Mucho adentro, poco afuera

De mi aporte a la amiga solo podíamos ver, como decía ella, la tela; es decir, los periódicos con que vistieron los trajes esplendorosos del desfile de modas. Y eso, una parte, ya que mi amiga juntó tantos que se iban más allá de los ejemplares de Escambray y Juventud Rebelde donados por mí. Ni brillo ni lentejuelas en los atuendos; solo titulares y textos impresos, y eso me recordó a José Martí: mucha tienda, poca alma.

Pero el desfile cerraba un espectáculo de lujo, así que sentí cierta satisfacción al ver a las muchachas exhibir los diseños, que iban de lo menos a lo más fresco y moderno. De atrevimiento en la puesta en escena había, si acaso, algún vestido corto. Ni siquiera en el diálogo humorístico entre Estelvina y Sandalio, tan bien encarnados por una pareja de alumnos que sacaron algunas carcajadas, se respiró el más mínimo aire de obscenidad.

Mientras me deleitaba con las actuaciones de los discípulos de Décimo 6 me decía que cosas como esta deberían hacerse a menudo en las escuelas. No era en el colegio donde transcurría la obra, sino en el cine Conrado Benítez de la ciudad de Sancti Spíritus, al que acudieron las familias y algún que otro conocido o vecino, más algunos profesores y la dirección del plantel. Pero las madres y los padres debieron esperar en el parque, porque hasta minutos antes de subir el telón las exigencias del profesor de Cultura Artística obligaron a los muchachos, en el mejor sentido de la palabra, a repetir el canto, el compás, la pronunciación, las ideas.

Una novia para David y sus hondas lecturas de mediados de los 80 se adueñaron de los minutos que siguieron a canciones cubanas de esas que marcan épocas. No todas fueron ejecutadas con idéntica precisión, pero puedo jurarlo: lo que vino después hizo olvidar cualquier desatino. Yerran, al fin y al cabo, solo quienes se atreven a arriesgarse. Ahora que lo miro, erré yo al comienzo al hablar de atrevimiento: atrevido fue todo cuanto se hizo la tarde del sábado 12 de mayo sobre las tablas de la citada sala de cine.

No importa que se quedaran a medio oír los breves diálogos de Ofelia y David (los alumnos que los interpretaron, digo), porque se recreó la atmósfera del filme y, sobre todo, se habló de respeto a lo diferente y en apariencias contrario a lo grupalmente aplaudido. Por momentos, aquel no era el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVCE) Eusebio Olivera, sino el pre donde transcurrían las vivencias de los protagonistas de la película.

Ni importa que nadie de los evaluados —porque no he dicho que se trataba justamente de un espectáculo al final del cual todos recibirían una calificación— se gradúe de Historia del Arte, porque allí se expusieron datos e imágenes referentes a María Teresa Vera, Elena Burque y el cuarteto Las D’Aida, Alicia Alonso, Sara González y otros exponentes de la cultura cubana, como parte de la cultura artística general.

Se evocaron en danzas y canciones, además, los valores de grandes hombres que conforman la acuarela histórica y cultural del archipiélago, cuya bandera ondeó en una coreografía. Nada de lo dicho, no obstante, supera el hecho mismo de que los adolescentes actuaran por mediación del canto, el baile y la palabra improvisada, mientras eran entrevistados por los conductores —ella, profesional; él, estudiante—, o de que expusieran su propia apreciación del hecho artístico por ellos representado.

Fue un suceso que trascendió lo puramente familiar para constituirse en una muestra de lo que puede lograrse con ganas y empeño. Porque, justo es decirlo, nadie puede llevarse el mérito del resultado final si no se suma su esfuerzo al de los estudiantes. Ni estos habrían logrado mucho sin la contribución de sus allegados.

Quizás sea la única vez. Así resumió el director del plantel el experimento que constituye la impartición de la asignatura en el Décimo Grado allí este curso, como parte del capítulo espirituano del tercer perfeccionamiento del sistema educativo cubano. Han sido tantos espectáculos como grupos del grado hay en el instituto; yo asistí solo a uno. Es muy probable que no se impartan más conocimientos así en Cuba, pero con toda certeza nadie de los participantes olvidará el examen sobre las tablas que tuvo la suerte de vencer.

Ella, la hija de mi amiga, estaba en riesgo de recibir una nota baja, a pesar de ser una alumna sobresaliente. Tímida al fin, aunque no la única con esa particularidad, ni cantaba ni comía frutas, decía su madre. Esa tarde le hallamos en Internet los encendidos versos de Sor Juana Inés de la Cruz y la niña se sintió tocada. No dijo nada, pero se llevó las estrofas y sé, porque me lo contaron, que se aprendió más de un título en que la mexicana retaba a “hombres necios” por condenar a la mujer de su tiempo.

Todos hicieron una buena ejecución; había muchos menos varones que hembras. Como varias otras, la hija de mi amiga lució su traje de papel y formó parte de la coreografía, casino incluido, que siguió al desfile de modas y a una conga bajo los acordes de Que suenen los tambores. Ella y sus amiguitas lucieron, en resumen —y se veían felices de hacerlo—, su noción sobre el arte que vale aquí (aunque no solo aquí) o sobre la cultura que sí es arte. No hubo allí, por cierto, ni una pizca de reguetón.

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Díaz-Canel en su primer discurso: pelear cantando, bailando, riendo y venciendo

Cuba, elecciones, Miguel Díaz-Canel, Fidel, Raúl, Revolución

El nuevo presidente de Cuba ratificó su compromiso con el legado de Fidel Castro.

No empiezo aludiendo a él como al Presidente de Cuba, o como al Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República. Digo Díaz-Canel, a la usanza popular, porque es, sin dudas, un hombre popular. Lo menciono del mismo modo que mencionamos siempre (en pasado y en presente) a Fidel, o a Raúl.

Ha hablado a la república al momento mismo de asumir esos cargos. Y ha dicho ¿qué? Pues mucho ha dicho en esos 30 minutos y medio de discurso de los que sí dicen, de los que sí explican, de los que sí aclaran, de los que sí alertan, de los que sí esperanzan. Ha hablado, como sus antecesores, de continuidad histórica, porque sería un hombre impopular al menos entre cubanos, entre cubanos patriotas, si repitiera como papagayo aquella arenga de Obama de olvidar la Historia, solo porque corren tiempos nuevos y porque hay que estar a tono con ellos.

Ha hablado de propiciar el debate sincero y dicho que todos los diputados tienen como “primera razón de ser la comunicación con el pueblo”. Muy acertado apunte para quien asumió la responsabilidad “con la convicción de que todos los cubanos seremos fieles al legado del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz (…) y al ejemplo del General de Ejército, Raúl Castro Ruz, líder actual del proceso revolucionario”. Uno de los legados más hermosos de Fidel es, y eso lo sabemos muy bien quienes crecimos viéndole en los lugares de mayor riesgo, estar junto a su pueblo en las verdes y en las maduras.

Ha dicho Díaz-Canel que el esfuerzo y el sacrificio de los revolucionarios cubanos siempre han estado abrazados por la poesía y el canto, el arte y la crítica. Poesía y canto que nos han llevado a no perder nunca el ánimo ni la noción de lo hermoso y verdaderamente útil. Arte que ha permitido dar alas al pueblo en su afán de conocer para poder liberarse, ante todo, espiritualmente. Crítica tan bien ponderada por nuestro líder histórico que en una de sus aseveraciones a Ignacio Ramonet para su libro Cien horas con Fidel subrayó: “Todo es mejor que la ausencia de crítica”. No porque le gustase ver reflejados en los medios de prensa o en los debates callejeros los desaciertos de la Revolución que encabezó, sino por su convencimiento de que sin reconocer los errores resulta imposible rectificarlos o eliminarlos.

En concordancia con esa idea cardinal, Díaz-Canel dijo: “Nos toca corregir errores, sacar experiencias, evitar improvisaciones, superficialidades y demoras e incumplimientos que irritan, siembran pesimismo y desaliento, alejándonos de nuestras metas en el tiempo”. Y, en una especie de mea culpa a nombre de todos los que sentimos por Cuba, ha definido como el primer combate a que está llamado el país el dirigido a “vencer nuestras propias indisciplinas, errores e imperfecciones”, no sin antes dejar perfectamente claro una cosa: “La Revolución cubana sigue de verde olivo dispuesta a todos los combates”.

Habló de avanzar, al mismo tiempo, “en medio de las turbulencias de un mundo dominado por la incertidumbre, la injusticia, la violencia de los poderosos y el deprecio a las naciones pequeñas y a las empobrecidas mayorías”. Ya se sabe que el sayo no fue lanzado para todos, ni tan siquiera para sabrá Dios quién. Fue lanzado directamente y en primer lugar para el gobierno de los Estados Unidos de América, y en segundo para los gobiernos lacayos que se pliegan a los mandatos del presidente de turno en esa norteña nación, por descabellados que resulten.

Instó también a no acomodarnos en la gloria que nos precede para vivir a su sombra, porque eso sería traicionarla. Y segundos antes de mencionar a intelectuales, artistas, periodistas, creadores que “nos acompañarán siempre” habló del empeño “de que este archipiélago que la Revolución puso en el mapa político del mundo siga siendo reconocido también por su singular modo de pelear cantando, bailando, riendo y venciendo”. Una alusión a la Cuba que se vende en las postales y los videoclips, donde no siempre se refleja el verdadero rostro del país que batalla sin tregua mientras saca humor de sus flaquezas.

Al hablar de la larga y sostenida resistencia de Cuba aclaró, aunque ya lo sabíamos nosotros, pero puede que algunos por ahí no lo sepan aún, que no hay milagro en la proeza. Hizo suya la idea martiana de que “Crear es la palabra de pase de esta generación”. Dijo que por demasiado tiempo y de las peores maneras un mundo que nos mira desde afuera “con más interrogantes que certezas” ha recibido el mensaje equivocado de que la Revolución termina con sus guerrilleros. En nuestros guerrilleros nos afincamos, dejó ver con reiteradas alusiones a los héroes de las distintas gestas libertarias cubanas.

Estamos en la era de un planeta llamado internet. Por ello mencionó la habilidad de nuestros adversarios para mentir, tergiversar y silenciar la obra revolucionaria. Por ello habló de emplear más y mejor las posibilidades de la tecnología. Y a la prensa, aunque no solo a ella, apuntó una vez más cuando expresó que debemos ser “más creativos en la difusión de nuestras verdades”.

Raúl encabezará las decisiones de mayor trascendencia para el presente y el futuro del país desde su condición de máximo dirigente del Partido Comunista de Cuba. No hacía falta tal vez, pero también lo dejó claro. Cuba no negociará principios ni aceptará condicionamientos, los cambios que sean necesarios los decidirá soberanamente el pueblo cubano; tampoco esa declaración resultó novedad para quienes conocen la coherencia en el pensamiento y la acción del gobierno caribeño desde 1959.

Díaz-Canel reclamó, igual que lo hicieron siempre Fidel y Raúl, el apoyo de todos los que ocupan responsabilidades en diversos niveles y del pueblo. Dirección y conducción cada vez más colectivas, especificó. No prometió nada, como tampoco lo hicieron quienes le precedieron en esos cargos. Solo el trabajo intenso, abnegado y eficiente llevará a resultados concretos; parecería que huelga, pero valió la pena que recordara.

Diálogo desde el respeto, diálogo entre iguales, dijo, para los restantes países del mundo. Esa es Cuba, la que hablaba desde sus palabras, pensamos muchos de los que lo veíamos y escuchábamos en nuestros hogares o centros laborales y de estudio. Y una vez más recordó a Fidel, el gigante de verde olivo que, quiero imaginar, habría permanecido sonriente todo el tiempo, mientras el nuevo mandatario cubano se dirigía a su pueblo y también al mundo.

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Cubatur, la culpa de nadie

Piscina desde avion

Vista desde el Boeing 737-400 a la salida de Cayo Largo.

Ahora estoy confundida: debo escoger entre sentirme mal por haber sido injusta con la persona que provocó —doy por sentado que involuntariamente— los sinsabores en mi incierta travesía entre La Habana y Cayo Largo del Sur o seguir inconforme.
En su correo de disculpa, la especialista comercial de Cubatur Sucursal Occidente, Naila Rodríguez Piloto, expone un punto de vista claro: les interesan enormemente los criterios sobre los servicios que ofrecen, leyeron las dos publicaciones donde relato mis tribulaciones para llegar hasta la pareja de amigos que me invitó allí y agradecen la sinceridad en mis comentarios.
Pero obvia la aclaración imprescindible: a quién o a quiénes se debieron todos los sinsabores; de modo que, después de leer, me quedo con la misma idea con la que regresé del viaje. Según mi interpretación de los sucesos casi surrealistas en los que me vi inmersa, la compañera Lusmila, quien recibió los datos enviados por vía electrónica desde Sancti Spíritus y formalizó mi boleto de viaje, no hizo constar en el registro el código digital que demostraba el pago de 162 CUC. Este incluía desde la recogida en el hotel Plaza el día 3 de marzo hasta la devolución en el transfer de vuelta hacia el punto indicado por esta turista, el 10 del propio mes.

Sin embargo, antes de que esa falla saliera a relucir, a solo minutos del abordaje del avión en el aeropuerto internacional José Martí, ya la propia trabajadora había descartado la posibilidad de ayudar a la afectada ante la suspensión del vuelo el día anterior: hallar un hospedaje donde ella, la única turista no extranjera, no resposable de esa decisión y no residente en la capital del país, pasara la noche.
Ni una sola consideración al respecto, ni una sola alusión a la forma absolutamente inconveniente en que esa trabajadora intentó justificar sus fallas para echarle la culpa a la oficina de Cubatur en la provincia donde resido y a la agencia Cubana de Aviación.
A estas alturas del campeonato, como se dice para aludir a lo que ya es agua pasada, me presentan a Lusmila como “una excelente joven de solo 23 años, quien apenas unos meses y con total seriedad y responsabilidad ha asumido la tarea asignada en su puesto laboral” y que “debido a estas razones —intuyo que habla del breve espacio de tiempo— puede estar sujeta a errores como lo estamos todos”.
La respuesta hace constar, sí, que administrativamente “la dirección del centro ha tomado las medidas pertinentes para que casos como el suyo no se vuelvan a repetir” — no dice cuáles, pero estaría feliz de saber que ningún otro cubano pasará por un trance así— y agrega que “por su parte estaría encantada —supongo habla de la misma compañera excelente— de tener la oportunidad de ofrecerle personalmente las disculpas que usted merece”.
Debo dejarlo claro una vez más: agradezco las atenciones que se ha tomado la dirección de Cubatur para conmigo y mis amigos, aunque ellos se formaron su propio criterio sobre los servicios de la agencia y del hotel donde nos alojamos. No creo que nada pueda influir en eso, sean cuales sean esos criterios.
Menciono a mis amigos por una razón: aunque por medio del mensaje de respuesta solicitan “encarecidamente que no dude en volver a confiar en Cubatur Sucursal Occidente, que es nuestra identificación, para futuros viajes recreativos siempre que lo desee” tal poder de decisión no está en mis manos. El destino lo escogieron ellos; si alguna vez hubiera que elegir de nuevo no creo que mis ingresos personales me permitan hacerlo. Y si lo permitieran, existiendo otros destinos, ¿por qué forzarme —hablo de mí misma— a resucitar vivencias tan desagradables?
Como bien me alertara un amigo cuanto ya teníamos el viaje planeado, ellos escogieron la variante más complicada para el reencuentro, pero ya todo pasó. Recomiendo mucho las bellezas naturales de Cayo Largo, el servicio que ofrecen allí. No sé cuántos otros nacionales residentes dentro de Cuba han vivido la experiencia de ir hasta allí en calidad de turistas, pero tocante al viaje sigo con demasiadas dudas y recelos como para sugerirle a alguno aventurarse a esa opción.
Ahora, si usted reside fuera del verde caimán y reserva, como mis amigos desde Canadá, un paquete turístico por internet, sin que nadie desde acá tenga que insertarse a la travesía, entonces puede que esté seguro: no va a sufrir los sinsabores que intento olvidar, sin conseguirlo del todo, desde que puse los pies en un hotel de La Habana para ir al encuentro de una amiga, no una cualquiera, sino alguien con quien no compartía desde hace más de tres décadas en su ya agonizante Unión Soviética.

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