Hagamos el amor

Nuestra calle en Guisa.

—Podemos echar un palito si tú quieres — dijo él casi en un susurro, levantando levemente la cabeza.

—No se puede, porque yo soy tu hija y tú eres mi papá —, dijo ella, entre azorada por el matiz de la propuesta (más bien por el léxico) y conmovida por la resurrección del amor.

—No se puede, ¿eh? —replicó él en tono meditabundo, con la mirada repleta de ayer.

—No se puede —reiteró ella con los ojos húmedos.

Entonces él, sobre la cama en la que descansaban, con una pierna doblada y otra extendida, colocó de nuevo su cabeza sobre el vientre de Ella, donde se refugió por más de tres décadas hasta que Ella se fue a la tumba.

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Danny Glover, del lado correcto de la historia

Junto al río Yayabo, Danny Glover recibió información acerca de la villa y departió con la prensa.

Junto al río Yayabo, Danny Glover recibió información acerca de la villa y departió con la prensa.

“¡Welcome, Danny Glover!, exclamo, como queriendo romper el hielo ante la expectación. Él simula regresar, presuntamente sorprendido, y una vez enrumbado nuevamente hacia el interior de la Casa de la Guayabera, donde una multitud lo aguarda, me señala sonriente y dice: “¡Fuiste tú!”

Dos besos a cada quien, uno por mejilla, aunque ello implique desatender las explicaciones sobre la fundación de la villa y la confección de la prenda nacional. Luego de escuchar que se le esperaba enfundado en una y que la donara a la institución, Danny Glover comenta, entre carcajadas, que podría comprar una y luego donarla. De la amarilla que vistió el día en que recibió la condecoración en la Habana, advierte, no se deshará, porque con ella quiere llegar a San Francisco. Pero comprará una y antes de entregarla con su firma la usará un rato, como le ha sugerido el propio Carlo Figueroa, director del proyecto sociocultural.

Luego de saciar su interés por la arquitectura de la Iglesia Mayor y sus atributos moriscos, en lo que mucho ayuda Antonieta Margolles, la historiadora de la ciudad que también le sorprende con un I’m here cuando percibe que se le necesita, el hombre alto presencia cada una de las prendas atesoradas en el centro y escucha a quiénes pertenecieron. Allí está la blanquísima camisa de alforzas que vistiera Fidel en Cartagena de Indias el día en que dejó al mundo boquiabierto al presentarse por primera vez sin su atuendo verde olivo.

Pero antes la figura del momento ahora mismo en las villas de Sancti Spíritus y Trinidad, de donde acaba de regresar, indaga si puede comprarle una guayabera a su hijo y pide permiso para probarse la suya, la roja que lo cautivara y que minutos después lo hiciera sudar a mares, hasta que la brisa proveniente del Yayabo, por fin, lo refrescara un poco. Alguien le extiende un periódico; alguien, un abanico. Finalmente llega el agua, primero, y el daiquirí después.

El hombre negro que ha derrochado histrionismo en el cine estadounidense no es visto aquí tanto como el tremendo actor que es, aunque bien se sabe lo conocidas que son en Cuba sus películas, como por su enorme activismo social. Si hubiese que buscar el “filme” que lo consagró en su trabajo de solidaridad ahí está The cuban Five, la causa que lo absorbió en busca de la excarcelación y el regreso a la Patria de los cinco antiterroristas cubanos retenidos en cárceles de los Estados Unidos. “Esa fue solo una batalla de una guerra mucho más larga”, advierte cuando alguien le toca el tema.

Y el tema lo toca no cualquier periodista, sino Enrique Ojito, el colega de Escambray que le extiende un ejemplar del periódico, fechado en 2012, donde aparece la entrevista que se le realizara por teléfono, gracias a la coordinación de Alicia Jrapko, y donde hablara extensamente sobre su participación en el movimiento por el regreso de Gerardo, Antonio, René, Ramón y Fernando. ¿Se perdió alguien el video promocional de Glover en aquella campaña donde narraba la historia de Gerardo y el pajarito? Lo dudo, pero si lo hicieron, busquen ese video.

Danny Glover asegura que la extraordinaria misión de estos hombres contribuyó directamente a salvar las vidas de cubanos aquí, dentro de la isla. “Eso no es fantasía, no es una hipérbola, es real. Lo que hice es algo que yo quería que todo el mundo supiera y el hecho de que ya estén libres, en casa y llevando adelante sus responsabilidades como ciudadanos de Cuba, pero también como ciudadanos del mundo, es una tremenda victoria para todos nosotros”, amplía su punto de vista.

Está admirado con Cuba. Ha visto un extraordinario nivel de imaginación de sus ciudadanos. “Esto es simplemente una muestra de respeto y amor por los hombres y las mujeres que han hecho una tremenda contribución a la humanidad”, declara mientras las aguas no tan limpias como apacibles se mueven tímidamente tras él. Un río historia tras el hombre leyenda.

Piensa ante todo, dice, en los ciudadanos, en su respuesta orgánica, en su alto sentido del compromiso y de vinculación con el sistema, “por lo que la Revolución Cubana es una transformación continua”. Ahora, escuchándole, me siento más orgullosa de mis conciudadanos. Y refuerzo la idea al percibir lo que sigue en sus declaraciones: “El haber participado en esta campaña de millones y millones de personas en defensa de los Cinco, en defensa de Cuba y del pueblo cubano, ha sido uno de los momentos de mayor orgullo en mi vida”.

La idea del riesgo es subjetivo, alega una vez que Ojito le habla del que corrió él al enrolarse en ese movimiento. Él niega que lo hubiera de parte suya. “Esos hombres que tomaron esa tremenda responsabilidad con un gran riesgo deben ser recordados siempre no solo por el pueblo cubano, sino además por los pueblos del resto del mundo”, le escucho mientras sus ojos brillan y su gestualidad subraya las palabras. Percibo, entonces, que el sentimiento de Danny Glover es inmenso. “Estábamos en el lado correcto de la historia”, se le escucha sentenciar y sus palabras se me antojan el título de la película que tal vez le habría gustado protagonizar.

Entonces habla de todos los orgullos que experimenta mientras está allí sentado: lo que los habitantes de este archipiélago han hecho, esa enorme rueda del pueblo cubano que es el líder Fidel Castro y que los Cinco estén en casa.

Le anima sí, la relativa apertura que permite a los de acá vincularse más con los de allá y a los estadounidenses, “aunque con limitaciones y hasta cierto punto”, viajar a Cuba. “Pero el embargo no ha terminado, nuestra lucha ahora es terminar el embargo, que es inhumano e ilegal y está en contra del pueblo cubano, porque eso está en contra del pueblo cubano”, se le escucha enfatizar.

Y habla luego de voluntad, de determinación para defender dignidad y soberanía, de momentos difíciles que “te hacen más fuerte y más resistente”, de circunstancias adversas, casi inimaginables. Ha respondido a la última pregunta. Lo deja bien claro el traductor en inglés y hasta alguien en español. La interrogante que tengo en mente queda, pues, en el tintero. En una visita de descanso no me animo a exigir más del ídolo de la filmografía de Hollywood que sonríe ante nosotros, como dispuesto a continuar entregándose. Así que finjo no entender, sobre todo porque nadie traduce, cuando él indaga: Is this all? No more? Danny Glover ya dijo suficiente.

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Neisa, Ascunce y Fidel

El día del fallecimiento de Fidel Castro Neisa se hallaba en Sancti Spísitus.

Sin Fidel, la neisa de la historia sería analfabeta, declara Neisa.

Ella, Neisa Fernández Rojas, la única persona cuyo nombre apareció en un Diploma de Honor firmado por Manuel Ascunce Domenech como alfabetizada por él, estaba en Sancti Spíritus la noche del 25 de noviembre pasado. Se aprestaba a participar en el acto nacional por el aniversario 55 del asesinato del joven sagüero radicado en La Habana, acaecido cuando ella tenía solo 15 años y él, 16.

Apenas anochecía en el momento en que recibió la fotocopia del diploma, extraviado tiempo después de que ella lo donara para la Casa Museo de Limones Cantero, en las estribaciones del Escambray trinitario. Su alegría era perceptible. Habló de Fidel, del día en que por indicación suya bombardearon con juguetes la demarcación donde ella vivía. “Entonces, por primera vez, vi una muñeca de verdad y ya estaba a punto de cumplir 13 años”, diría, nostálgica.

Neisa no se perdona no haber cursado estudios que la prepararan más para la vida. Cuando lo decidió, algo después del asesinato que pondría en su rostro un hálito de tristeza permanente, su madre, con la barriga llegándole a la boca, le dijo que debía ayudarla. Parió entonces y parió después y ella siguió, como la hija mayor que era, al frente de las tareas domésticas. “Siempre me he sentido en deuda con Manuel por eso, él que tanto hizo para que yo aprendiera a leer y a escribir”, confiesa con un libro en las manos. Es uno de los no muchos que ha leído y releído porque contienen pasajes de la vida de su ídolo de carne y hueso. Persigue cada periódico donde se narran los hechos de aquel día cuando en su casa vieron por última vez a Manolito, como le llamaban al muchacho.

“Nunca dejó de visitarnos, era casi como de la familia”, rememora mientras me muestra la muñequita plástica que él mandó a buscar con su madre, Evelia Domenech, para regalársela a su hermana Vidalina, entonces la bebé de la casa. Mañana, por fin, volverá al sitio que no ha visitado por casi 20 años. No, al menos, en la fecha lacerante del 26 de noviembre. Esta vez irá acompañada de su esposo, quien participó en la Lucha Contra Bandidos y asumió la crianza de sus hermanos cuando el padre murió; de la hija y de los dos nietos mayores. Luego de grabar en su voz revelaciones sobre el suceso épico insisto en que vaya a dormir temprano, dado su nerviosismo y las emociones que le esperan. Lejos, muy lejos estoy de imaginar que la aguardan, no solo a ella, sino a Cuba en pleno, emociones peores.

Habrá acto en Limones Cantero, pese a la noticia que desde la medianoche tiene en vilo al archipiélago, la misma que ha partido en dos su historia. Lo sé pasadas las cinco de la mañana luego de llamar al funcionario del Partido que 10 minutos antes del “sacudión telúrico” me dejó en la puerta de la casa. Y allá me voy, adolorida, y entrevisto a los nietos de Neisa, quienes viajan en el microbús de la prensa. Pero la contraorden sobreviene enseguida: el acto ha sido suspendido.

“¿Qué te puedo decir? La Campaña de Alfabetización fue idea de él. Sin Fidel la Neisa de la historia sería analfabeta”, musita cuando la encuentro, de regreso, en el Hotel del Partido, donde siente un dolor similar al de aquel 26 de noviembre de hace 55 años. Las coincidencias la han traído aquí en el día más triste para ella desde entonces.

La pesadumbre de la noche anterior parece haberse multiplicado por cien, por mil, por un millón. Sus ojos son dos cuencas húmedas que miran sin ver. Sobrecogidas ambas, decido que el testimonio de esta mujer debe quedar guardado para más adelante. Desde ahora no habrá otro tema en la prensa cubana que el deceso del hombre gigante, el que la puso frente a mí, el que colocó a Ascunce en su camino y a miles de alfabetizadores y maestros voluntarios en el camino de los más pobres de Cuba, para que fueran instruidos y, por lo tanto, libres.

Se va a su casa, en Santa Clara, sin la visita al bienvestido que aún guarda la huella de las torturas a Manolo —así firmaba él en su carta a Evelia fechada el 24 de noviembre— y a Pedro Lantigua. Se va con el corazón de luto doble, con la herida abierta, con la ganancia única de que el destino hubiese unido por segunda vez a los dos hombres que más hicieron por ella en la misión que la sacó de las tinieblas y la llevó a la luz.

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