Evocación de una partida

Fotos: Lauris Henriquez

Me detuvo la muchacha que, con el rostro apoyado sobre el cuadro en sus manos, evitaba el lente y se sumía en el llanto. Las fotos estaban allí, gigantes, como para ser vistas por todos a un costado del parque Serafín Sánchez Valdivia. Pero quise eludirlas.

La caravana que recorrió casi toda Cuba poco más de un año atrás, al reinstalarse en la pupila, despertaba recuerdos lo suficientemente dolorosos como para rozarlos y desatar su fuerza. Traté, mas fue imposible no reparar en las personas que a lo largo del trayecto sacaron de adentro su dolor y, sin quererlo, lo dejaron palpar por las cámaras que acompañaban el cortejo o que estaban allí en el parque, en la ciudad, el monte, la carretera o la vereda.

Me atraparon decenas, cientos de personas. Me atraparon más que facciones o posturas, los ojos y el dolor en ellos. Y la noche cayó mientras mis ojos se nublaban a la par de aquellos que aparecen en las fotografías.

Un niño negro con las lágrimas detenidas en la mejilla; un niño blanco con un chaleco moral, como el que alguna vez mostró Fidel, sonriente, ante las cámaras de la televisión, escrito en letras sobre el abdomen; una mujer de campo, sobre una carreta diminuta y rústica, aprieta fuerte el retrato de su ídolo, casi descolorido tras el cristal. A su lado, sobre el carruaje detenido, como el caballo que tira de él, una bandera tricolor izada en una vara.

Encaramada sobre las rejas del Museo Provincial de Sancti Spíritus, una muchacha levanta su cámara de fotografía para captar la imagen, mientras su rostro todo grita sufrimiento. El hombre que porta un cartel con la inscripción dedicada a Fidel recuesta el brazo en la rama del árbol junto al cual está y llora sin recato. El combatiente que va sobre un caballo tiene la mano firme a un lado de la sien. El guajiro, la mano del sombrero sobre el pecho; la bandera en la otra, junto a la brida de su bestia. La niña de uniforme en la Plaza de la Revolución repleta de papeles, desolada tras el paso de una multitud, levanta su estandarte y saluda, con la congoja en cada gesto.Techos, escaleras, aceras, bordes de ventanas, postes de concreto y cuanto sirvió para encontrar el ángulo perfecto desde donde mirar el paso del Gigante, repletos de cubanos. Una mujer gruesa y muy blanca abre los brazos y su grito se sale de la fotografía.

Emerge, igual, el rezo de otra, negra, repleta de collares y con un turbante. Corta el aliento el niño sentado sobre los hombros del padre, mientras ambos sostienen un cartel en un camino por donde pasó la urna de cedro. Y ya cuando un señor limitado físico, en su taburete y auxiliado por un bastón, desgrana el sufrimiento desde el lugar adonde fue para ver el cortejo, mis lágrimas se funden con las suyas, como si fuera ese mi padre.

Imposible pasar indiferente junto a la exposición Yo soy Fidel, colocada este sábado 24 de febrero en el corazón de la ciudad. Inevitable que el corazón citadino y el humano se opriman ante la reverencia de los que vieron pasar, por última vez, al hombre al que quisieron como si fuera un familiar cercano. ¿Alguien dudará que Fidel era amado por Cuba?¿Alguien, una vez vistas estas fotografías, creerá que de verdad se fue?

La expo colectiva ha suscitado gran interés entre los espirituanos.

Bajo los escalones, sollozante, tras detallar en la semioscuridad a más muchachas, niños, mujeres, ancianos, hombres, con el dolor eternizado. Y al día siguiente vuelvo, a evocar nuevamente la partida, como para creer que sucedió.

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Un voto por Fidel

 

Fidel, mientras comparte un almuerzo con trabajadores cubanos.

Fidel compartía con el pueblo de tú a tú en cualquier circunstancia.

No son aún las ocho de la mañana y el desfile callado ya llega a abarrotar las puertas del colegio No. 1, ubicado en la espirituana Plazoleta de Hanoi. Alguien, más que en el apuro, en sus cavilaciones sobre cómo sería aquel primer amanecer sin Fidel en su círculo familiar y de amigos cercanos, dejó el carné de identidad y regresa a buscarlo.

Ya Manuela Plasencia Yera viene de regreso. “¿Ya?”, le pregunta la vecina que se acerca. “Ya”, responde breve la mujer cuyo domicilio queda en la propia nariz del espacio abierto. “¿Y por qué lo hiciste?”, le espeta la vecina. Pregunta por preguntar, porque a estas alturas ya a nadie en Cuba se le debería formular tal pregunta. Ella, medio descreída, repite la interrogante, pero enseguida comprende. “Bueno, es un deber de todo cubano”, alega, rotunda.

Pero la vecina ya ha votado y regresa a completar los datos de la entrevistada. Entonces descubre q  ue Manuela no es tan escasa de palabras como creía, que al regreso de la urna tenía de guardia la nostalgia, porque anoche vio la Gala Cultural conmemorativa del primer aniversario de la partida del Comandante. Pero ahora, con una sonrisa en los labios, habla en tono medio melancólico.

“Yo fui trabajadora de Comercio muchísimos años, de hecho, fui interventora. Antes de ser administradora allí, intervine la tienda Centro Serra, ahora llamada Color Centro. Si te fijas, una parte del techo es de placa y la otra no; es porque eran dos tiendas y las unieron luego. También intervine algunas unidades de víveres, como mi padre tenía víveres…”

Sus ojos claros, de esos que no abundan tanto en el país, se prenden como en una llama cuando revela que fue, además, alfabetizadora. “Tenía 21 años. No me fui a los montes, pero alfabeticé aquí en la ciudad”, especifica. Y en sus recuerdos la deja la vecina, ya que hay aún muchas historias por contar en este gris amanecer, con la fina llovizna amenazando y tantas réplicas a lo largo de Cuba del proceso electoral que tiene lugar a solo metros, donde radica la Dirección Municipal de la Vivienda.

A esas alturas ya el desfile ha ido creciendo y una pareja de mujeres toma rumbo a la calle Plácido. Una es la esposa del fallecido doctor Rolando Martínez Plasencia, primo de Manuela, y la otra, la señora que colinda con ella en la casona amarilla. “Nos pusimos de acuerdo desde ayer para venir juntas”, dice Aida, con su cabello salpicado de canas.

Alguien sale del colegio con los ojos bañados en lágrimas y apenas responde al saludo del trovador que está en la fila. Carlos Reyes es gran admirador de Fidel y no requiere otro argumento para hacer lo que él habría pedido a todos que hicieran.

Manuela también aludió al espectáculo televisado en vivo desde la escalinata de la Universidad de la Habana. Le impresionó la calidad de las interpretaciones, y los jóvenes con esos bríos, m’ ija, que la erizaron toda. “Fidel se merecía eso, y mucho más”. Habla como si se refiriera a un padre o a un abuelo. No se precisa pronunciar su nombre. Él, y eso flota en el aire mismo de esta mañana electoral, es el primer motivo para la inmensa mayoría de los cubanos.

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La URSS que yo conocí

En la ciudad de Sebastópol, junto a dos amigas nombradas Irina.

Como mismo quedó pasmada cierta vez al notar los movimientos pélvicos en el baile de una cubana, Verónica Nikolaevna Kulipánova, nuestra excelsa profesora de Historia del PCUS, se habría espantado al saberlo. Muerta como está, no tuvo que sufrir la decepción: en Sochi, durante el XIX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, al que decía tavarish, más por caducidad que por casualidad,  lo miraban de reojo. “Sir, así era como se trataba a todos”, me advierte la colega que habló de primera mano con varios delegados a la cita.

Pero si Kulipánova, partizanka durante la Gran Guerra Patria, viviera en estos tiempos, también le habría dado un patatús al escuchar a Vladimir Putin, el presidente del país más cercano a la Unión Soviética que yo conocí, decir que los errores del pasado no podían repetirse. Aludía no a cualesquiera errores, sino a los relativos a Josef Stalin y sus ya para nada secretas ejecuciones a quienes traicionaban o, según dicen algunos, hasta discrepaban del ideal que propugnaba su gobierno.

No conocí a Stalin, pero de haberlo hecho seguramente le habría estrechado la mano y le habría agradecido en nombre de la humanidad, no por lo que hizo y la respetable profesora no nos contó, sino por lo que hizo y sí sabíamos todos: contener, apoyado en una excelente estrategia de guerra, al ejército nazi de Adolfo Hitler y salvar al mundo de una hecatombe mayor a la que vivieron los antepasados de quienes habitan hoy todas aquellas repúblicas, entonces unidas,  e incluso otras naciones europeas. Hablo de Stalin como símbolo del poderío que dio la victoria a los soviéticos, no con varitas mágicas, sino con las entrañas entregadas en cada puesto del combate o de la retaguardia.

Que se estaba desmoronando el estado multinacional, eso lo percibí durante unos pocos días en Moscú en 1986, tres años después de graduada. Pero entonces, aferrada a la idea de que no era posible que algo tan grande se deshiciera ante los ojos del mundo, no interpreté las señales. Ella, la veterana profesora, junto a una poesía de Alexander Pushkin nombrada como yo, (todavía me pregunto de dónde la sacó) me envió aquella valoración lapidaria: “Tendrán que pasar lo menos siete décadas para que la URSS vuelva a reconformarse. Esto es algo terrible”, me escribía en la postal.

Suceda lo que suceda, nunca podré obviar en mis recuerdos los años vividos en la primera nación socialista del mundo, aquella cuyas manchas no vimos o preferimos ignorar ante el esplendor de una economía muy por encima de la nuestra, con libre mercado, enseñanza gratuita, acceso a los servicios médicos sin cheques mediantes y mucha calidez hacia los provenientes de la isla de Fidel Castro.

Un día como este 7 de Noviembre, burlando el viejo calendario ruso estaríamos desfilando entre globos, banderas y pancartas. Nos detendríamos junto al río Salguir, en la capital de Crimea (entonces de Ucrania, hoy de Rusia tras una maniobra para romper con el naciente nazismo en esa república) y hasta, cubanos al fin, gritaríamos cualquier cosa graciosa entre los Urra y los Viva.

No se muerde la mano que te alimenta, por eso prefiero pensar en la caída del socialismo en la URSS que nos acogió como una estratagema en la que no todos fueron responsables. De aclarar, por anticipado, que nada es casualidad, se encargaría el propio Vladimir Ilich, así que, de vivir, Lenin apuntaría a los errores de este, de aquel y de las masas populares y escribiría otro texto de trascendencia épica, al estilo de Un paso adelante, dos pasos atrás. Pero no se quedaría en el análisis, sino que trazaría un camino para los bolcheviques, ahora probablemente con otro nombre, pues ya, también probablemente, no serían el sector mayoritario, a saber.

Mientras daba cuerpo a una de aquellas tesis estudiantiles tecleadas en una rústica máquina de escribir no pudo pasar por esta mente, entonces juvenil, que casi 40 años después de pisar el suelo de nuestra segunda Rodina Mat (Madre Patria, como se le conoció durante la Gran Guerra Patria) teclearía estas líneas en un ordenador. Menos todavía, que tendría la expectativa de ser leída por algunos de los que me acompañaban en el aula e, incluso, por mi tutora de cuarto año en la tesis de Idioma Ruso. A la querida Tatiana Antonovna  Yaschenko la recuperé no del olvido, sino del probable extravío, gracias a otro alumno suyo, también de Cuba.

Días atrás, releyendo una de sus cartas donde me comentaba la preocupación con que siguieron desde allá la trayectoria de los huracanes Irma y María, pensando en nosotros, supe que no fue el azar lo que nos juntó allí y en aquel 1978.

Un padre periodista que indagaba en temas de trascendencia mundial y ella misma aprendiendo Español mucho antes de conocernos, por simpatía con los ibéricos que enfrentaban a Franco, no pueden ser sino causalidades. Así que le tengo, aunque no nos veamos, como tengo a Natasha desde hace tantos años, como tendré, de seguro, a otros en quienes pienso a menudo, Irina Udovik, por ejemplo, o alguna amiga polaca, africana, india o laosiana; o algún amigo cisjordano, tanzano, senegalés, sirio o iraquí. Son todas personas de mirada noble, alma limpia, sentimientos sanos.

Y aunque en las viejas fotos se respira aún el frío que algunas veces nos hizo tiritar, vivas están aún las sensaciones y vivos siguen los recuerdos. Nosotros éramos los primeros cubanos en la ciudad de Simferópol. Ellos, los primeros profesores o los primeros compañeros de cubanos, quienes nos conocieron, toleraron, respetaron e incluso amaron, según el caso.

Crea o no en lágrimas Moscú, se canten o no sus noches en las fiestas, suenen o no las balalaikas, recítense o no los versos de Pushkin, léanse o no las obras clásicas de la literatura rusa, soviética y universal; tómense o no el vodka y el té, dígase o no tavarish, seguiré amando a la URSS que conocí. Si las glorias palidecen me aferro al pasado, pues tiene mucho menos de oprobioso que otros pasados de quienes signan el presente.

Y no tengo que nacer en isla o país diferente para soñarme un quinquenio más dorado que aquel de juventud y otoños compartidos, porque, desperdigado por el mundo en muchos rayos, el haz de luces sigue iluminando. Y todo eso gracias a la Revolución de Octubre que allá, lejana, nos tendió la mano; gracias a una URSS que, para pesar nuestro y de la profe Kulipánova, se cayó y podría ser otra vez o no volver a ser jamás.

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