Crónica de la semana después

-Adelanteeee, se escuchó detrás de la puerta, luego de un toque breve. La abrí y me asomé. Allí estaba, frente al ordenador, con el torso inclinado. Sobre la mesa, la libreta de apuntes, cuidadosamente colocada, y un bolígrafo dispuesto, junto a la relación de tareas más reciente.

-Dime, Borrego.

-Entra, China. Espérate un momentico, déjame terminar este párrafo.

Abierta en su pantalla, una página de El Universal, o de La Jornada, o de otro periódico de renombre, en los que husmeaba a diario y de los que aprendía. Un chisme amarillista, las confesiones de algún político y los pormenores de algún juicio por corrupción coloreaban la plana.

El asunto podía versar sobre alguna imprecisión en un texto, que solicitaba aclarar, del modo más cordial del mundo. “Tú no vas a estar allí, junto a cada lector, para explicarle lo que quisiste decir”, justificaba. O podía tratarse de la opinión de un internauta bajo un material de mi autoría, que sugería considerar en atención a su utilidad. “Yo me meto aproximadamente la tercera parte del día moderando comentarios”, dijo más de una vez, y estaba claro que, aunque cansona, aquella misión merecía, a su juicio, que se le confiriera gran importancia.

Entonces una llamada lo interrumpía. Alguien lo convocaba a una reunión o respondía a alguna consulta suya, dentro o fuera del periódico. Podía ser referente a una pieza para alguno de nuestros desvencijados carros, una gestión dirigida a ayudar a alguien en específico o la solicitud de una cobertura periodística de relativa inmediatez. Podía también tratarse de Elizabeth, su hija, desde La Habana, o de Carlitos, su hijo, desde la unidad donde cumplía el servicio militar en Matanzas. Entonces los ojos se le encendían y las sonrisas le alumbraban el rostro.

Las últimas charlas telefónicas antes de alguna relativa a su salud —con informaciones al estilo de “dormí bien, sin fiebre ni tos, y tengo apetito, que ya es bastante”—, tuvieron como motivos una vieja fotografía impresa para calzar una entrevista, que él mismo fue a buscar a la casa del entrevistado, y la queja de una lectora a raíz de un reportaje reciente, vertida debajo de otro material en la edición digital de Escambray.

Ahora que lo recuerdo, hubo también otra plática:

-¿Viste el número de visitas en el trabajo? (no recuerdo ahora cuál)

-No, ¿cómo voy a verlo? Esas herramientas solo las tienen ustedes.

-No, señora, usted también tiene una ahí. Coges el móvil, te paras encima del sumario, más o menos a la mitad, y deslizas el dedo hacia abajo; ahí te sale la cantidad de visitas y el número de comentarios.

-Espera, déjame comprobar. Ay, sí, Borrego, qué bueno está eso.

-Ese es un método que implementó Mirelis hace poco.

-Tienes que explicárselo a todo el mundo.

-¿Ah, sí, China?, entonces ahora yo me voy a parar al lado de cada periodista, en medio de las restricciones de la covid, y le voy a mostrar con el celular cómo hay que hacer.

-No, señor, pero puedes explicarles por teléfono, como acabas de hacer conmigo; o enviarnos un correo, diciéndonos a todos.

-Está bien, China, veremos cómo hacer. Cuídate, chao.

Es así que he sabido cuánto nos leen por estos días. Hay números, debajo de cada sumario de esos (de los cuales se infiere la noticia que nadie de Escambray pudo escribir en un lead), reveladores del interés por su persona. Él, que de todas las maneras posibles esquivaba cualquier probabilidad de constituirse en noticia.

Desde el lunes 4 de octubre, cuando el dolor y la negación comenzaron a conjugarse con los recuerdos, que brotan a deshora y se convierten en crónicas, escritas o no, se torna recurrente el regreso a sus envíos por correo electrónico. Los ideó para compensar la ausencia de aquellos intercambios de lunes donde se hablaba de todo cuanto concerniera al medio. Bajo el título Señales de la cuarentena, primero, y Sin derecho a réplica, después, informaba, reflexionaba, agradecía y sumaba al compromiso.

“En conclusiones, para los reporteros, correctores,
editores: SE ACABÓ COVID-19 EN ESCAMBRAY. Ahora es la covid hasta que se acabe o nos acabe, que también pudiera ocurrir”, escribía, jocoso, en el envío 28, del 16 de septiembre, donde rectificaba la escritura de la enfermedad a partir de las consideraciones de nuestro colaborador en materia del uso del Español.

“Arturo, como un trinquete, como Chacón, ya está
en Corrección, aunque teme por su padre”, apuntaba en el mismo correo, en el que reseñaba el estado de cada uno de los enfermos del colectivo, parte de ellos ya reincorporados y otros aún sin el diagnóstico, que vino después, como el suyo mismo, que entonces no estaba ni siquiera contemplado entre las posibilidades.

En estas jornadas de extremo surrealismo, o de realismo mágico, he escuchado nuevamente algunos de sus encargos: un foniatra para Crespo, luego del infarto cerebral que lo dejó casi paralítico; un par de literas para acondicionar el cuartico que evitaría los viajes de los noveles periodistas residentes fuera de Sancti Spíritus; la bandera de Gran Bretaña para el encuentro con el embajador de ese país, que esa tarde visitaría Escambray; una plaza en el círculo infantil para la mamá o el papá que lo necesitaban.

Giré el picaporte de la puerta, pero nadie respondió adentro. Por el costado izquierdo apareció Ana y nos abrazamos a llorar. “Cómo se me escondía por las mañanas, para asustarme y luego reír”, me decía ella. Y yo que sí, que lo sabía, que hasta mencioné algo de eso en mi crónica. Esa propia tarde de miércoles se la leí por teléfono.

Me he bebido las cuatro páginas especiales de la edición de este 9 de octubre, la única que no lo tuvo al pie de la computadora del departamento de Yoleisy, para el título de impacto o el diseño de lujo. Y juro que no lo escuché por la línea telefónica ni lo leí en correo alguno: lo oí de sus labios, cuando todos nos volvimos a la vez en el salón de los reporteros, ante su súbito llamado a mitad de mañana.

“Permiso— dijo, con su cortesía habitual, alargando la “o” y asomado al recinto, mientras su mano sostenía la puerta de cristal—. Esto va para todos ustedes, periodistas de vanguardia, o de pacotilla, según decidan en lo adelante: desde hoy se acabaron las croniquitas lloronas en el periódico. Ya desperdiciamos bastante espacio, así que vamos a ponernos para lo que interesa”.

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Vindicación a las raíces

Jamás la escuché jactarse de algo, pero era visionaria. Muchas veces le oí decir que no había accedido a perforar los lóbulos de mis orejas por temor a que la rubeola, que padeció durante la gestación, hubiese dañado mi corazón incipiente. No vivió para saber que, aunque mínimamente, estaba en lo cierto.

En su vehemente afán de protegerme, cuestionó con ardor el que cierta composición de infancia no hubiese ganado, como ella presumía, el premio que me habría permitido viajar a Europa. Pero la vida me ha dado la oportunidad de compensar con creces aquella decepción: la desoí entonces, mas estudié en Europa. Y ahora le regalo este premio que me confieren, consciente de que si alguien sembró en la casa la semilla de las lecturas, de las que partió todo, fue ella.

Halando la madeja para encontrar su punta me remito a las polémicas en torno a obras literarias, que sostenía con un primo, con una tía paterna, con el que entendiera de arte escrito y estuviera dispuesto a una charla útil. Y a las fotografías de los mártires de la Patria, que clavadas con puntillas en las paredes de adobe nos miraban a los cuatro hermanos, sin que sus historias nos fueran ajenas.

Cuando, ya madre de una hija pequeña, me aparecí en Escambray con un título de Licenciada en Ciencias Filológicas, alcanzado en la URSS, jamás imaginé que hallaría allí casa y familia. Es poco decir que en el periódico aprendí el arte de redactar, con cierta veta literaria que ya se sabe de dónde viene: allí se moldeó mi carácter, rebelde y justiciero aún, porque las esencias no cambian jamás.

Conocer el alma de la gente de esta provincia me resultó posible, ante todo, a través de las cartas a una columna que no ha dejado de perseguirme al cabo de los años. Tanto he aprendido de ellas que ya me atrevo a describir a quien remite los manuscritos o los textos impresos por el modo en que expone las ideas. Y es a esos lectores a quienes más agradezco, en primer lugar, mi incursión en el periodismo, del que me sentí ajena incluso cuando ya llevaba casi una década poniendo mi firma bajo los escritos.

Muchas circunstancias acuden a la mente a la hora del recuento, pero se hace preciso escoger algunas. Opto entonces por el olor a plomo, las guardias hasta casi la medianoche en aquellas tiradas diarias, el Che (Peláez, nuestro administrador de tantos años) llevando la máquina de escribir sobre el motor, para que pudiera seguir trabajando incluso con alguna de las niñas enfermas; los viajes a lo más recóndito de algún municipio en busca de historias, mientras más desconocidas mejor.

La superación, la obsesión por el correcto uso del lenguaje, los héroes del día a día, los sucesos insólitos que a veces me colocaron cara a cara con un dolor profundo, que era preciso también publicar porque la vida no es color de rosa, y porque a eso nos enseñaron desde la propia dirección del medio: aunque se trate de un accidente, siempre hay testigos y la historia debe ser contada.

Aliento, esperanza, comprensión, apoyo, cura. Todo eso he encontrado en la casona de la calle Santa Ana No. 10. Sin lo que hemos vivido juntos de nada valdrían ni las mejores habilidades adquiridas en la más encumbrada universidad del mundo. Confieso que he necesitado, a veces, una paz que no suele reinar por mucho tiempo en la redacción, pero también a eso aprendí a aprender: el periodismo no puede hacerse en una urna de cristal, requiere de emociones, intercambios, cotejos amistosos, charlas amigables.

Admiré a los mayores, procuré beber algo de los más nuevos. No sé todavía si lo conseguí. Me lancé a la aventura en el ciberespacio, sobre todo a la hora de procurar testimonios que estaban lejos, y que llegaron a través de Facebook o de Whatssap, con su carga de heroicidad cuando se trata de médicos cubanos que salvan vidas en el exterior. Y aún no termino de asombrarme de la grandeza que se esconde detrás del más humilde de los habitantes de esta tierra.

Cierto día en que procuraba rescatar a mi padre de la desmemoria que lo acechaba se me ocurrió hablarle de Escambray. El orgullo danzaba en mis palabras cuando él, de pronto, me interrumpió, jocoso, para formular un cuestionamiento serio. Su humor era el de antes, sentí que volvía a ser él. Había visitado el periódico y conocido a algunas de sus gentes.

“Habría que ver qué has hecho tú (remachó el pronombre) para que tu periódico sea uno de los mejores de Cuba”, dijo con una risa socarrona. Divagué. Hablé de los buenos periodistas con que contábamos, de un equipo; mencioné algunos nombres. Desde entonces me ha perseguido su observación incisiva, a la que agregó, al ser preguntado: “A mí me habría gustado ser periodista”, y luego: “Un periodista crítico”.

Mi padre fue escritor autodidacta. En aquella propia charla, desde la posición en que lo coloqué, como en un desquite, me habló de cosas que habría cuestionado, la muerte lenta de las cosechas cafetaleras en mi Guisa natal, por ejemplo.

Ahora podría decirle que sí, que he hecho algo por mi periódico. Y ese mínimo aporte lo dedico, además de él y de mi madre, quien al borde de la jubilación por enfermedad se tituló universitaria, a todos los que me han permitido hacerlo. Incluyo a mis hijas, a quienes robé horas de cariño, y a mis nietos, que son hoy por hoy la inspiración mayor.

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65 horas bajo sospecha

El doctor Juan Lahera, mientras me examinaba.

Además de gratuitas, las atenciones médicas son altamente especializadas.

Un test rápido, de esos que definieron los días de miles y miles de cubanos hasta hace tan solo unas pocas semanas, me cambió la vida por algunas jornadas. Realizado a mitad de la tarde, a propósito de una cobertura periodística que para mí no llegó a ser, el dichoso análisis resultó positivo no una, sino tres veces, y aunque me costó entenderlo así, de zopetón, significó el aislamiento inmediato.

Al hospital de rehabilitación Doctor Faustino Pérez Hernández fui a parar justo con el primer aguacero provocado por la tormenta tropical Laura. Y aunque me sabía sana, aunque no albergaba la más mínima sospecha de ser portadora del SARS CoV-2, ante mi negativa a citar contacto alguno de mi centro laboral por aquello de “yo me cuido, no abrazo ni le doy la mano a nadie”, Haydée, la epidemióloga que me hizo la encuesta todavía sobre la ambulancia, debió recordarme que no estábamos ante una sospecha de Dengue, sino ante algo mucho peor.

Entonces afloraron los nombres de quienes, en verdad, habían respirado mi propio aire durante los días precedentes, incluyendo a mi hija y a mi nieto, que en cuestión de horas ya estaban, al igual que algunos de mis colegas, en La Playita, centro de aislamiento para contactos en Jatibonico.

En la sala me recibieron con las tabletas de Oseltamivir (más conocido como Tamiflug) y Azitromicina en las manos. El Interferón, que me infundía y aún me infunde temor debido a las reacciones que provoca, no me fue indicado. Al día siguiente la especialista en Medicina Interna explicaría que, atendiendo a mis antecedentes patológicos personales y a mi condición de asintomática total, habían optado por esperar el resultado de la prueba de PCR.

La prueba, dicho sea de paso — que según he sabido cuesta a Cuba 50 euros en el mercado internacional—, me la hicieron aquella propia noche. El doctor Michel había tenido que sacar una araña que entró del patio y se colocó detrás de la puerta de mi cuarto, donde estaba yo sola, aunque disponía de tres camas. Pero no le di ninguna importancia al incidente.

Si me hubiese atenido a las supersticiones se me habría desmoronado el mundo cuando un gato negro, en medio de la madrugada, me despertó con su maullido, justo sobre la silla que sostenía el ventilador. Tuve que echarlo, no sin divisar a una perra que le seguía las huellas. Después el sueño se me hizo esquivo.

Desde el propio viernes 21 de agosto, cuando entré, comenzaron a llegar las llamadas de aliento. En verdad no creía necesitarlo, aunque si en algunos momentos sentí miedo fueron aquellos en que recordaba la cercanía del pequeño Marcel Eduardo, y, peor aún, el abrazo atrevido que aquella propia mañana, aunque con nasobuco, les había dado a dos señoras mayores, como una muestra de admiración. Me había desdicho durante la encuesta y aquello me apenaba, me oprimía.

El sábado transcurrió sin sobresaltos. Éramos a lo sumo seis pacientes y debíamos escuchar las noticias, incluidas las de los partes meteorológicos, desde las camas, aguzando el oído. La joven del cubículo de enfrente se quejaba de fuertes dolores articulares y el señor del de al lado, de fiebres entre alta y moderada. En ambos casos debido al Interferón.

Mi único dolor, preocupante, porque podría ser tomado como un síntoma, era el de la migraña que me atacó al verme privada del café mañanero, que ese día llegó tarde, pero llegó. Siempre, y no solo por gestionarme ese café y el de la mañana siguiente, deberé agradecerle a Marisleidys Rodríguez, la enfermera de trato inigualable. Y no lo digo por decirlo: ella está allí desde que en marzo llegaron los primeros casos de COVID-19 y hasta ahora mantiene la misma sonrisa e idéntico buen trato.

El domingo, cerca del mediodía, les dieron el alta a todos los demás, y me alegré por ellos. Los vi partir desde la puerta de entrada, adonde me escurrí medio oculta para fotografiar el panorama. Había brisa y lloviznaba. Después, ya en la tarde noche, escuché el ajetreo de los trabajadores asegurando puertas y ventanas. Sonaron mucho, debido a las ráfagas de viento, las de los cubículos vacíos en una madrugada que me pareció eterna.

Y en el amanecer del lunes, cuando ya no me supe la única paciente, pues trasladaron hacia allí a otro del sector del Transporte, aspiraba tan solo a que llegara el martes, mientras leía los reportes de mis colegas por Whats App o atendía las llamadas. Olvidaba decirlo: las comidas fueron inmejorables.

Fue en medio de una charla telefónica con una amiga que el doctor Juan Lahera, a quien le tomé un cariño enorme, me trajo la noticia desde el pasillo, a través de la persiana. Eran las 9:10 de la mañana y de fondo, aunque sin nitidez, se escuchaba la voz del doctor Durán. “Recoja sus cosas, que llegó el resultado y es negativo”, dijo.

Entonces, aunque me supe sana todo el tiempo, aunque hasta había bromeado con los test rápidos y comentado lo hermoso de la vista hacia el patio, donde gallinas y pollitos me recordaban que la naturaleza es bella, rompí a llorar. Lo otro fue el aviso atropellado a mi hija y a la gente de Escambray. Y el tercer café, que llegó antes de mi partida y que compartí con ellos, los que me atendían, incluida la auxiliar de limpieza, que se ocupó de agilizar la gestión.

Nadie me pidió ni un centavo por ninguno de los gastos en que incurrió la institución debido a mi presencia en ella. Las conté, fueron 65 horas bajo sospecha de ser portadora del nuevo coronavirus, pero estuve en el hospital otras dos más, en espera de una ambulancia que debía ir a lejanas comunidades a devolver a los no-enfermos. Así de simple: aunque estés sano te devolvemos a tu casa bajo protección, sin costo alguno.

Mi historia es sencilla. Otros permanecieron recluidos durante muchos días; a los enfermos el ingreso se les prolongó semanas, e incluso meses en algunos casos. Nadie ha tenido que pagar por la asistencia médica, porque estamos en Cuba.

En esas largas horas confirmé que, en su afán por salvarnos, el país se estaba desangrando a fuerza de enormes gastos, en buena medida asociados a aquellos test engañosos que la mayoría de las veces, al menos en Sancti Spíritus, representaban una falsa alarma, porque indicaban otras alteraciones que nada tenían que ver con la COVID- 19.

Me prometí escribir sobre este episodio, pero no antes de que una hija, en España, terminara su gestación y naciera mi nieta. Como dicen que en el periodismo lo que no se ha escrito es todavía noticia, cuento el cuento. Supe hace poco que el doctor Lahera contrajo la enfermedad en el ejercicio de sus funciones; supe también que ya sanó, clínicamente hablando.

Por lo pronto, me cuido más y escudriño en las vías a través de las cuales mis coterráneos se infectan con el virus. Quiero y aconsejo evitarlas. Pueden ser tan sencillas, por ejemplo, como el toque de un celular sin que después sobrevenga el exhaustivo lavado de las manos.

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