Fidel era tocable

Fidel, mientras comparte un almuerzo con trabajadores cubanos.

Fidel compartía con el pueblo de tú a tú en cualquier circunstancia.

Ellos, los humildes que le rodean en la foto, deben andar bebiéndose las lágrimas. Hoy los envidio: muchos nos bebemos las lágrimas y no podemos decir que almorzamos con Fidel. No en mesa de lujo, sino en una bandeja, como en los tiempos de las Escuelas al Campo, cuando aprendimos a crecernos aunque estuviésemos lejos de casa.

Sin andar rebuscando pueden hallarse centenares, miles de fotografías en las que Fidel está con el pueblo. Mejor aún: pueden hallarse millones de recuerdos que atestiguan lo mismo. No en una campaña electoral donde promete puentes sobre ríos que no existen, sino en el suelo, donde quiso estar siempre. Bajó del edificio desde el que les hablaba a los espirituanos para fundirse con la gente aquel 6 de enero y en Matanzas solo lamentó “que este balcón está muy alto y yo estoy muy lejos de ustedes”.

En Santa Clara dijo que el destino para Cuba tenía que ser grande “porque nuestro pueblo se ha puesto en marcha, nuestro pueblo está de pie y está decidido a cualquier cosa”. Entonces, explicaba, “solo dos cosas pueden ocurrir: o logran lo que se proponen y conquistan aquello a lo que tienen derecho, o hay que exterminarlos, hay que desaparecerlos, porque sería la única manera de impedir su triunfo”.

Fidel era tocable. Podía vérsele o estrecharse su mano lo mismo en un campo de caña que en una fábrica, un bohío o una escuela. Su ocupación mayor era ese pueblo al que siempre acudió por duro que resultase el momento. Jamás dijo que sería fácil. Desde el primer momento advirtió que en lo adelante todo podría resultar más complicado y cada vez estuvo ahí para decir lo que se precisaba en ese instante.

Siempre que hablaba tenía presente que se dirigía a un país a cuya historia había entrado para enderezarla, luego de humillaciones, intervenciones y traiciones disímiles. Justo a lo que no haría la naciente Revolución aludía en el instante en que, aquel 8 de enero inolvidable, una paloma se posó en su hombro y coqueteó con su cuello. No era la única. Como enviadas de Dios, los símbolos de la paz intuían en él al elegido y lo rodearon durante minutos.

Ahora lo miro en un trabajo voluntario con el placer presente en cada gota de sudor. Lo veo mientras besa a una niña con los ojos cerrados y la ternura danza en esa imagen, como danza en tantas otras captadas por los lentes de las cámaras fotográficas, o por los de video. Nada de poses, nada de falsedad. Fue siempre él, todo escudo de la humanidad, todo esfuerzo armónico para un mundo mejor que diseñó con anticipación de visionario.

La mujer argentina que en el documental, mientras le escucha, estruja sus manos contra el rostro emocionado, como pensando: este hombre es de otra galaxia, tiene razón. La norteamericana de origen africano que allá en Harlem exclama que él es bello, que es bueno, también está en lo cierto.

No componía discursos vanos para agradar a algunos. Improvisaba a cada paso, con los pies y la mente bien puestos en la tierra, en lo que estaba por venir y en lo que había que hacer. Y ahora, que ya se va junto al Maestro que le sirvió de inspiración, sigue impactando sin perder ese don de ser tocable.

Cuando te pasa a escasos metros en la urna de cedro cobijada por la bandera tricolor, sigue siendo accesible. Lo sabes porque le has escuchado y has leído no solo sus textos, sino también sus labios. Y porque no te mira desde lo alto de un pedestal, sino desde la calle, junto a la multitud, bajo llovizna o sol. Solo que la emoción te paraliza y desfalleces, como la otra vez, cuando el abrazo se te quedó en las ganas. Pero logras accionar con el índice, porque piensas en él más que en esas cenizas en que se convirtió. Y lo eternizas así, de verde olivo, rumbo al Oriente. Y le dices que vaya tranquilo, porque su pueblo está de pie.

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Se vale no creer

 

Del Fidel de la Sierra Maestra escuché hablar desde mi infancia.

Así lucía él cuando yo me gestaba en el vientre de mi madre.

No creer, como cuando perdiste a tu madre. Esa es la idea, aunque la asumes, como aquella vez, automáticamente. Irte a dormir y olvidarte de la bomba que acaba de soltarte por teléfono Pastor Guzmán, el fundador. Cerrar los ojos, no pensar y a los pocos minutos, atender la segunda llamada, y la tercera, y decir: ya lo sé.

Estar tendida, con el pecho agitado aunque no quieras. Y a las 5:00 am el despertador automático te confirma que lograste dormir, aunque no sabes cuántos minutos. ¡Una pesadilla!, quieres tranquilizarte. Pero prendes la televisión que has estado evitando desde las 12:13 de la noche anterior y ahí está el Raúl que escuchaste de fondo, mientras Borrego te decía que “es de madre”, Raúl con la serenidad que sabes que no tiene, repitiéndolo por quincuagésima vez en la retransmisión de la noticia.

Y te confirman que sí hay acto en Limones Cantero, aunque el matiz del mismo se cambió. Sales a la penumbra y el primer custodio te mira con cara de quien ya se enteró. Al hombre que está junto a su puerta le dices: “Malos días” y ni te crees el saludo que acabas de inventar. Pero él te entiende, porque ha estado escuchado Radio Reloj, como tantos en Cuba.

Los nietos de Neisa, una de las primeras alfabetizadas de la isla, quien en minutos saldrá para el lugar donde mataron a su maestro hace 55 años, te ofrecen sus declaraciones y salen junto a ti en el microbús de la prensa. Pero apenas minutos después,  mientras te piden que les muestres la torre de Manaca Iznaga el vehículo vira en U, porque ya no habrá acto. No es broma de Yoan, el camarógrafo, quien “comanda” el equipo.

Y vuelves y le extraes a Neisa y a su hija las palabras que no vinieron a decir. Obvias al esposo de la mujer que sostiene en su mano un diploma firmado por Manuel Ascunce, quien combatió a los bandidos en el Escambray, porque su corazón pende de un marcapasos y no le quieres incrementar las emociones que ya lo agitan desde antes del amanecer. Transcribes todo, pero no puedes escribir palabras propias. ¿Cómo es que alguien ya lo evoca como a quien hizo, dijo o enseñó? Él para ti es presente. Pero mientras caminas hacia la redacción los pies te pesan y nadie se saluda, nadie habla. Todos se comunican con los ojos.

Ya has llorado, pero no bastante. Ves y lees las crónicas de otros y admiras el que puedan hilvanar ideas. Necesitas caminar, visitar a un amigo, escucharle decir que seguiremos sin el hombre que es faro para ambos. Tú, en lo particular, lo llevas en tu vida desde un mes antes de la Revolución, cuando tu madre te presintió en su vientre. ¿Habría llorado ella?, ¿Qué haría tu padre en una circunstancia como esta?

Tu hija ha llamado desde España; dice que de repente se le entraron ganas. Te pregunta cómo están tu salud y tu ánimo y disimulas un poquito, aunque ella te conoce. Ves la Mesa Redonda de punta a cabo y esperas el Noticiero estelar, pero ahí está Fidel despidiéndose en el VII Congreso del Partido y corres a la cama a llorar sin consuelo. De nuevo quieres que amanezca, porque ni Polo Montañez, ni Silvio, ni Rocío Durcal o Roberto Carlos consiguen mitigar tu pena. “Al ánimo, al ánimo, la fuente se rompió. Al ánimo, al ánimo, volverla a componer”, te repites de pronto, como aferrándote a una idea. ¿Se compondrá? Y amanece de nuevo.

No pensaste que alguien necesitara preguntarte ayer cómo estabas y cuando respondiste y ese alguien se sorprendió dijiste, para tu propio asombro, lo que hoy descubres que es verdad, por más te lo niegues, por más que intentes no creer. Quieras o no, rechazas ahora mismo actuar como la periodista e intentas ser, apenas, una cubana a quien se le murió Fidel.

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Manuel Ascunce Domenech: cuéntame de Sagua

A 55 años del crimen que robó la vida al joven alfabetizador Manuel Ascunce Domenech y a su alumno, el campesino Pedro Lantigua, emergen detalles que conminan a no olvidar la historia

En Limones Cantero, Trinidad, están no solo el bienvestido con la huella del crimen y el monumento en memoria de los allí masacrados, sino también la Casa Museo, donde, entre otras pertenencias del joven alfabetizador nacido en Sagua la Grande, un almanaque tiene marcados, con una cruz hecha a lápiz, cada uno de los días desde el primero de noviembre de 1961 hasta el 25 del propio mes.

La jornada siguiente, en la noche, entrarían los bandidos disfrazados de rebeldes a la casa y él, lejos de huir de una muerte a la que siempre temió, declaró ser justamente la razón del ataque enemigo: el maestro que llevaba luz adonde la ignorancia oscurecía el entendimiento. Poco después se consumaba el asesinato.

“Estoy perfectamente en mi casa nueva aquí en Limones, vieja, estoy ahora en casa de Pedro Lantigua, y queda muy para atrás, así que no puedes venir pues es muy lejos del camino”, le escribía a Evelia, su madre, el día 24 en su última carta. Se declaraba “de lo más contento” porque podría acabar su misión el 30 de noviembre, “a pesar de tener tres alumnos”. Indicaba le enviara un giro a nombre de Gladys E. Martínez, a quien llamaba la maestra y fungía como su asesora. La firma de Gladys aparece en la parte izquierda del único certificado que se llegó a entregar dando cuenta de que alguien había sido alfabetizado por él en aquel lomerío trinitario.

Contrario a lo que muchos piensan, Manuel Ascunce llevaba si acaso 20 días en casa de los Lantigua, pero había permanecido por cerca de tres meses en donde los Colina, en alusión al segundo apellido de Juan Fernández, de cuyo matrimonio con Teresa Rojas nacieron varios hijos. No obstante fue Neisa, la muchacha a quien le celebraron con un kake helado traído por los padres de Manolito los 15 años, que completó el 8 de octubre, la única alumna aventajada que recibió de sus manos el diploma. Sucedió, recordaría ella, en un acto en el amplio salón de Condado, donde muchos otros brigadistas también se estrenaban en el fin de su primera encomienda.

Fechado en el término de Trinidad de la entonces región Escambray el 5 de noviembre, el papel muestra la firma de quien pidió a su madre primero ropa para los niños, algunos zapatos para Neisa y vasos, porque los de la casa estaban hechos de botellas recortadas. En la carta donde dos veces la alertaba de que no viniera a la nueva casa, ya que, aunque no lo decía, temía por ella, solicitaba paquetes de almidón y unas cuantas camisas y pantalones de su padre y de Pepe. “Ya me dieron el farol hace como dos o tres semanas y trabajo de lo mejor (…), dile a papi que busque camisetas para el farol chino. Y cuéntame de Sagua (…) escribía.

Aunque venía de una ciudad, en casa de los Colina no solo jugó a las bolas y a la pelota, sino también cargó agua de un pozo, buscó leña para hervir y ayudó en algunas labores de campo. Lo recuerdan castaño, fuertecito, elegante, algo tímido y muy respetuoso.

“Pero su mayor interés era que yo aprendiera a leer y a escribir”, rememoraba Neisa 15 años atrás, cuando un equipo de Escambray la entrevistó en Cascajal, Villa Clara. Su memoria, ahora anclada en Placetas, viaja cada mes de noviembre al árbol que, como símbolo de la obstinación bárbara de quienes no quieren en Cuba a un pueblo instruido sigue en pie allí, en Limones Cantero.

A pesar de aquel crimen y de otros de la misma índole, la campaña cubana en favor de la cultura no se detuvo. En apenas meses el país movilizó a 34 772 maestros y profesores voluntarios, 120 632 alfabetizadores populares, 13 016 brigadistas Patria o Muerte (del sector obrero) y a más de 100 000 jóvenes para integrar las brigadas Conrado Benítez, a las que pertenecía el sagüero de tan solo 16 años.

Quizás en simbólica coincidencia, veintiséis días después de que quedaran truncos los sueños de Manolo, como se firmara en la carta a Evelia dos días antes de morir, en la Plaza de la Revolución Fidel anunciaba con orgullo lo que todavía suscita admiración en todo el planeta: Cuba se había convertido en territorio libre de analfabetismo.

 

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