¿Qué tienen en común la visita de Donald Trump a Arabia Saudita, su mensaje a #Cuba, la crisis en #Venezuela y el ideario antimperialista de José Martí?

Gente del mundo, a la hora de evaluar a Donald Trump, miremos qué dijo José Martí: “Para conocer a un pueblo se le ha de estudiar en todos sus aspectos y expresiones: ¡en sus elementos, en sus tendencias, en sus apóstoles, en sus poetas y en sus bandidos¡”.

Cuba por Siempre

Por Justo Cruz

A simple vista nada, pero si miramos entre telones descubriríamos muchas cosas interesantes, por ejemplo:

El pasado 20 de mayo, día en el que tradicionalmente los anexionistas cubanos festejan el aniversario 115 del surgimiento de la República Bananera de Cuba, el multimillonario Donald Trump, devenido presidente estadounidense ofendiendo el decoro nacional y haciendo el ridículo, se dirigió al pueblo de Cuba de forma desvergonzada.

Ver la entrada original 922 palabras más

Publicado en Uncategorized | 1 Comentario

Chichí, Malú y el destierro de la homofobia

 Malú se pasea por las proximidades del parque espirituano sin que nadie le moleste.

Malú se pasea por las proximidades del parque espirituano sin que nadie le moleste.

Seguramente a él le habría gustado llevar otro nombre y no Mariano, como solía llamarlo su madre. Popular en el barrio de mi abuela por llevar chores cortos y estrechos, pulóveres anchos, chancletas metededos, cejas pintadas y un pelo desteñido a base de agua oxigenada, Chichí, como le conocíamos, fue el primer transexual con el que tuve contacto en mi vida.

Casi niñas todavía mis hermanas y yo, muy joven él, solíamos sentarnos en el portal de Aya a cantar las canciones de los Fórmula V y él en el quicio de su casa en la acera de enfrente. Con las piernas cruzadas, el rostro apoyado sobre una mano y la mirada azul perdida en la distancia, lucía meditabundo. “Balbina, yo quisiera ir a Dinamarca para que me operaran y me volvieran mujer”, le dijo un día a mi abuela, quien ni corta ni perezosa le ofreció solución: “Para eso no tienes que ir tan lejos, Chichí. Tráeme cuchillo y tijeras, que yo misma te corto el racimo y te hago la rajeta”. De risa fácil y trato cordial, pero de un humor negro que le venía de familia, Aya llegó a decirle cierta vez, ante la confesión de Chichí de que a veces tenía ganas de morirse, que eso resultaba muy fácil. “Déjame buscar una soga buena y te la doy pa’ que te ahorques”, le espetó y soltó la carcajada. “Ay, Balbina, usted tiene cada cosas”, sonrió con timidez él, que la veía como una válvula de escape.

Pena la de Aya, llanto callado el suyo y cese de sus bromas cuando se supo que Chichí no aguantó las incomprensiones hogareñas y tras una paliza de su hermano por andar presumiendo de lo que no era se prendió candela. Chichí murió y en el barrio quedó la anécdota de Idelisa, su madre, reprochándole siempre que salía de la cocina con la boca embarrada de borra de café: “Pero, Mariano, ¿volviste a chupar el colador, Mariano?”. Era como si todos quisieran olvidar la ignominia verdadera a la que fue sometido el primer homosexual que en Guisa había sido objeto no solo de discriminación, sino incluso de detención, un cautiverio que para él había devenido gloria. Según le había contado a mi abuela, allí logró consumar los deseos contenidos de relacionarse con gente como él.

Chichí me viene a la mente siempre que veo a Malú en las cercanías del parque Serafín Sánchez. Vestida de largo o con traje corto y medias negras, con uñas de acrílico, extensiones en el pelo y unos tacones casi siempre altos, Malú es la imagen de lo que le habría gustado ser al vecino de mi abuela. Aquel, de seguro, llevaría un nombre femenino y con mucho estilo. De imaginarlo así, andando sin que nadie se metiera con él, con las ropas que le viniesen en ganas y sin disimular el amaneramiento me siento un poco más feliz. Pero no sobrevivió para ver las transformaciones que en aquellos tiempos nadie podía imaginar. Lo mató su familia, la homofobia, el esquematismo, la doble moral y el desamor. Lo mató la Cuba intolerante que fue mi país alguna vez y que ojalá no vuelva a ser.

No sin cierta sorpresa he visto en estos días imágenes extrañas, por nuevas para muchos de nosotros. Nadie debería juzgar, ni mucho menos odiar a un gay o a un transexual por el mero hecho de serlo. El alma está primero y la de Chichí era noble y clara. Si me faltasen argumentos para defender a gente así, él sería la excusa. Que hubiese podido operarse y casarse quizás, o andar por ahí, exhibiendo sus ropas y su cuerpo sin que lo persiguieran o le echaran en cara la aberración que jamás tuvo. Eso habríamos querido los chicos del barrio de mi abuela y un poco más allá en el pueblo.

Siempre que veo a Malú —antes no comprendía por qué— procuro que se sienta a gusto si le tengo cerca y puedo entablar diálogo con ella mientras tomamos un café a un costado del bulevar. El rumbo de lo que llaman lucha contra la homofobia en Cuba está por verse. Yo preferiría hablar de destierro, de uno que no tenga destino, más bien de exterminio.

Quisiera no saber, por ejemplo, que la mujer “comecandela” de la esquina, ahora mantenida por el hijo residente “afuera”, no alcanzó a rociarlo con alcohol en su infancia y prenderle fuego porque la abuela se lo quitó de alante. Debido a la orientación sexual “equivocada” lo echó de la casa y ahora recibe de él, aunque procura que no los vean juntos en el barrio.

Chichí y Malú son dos modelos discordantes en el mundo heterosexual donde he vivido. Hay muchos más, pero me son menos cercanos. Ojalá a todos y a los por venir les toque en suerte un destino mejor que el de la burla, el suicidio y, en el peor de los casos — como sucede ya en tantas partes del convulso planeta que habitamos— el homicidio por bárbaros que se las dan de “súper elegidos”.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , | 16 comentarios

Un abuelo el Primero de Mayo: Yo me le pegué a la gente de Cultura

Urbano Hernández acudió a la cita porque se siente patriota.

Urbano Hernández acudió a la cita porque se siente patriota.

Camina delante, justo cuando nos dispersamos tras el paso de nuestro sindicato frente a la tribuna. Por detrás parece un anciano desvalido. Uno de sus zapatos está desacordando, pero marcha feliz, no sin aparente fatiga, y lleva en sus manos una bandera cubana de papel.

Conmino a mi colega a fotografiarlo, me le acerco y entablamos la plática. Está recluido, me dice, en el Hogar de Ancianos del municipio cabecera. “Salí temprano, no encontré a los demás y desfilé solo, lo importante era estar aquí”, explica con leve sonrisa. “¿Y por qué vino usted al desfile?”, le espeto a riesgo de revelarme como la curiosa que soy. “Porque soy patriota”, dispara sin dilación. Y cuenta, luego de cada pregunta, pasajes de su vida, la que comparte desde hace 40 años con su esposa. “Ese es el amor más lindo que hay en Cuba y ella, la mujer más hermosa que jamás se haya visto”, explica, entusiasmado, como midiendo cada palabra.

Nos abrimos paso por la calle Carlos Roloff, entre los trabajadores que aguardan su turno en el desfile. Yo, colgada de su brazo, como para protegerlo cuando en verdad él me protege a mí. “Puedo andar leguas caminando, una vez fui a pie de Cabaiguán a Placetas”, precisa ante mi asombro por su agilidad. Y narra acerca del trance que lo llevó al asilo donde se encuentra hace ya casi un año: “Un sobrino de ella le consiguió la plaza ahí, ya no podía valerse por sí sola. Yo vine a acompañarla, hasta que se adaptara, porque ella nunca ha querido separarse de mi. Y terminé quedándome. No, juntos con nadie, en un apartadito ahí al lado del de las enfermeras, arrimamos las dos camas. Yo hoy tuve que esperar a que una asistente llegara para poder venir”.

“Bien, bien”, comenta acerca del trato que reciben en la casa de cuidados. Y lo cuqueo para que amplíe los motivos de su presencia en la plaza Serafín Sánchez esta mañana. “¿Tú sabes cuál es mi gallo de pelea ahora? Raúl. Antes lo fue Fidel. Mucha alcantarilla que tuve que cuidar cada vez que en la Habana había un Congreso o algo importante. En Punta Diamante, donde tengo mi casa, yo era persona de confianza. Nací en El Purial, por allá por Cabaiguán”.

Se detiene, hasta que de nuevo le busco “las cosquillas”. Integró el Ejército Juvenil del Trabajo y cortó caña, mucha caña. “Mil arrobas en la zafra del 70 me tocó cortar”, precisa. Y no habla mucho más, porque no es hombre de andar proclamándose a los cuatro vientos. No sabe que me recuerda a mi padre, sobre todo cuando me dice que el próximo 15 de junio cumplirá 91 años. “Ese día es también el cumpleaños de la muchacha que nos corta las uñas allá en el asilo”, agrega. “Y de aquel hombre que va allá con un pulóver que parece la bandera cubana, compañero de trabajo nuestro”, agrego mientras apunto a Luis Herrera, unos metros más adelante. Lo encamino para que siga rumbo hacia su destino. Paramos en la Avenida de los Mártires y tomamos un jugo de tamarindo, que acepta medio receloso, porque insisto en pagar.

Le indico por dónde se llega a la redacción de Escambray y no quiero perderlo de vista entre la multitud antes de saber cómo presentarlo en estas páginas. “Urbano Hernández Hernández, para servirle, pero me dicen El Machazo”, informa mientras esboza una sonrisa pícara. No me juega el apodo con la persona, así que solicito argumentos. Y él me los ofrece. Cierto día, hará seis o siete años, precisó de una operación urgente para extraerle lo que resultaron ser “como diez cálculos en la vejiga que parecían huevos de paloma”. En el “Camilo Cienfuegos” no había camas. Apareció una, pero en una sala destinada a mujeres. “Entonces hubo quien cuestionó aquello y yo me sentí medio incómodo, hasta que una de las mujeres dijo en alta voz: déjenlo aquí, que él es El Machazo de esta sala”. Después no he conseguido que me llamen de otra forma”.

Los 20 minutos de caminata me han rendido como por dos horas. En medio de la charla, volvimos a ver a Aracelia, la colega que lo había fotografiado solo. Esta vez cuento con la anuencia de mi interlocutor para que ella nos tome una foto juntos. Y le doy mi bandera, que a diferencia de la suya tiene su asta y quizás le sirva en el próximo desfile. Pero una última duda me asalta. ¿Cómo es que se nos apreció así de pronto en el camino? Indago nuevamente y una mezcla de asombro con orgullo se instala en mi estado de ánimo, como para colorear este Día del Proletariado Mundial: “Yo me le pegué a la gente de Cultura”.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , | 3 comentarios