahorcados por Galinena.

-¡¡ Ay, sargento, no, no los ahorque, no vaya a hacer eso a los pobrecitos!! – gimió una de las mujeres.

Y las otras la secundaron:

– ¡¡ No, sargento, no los mate; por vida suya, no haga eso, sargento!!.

Y el tembloroso viejo se arrodilla:

-Sargento, déjeme los muchachos con vida que yo les daré para que tengan y no roben. ¡Y usted si quiere quédese con la finca, pero no mate a mis hijos; se lo suplico, sargento!

-¡¡ Eso es, sargento, quédese con la finca pero deje con vida a los pobrecitos!! –dijo una de las solteronas y las otras dijeron igual en medio de la gritería.

El escándalo de las mujeres había puesto a cacarear las gallinas, las guineas a choclar , los machos a gruñir y los perros a ladrar. Bueno, para que contarles. Tremendo lío que se armó en Loma de Piedra esa noche.

-Bueno, Juanico, está bien, no ahorcaremos  a sus muchachos, pero algo hay que hacer con ellos, ya le dije, no acostumbro a trabajar para el inglés- dijo el sargento, y volviéndose hacia Pancho le descarga a este tremenda trompá, se la colocó entre los ojos y la nariz. ¡Fígurese, aquel sargento tenía las muñecas así, y Pancho cayó hecho una rosca. Entonces mira pal soldado y dice, pasando la vista pa´ Joaquín:!

-¡A ver, pruebe usted su muñeca, Núñez! – y a Núñez le gustaba eso de dar trompás y planazos; era, de los favoritos del sargento porque ahorcaba si había que ahorcar. Bueno, pues como Núñez, además, era tan “disciplinado”, le descargó un muñecazo fenomenal a Joaquín, el tata y el hombre rodó por el piso de tierra. Entonces, sin que nadie dijera ni jota, en medio del silencio del viejo y de sus hijos, escoltados por el alboroto de cientos de animales, los guardias se retiraron a su cuartel.

TE LA ARRANCO

Yo quiero hablar de dos personas muy conocidas aquí; de algunas cosas de ellos. Uno, que seguro todos lo recuerdan por sus cosas, es tío Gerardo; y el otro menos conocido, pero de seguro todos recordarán por lo que voy a decir.

Este último era campesino, dueño de una poderosa y rajada voz de centella cargada de zetas y del modo de hablar de campesinos. Vivía cerca del pueblo, en Loma de Piedra, con Cándida, su mujer. Se llamaba Carlos Martínez y le decían Molleja.

Cándida era católica, pero de esa que visitaban la iglesia una vez al año: los 19 de marzo, día de San José, patrono del pueblo y alrededor de cuya fecha se hacían las fiestas.

Pues un día de San José por la mañana, se efectuaba la misa cantaba que todos los años y un día como ese era dedicada al santo patrón del pueblo. Como era la actividad más importante de la iglesia después de la procesión y estaba el monseñor Pérez Cerante, arzobispo de Santiago y dos o tres curas de Bayamo, pues la iglesia estaba de bote en bote, no cabía una alma más.

Mientras aquello pasaba en la iglesia, muchas personas se divertían en  otras cosas: oyendo los poetas improvisadores, comiendo o bebiendo. Carlos estaba por allí en algo de eso con un grupo de amigos, y de repente se para bruscamente, da una patada en el suelo, que entonces era de cagajones, y se dirige a la iglesia, donde él sabía que estaba su mujer. En cuatro zancadas ya estaba el hombre plantado en la entrada, con sus largos brazos extendidos y las manos apoyadas en cada lado de la ancha puerta y exclama, con el vozarrón que ya les dije y que muchos aquí recordarán:

–          ¡¡Cándida!! – pero nadie responde. Los fieles y el grupo de curas continúan en sus oraciones con las rodillas en el suelo. Parecía como si nada hubieran oído. Entonces el vozarrón de Molleja sonó con más fuerza:

–          ¡¡¡Cándida!!!

La iglesia se estremeció, la mujer se puso de pié y miró a su marido hecho una cruz allí en la puerta.

–          ¿¡¡Me quitazte el berraco del zol, mujer!!?

La pobre Cándida no responde, sólo atina a pasear la mirada desde su marido al grupo de curas que han suspendido su oración y del grupo de curas a su marido, que resuella gordo allí como un espantapájaros, en la puerta del templo.

–          ¡Mujer…mujer! – continúa molleja con voz medida, y luego con toda su caña:

–          ¡¡¡Zí meze ajoga el berraco por eztar tú adorando zantoz de palo te arranco una teta!!!  ¿¡¡ Me habéi oído, Cándida!!? ¡¡¡ Te la arrancó!!!

 


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12 respuestas a Desde mi esquina en Guisa

  1. jajaja… que bueno tía que has recuperado estos cuentos. Yo todavía conservo el libro de abuelo, hace unos días allá en Bayamo le comenté de eso… se acordaba poco. Le dije que era famoso en internet y me dijo: ¿Siii?

  2. Tayeb dijo:

    ¡ Hola Delía ! qué casualidad …. me encuentro con tu blog ! y por la foto me acordé de ti !
    Soy Tayeb, un tunecino que estuvo sólo un año en simferopol, no sé el año 1981-82 o 1982-83, iba a seguir cómo tú la carrera de filología rusa, pero … me marché !
    Teníamos en la residencia a otro tunecino Adel – estudiante demedicina !? casado con una amiga tuya cubana, estudiante en aquél entonces de filología rusa … ¿ sabes algo de ellos ?
    Me acuerdo también de otra amiga tuya Noemí … creo de la misma generación, y me acuerdo también de muchos otros amigos-as, pero no recuerdo el nombre !?
    ¿ te acuerdas de un recital en la residencia de simferopol de Pablo Neruda -veinte poemas de amor y una canción desesperada ?
    Tengo ganas de escribirte … y de saber cómo van los otros amigos tuyos que hicieron filología rusa en simferopol.
    la dirección de mi correo electrónico
    arabiclanguage@hotmail.com
    Un fuerte abrazo
    Tayeb

  3. celia dijo:

    soy guisera me encuentro cooperando como enfermera en el ecuador me alegra mucho encontrar algo relacionado con mi municipio gracias por recordarme a mi tierr

  4. reysell dijo:

    es maravilloso encontrar el calor de un abrazo en las poesías de uno de los grandes poetas de guisa.

    • cubaicani dijo:

      Reysell, ese poeta y narrador guisero, que era mi padre, murió hace hoy 17 días. Puedes leer al respecto en el post Mi Quijote Yayi. Grcias por leerlo a él, que es la personalidad cultural a la que homenejeraon el día de su sepelio, el primero de agosto..

      • reysell Aguilar dijo:

        hoy me encuentro lejos de mi guisa,de mi cuba ya que hace 4 años cumplo con una misión en Venezuela. Pero siempre llevo lo cubano bien adentro de mi.

        a yayi lo conocía el visitaba el restauran el deleite,también conocido como el gallego.en ese lugar fue donde por primera vez lo escuche hablar de la historia de guisa,luego lo visitaba en su casa, recuerdo como se acomodaba en el taburete recargado de un horcón de la casa que quedaba al frente de la carretera,tengo tantos recuerdos de el. QUE DESCANSE EN LA GLORIA DE DIOS,QUE DESDE ESE LEJANO LUGAR TAMBIÉN HABRÁ OTRA ESQUINA DE GUISA.

  5. REYSELL dijo:

    guisa quedo vacía,de eso estoy seguro.yo crecí bajo las sabias anécdotas de yayi el fue como un segundo padre para todos los estudiantes que corríamos a el para que nos ayudara con una que otra tarea,y siempre estaba dispuesto a dar lo mejor de el.

    • cubaicani dijo:

      Gracias, Reisel, francamente no abría mi blog hace días y no había leído tu comentario, me gustaría saber en qué campo desarrollas tu colaboración. Un abarazo para ti en nombre mío y de papi, que estaría orgulloso de ver que algún alumno suyo siguió ese camino de la solidaridad en el que te encuentras hoy.

      • Reysell Aguilar Quesada dijo:

        Después de algunos años regreso a estás páginas llenas de amor y cultura. Ahora me encuentro en Brasil.
        Sigo las historias de yayi.
        Un abrazo de éste amigo y hermano
        Reysell

      • cubaicani dijo:

        Gracias, Reysell, eres mi más fiel lector. Hace poco estuve en Guisa. Lee lo que publicaré ahora.

  6. Reysell Aguilar Quesada dijo:

    hola , hoy me encuentro en tierras del paraguay pero aun asi cada vez que puedo entro a esta pagina y dejo mi respeto a yayi.
    saludos .
    pronto regresare a mi cuba , y visitare a mi pequeno terrunho.
    GUISA

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