La Gloria de Avelino

En la comunidad montañosa de La Gloria, Avelino y otros guajiros se empeñaban en colorear el gris dejado por Irma.

Avelino Rosendo Rodríguez merece una crónica. No sé si serán estas líneas que escriba hoy, cuando Irma debe andar quejándose de su propia destrucción en medio del Atlántico, después de arrasar en El Caribe y La Florida. Por lo pronto, apuntaré algunas ideas y agradeceré la foto que nos tomó la colega Yeris del Sauzal, a falta de otra donde aparezca solo él como objetivo del lente.

Se me alegró el alma al verlo sano y salvo en su intrincada comunidad montañosa de La Gloria, en pleno Plan Turquino de Yaguajay, desde donde uno sale hacia Jobo Rosado y ve el mar como desde una loma.

Flaco y enérgico, y con una cojera que intenta disimular sin conseguirlo, es el mismo a quien entrevisté años atrás al término de una asamblea de balance del Partido en su municipio, que siempre digo fue salvada por él, gracias a su intervención clara y con los pies puestos sobre el suelo. Fue cuando dijo que la gente no quiere explicaciones sobre su mesa, sino comida, y que bastaba de seguir yendo allí a quejarse de los altos precios de la malanga, y que no era verdad eso de que el maíz y los frijoles son más importantes que las viandas, aunque ahorren fondos de los que solían destinarse a las importaciones. Lo dijo porque cuatro años antes había dicho allí mismo casi exactamente lo mismo.

Avelino Rosendo alaba la sociedad que tiene, donde la gente no se muere no más así porque pase un ciclón. Desde dentro del consultorio “que era toda una fortaleza”, donde se refugió junto a su esposa y a otras casi 50 personas, parecía, dice, “como si le estuvieran dando a las paredes con una mandarria”. La gente quedó viva y eso ya es bastante, razona.

Avelino Rosendo asiente cuando el presidente del Consejo de Defensa Provincial les habla a él y a otros vecinos del caserío de hacer allí mismo, en cada lugarcito afectado. “Pero claro, si es hacer por nosotros mismos”, apuntala. Y habla con cierto dolor de su cafetal perdido. “Pero bueno, habrá que esperar a que retoñe otra vez”, se tranquiliza. Junto a su casa, que es casi como decir junto a la fila entera de casas del lugar, corre un torrente de agua clara. Viene de las lomas, me dice, de El Yigre, desde donde hacía un montón de tiempo que no bajaba agua.

Y me comenta que días atrás vio a La Gloria reflejada en El Arriero, suplemento de montaña que se edita en Escambray. Hablaba, sí, del gran problema de allí, finalmente resuelto: el abasto de agua. Que leyó, dice, el reportaje de un colega sobre los 30 años del Plan Turquino. Y que al menos por lo que ven sus ojos, era cierto lo que se escribía. Y que si fuera mentira también me lo diría en ese propio instante.

Su filosofía salva mundos. No es de los que miran, callan y ya. Tampoco de los que solo hablan. Avelino Rosendo es de los que hacen, con 79 años y todo. Cosecha y vende al Estado, por eso tiene moral para hablar de los que no hacen ni una cosa ni otra. Secretario general del Partido en un núcleo zonal, de esos que hacen valer su responsabilidad, con él tienen que contar cuando se va a decidir algo. Y si lo que deciden no es lo que conviene a la gente, lo discute. Y si le quieren imponer criterios, defiende el suyo sin andar con rodeos.

No pensé que me recordaría, pero dice que sigue mis escritos y que me reconoce en la foto del periódico. Y siento orgullo de que gente como él haga uso de la prensa cubana, crea en ella. Miro en derredor, donde tantas casas cayeron y sembradíos se perdieron. En todo el Turquino 1, que es su consejo popular. Qué digo allí: en todo Yaguajay. Y me alegro, porque el caso de la niña de un mes que quedó sin techo y está alojada con su madre en el consultorio médico de Jobo Rosado — la misma que me hizo recordar, con los ojos húmedos, a mi nieto Marcel Eduardo—, fue mencionado como una prioridad; tendrá casa nueva.

Escucho al delegado de Circunscripción y al presidente del Consejo Popular hablar de esa urgencia. Y creo en ellos, tengo que creer. Si así no fuera, Avelino Rosendo, de seguro, se pararía en la próxima reunión con su bigote blanco y espeso, a lo Serrano, y diría lo que sabemos que diría quienes sabemos que a ese viejo flaco y destartala’ o en apariencias, si no hay huracán que lo amilane, mucho menos hay nadie que lo detenga.

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Terminal-Mami-Casiguaya

Por la Carretera Central, derecha en la foto, se entraba a la vieja Terminal de Ómnibus.

Por la Carretera Central, derecha en la foto, se entraba a la vieja Terminal de Ómnibus.

Soltó su risa de siempre que algo la divertía, audible apenas, pero prolongada, de esas que provocan movimientos de barriga. Su risa, que solo Nancy mi hermana me recuerda porque ríe casi como ella.

“¡Ay, mami, m’ija, ponte algo en ese pelo, que no lo tienes ni corto, ni largo, ni suelto, ni recogi’o!”, había exclamado yo, irreverente, con el comienzo de frase típico del guisero, mirándola desde un ángulo de la cocina. Ella, sentada a la mesa, cosía alguna prenda para mi hija Zoia. Su pelo, grueso y lacio y de un largo impreciso, caía por mechones sobre su cara. Yo solo procuraba que se viera linda. Pero ella rió con ganas y siguió cosiendo. Luego, de regreso a Guisa, le contaría la anécdota a mi hermana.

“Zoita ya se da mejor conmigo”, le dijo también. Medio jíbara por naturaleza, la niña, esa vez ya con cuatro años y medio, correteó todo el patio antes de dejarse agarrar por mami, que quería probarle una saya de aquellas que ella hacía, de las que iban por debajo de las batas, con vuelos hechos a base de tul y cintas a modo de remate. Aún me parece verlas, riendo ambas.

El día de la despedida yo la dejé en la terminal, sentada en un banco, con el maletín junto a sus pies. La guagua debía pasar en una hora y media. Ya con otras dos niñas de meses, me era imposible acompañarla, así que me aseguré de que tuviera qué comer por el camino, me despedí con el abrazo de siempre y le di las recomendaciones de toda hija: cuídate mucho, llama cuando llegues, besos a papi.

Me sumergí en el lavado de pañales y una hora después volví al lugar, preocupada por la posible demora en la salida y con merienda en las manos —al fin y al cabo eran solo dos cuadras de mi casa a la terminal—, pero una mujer que me vio llegar me dijo, cortésmente: “Si busca a la señora que estaba ahí, ya se fue. Me encargó que le dijera que pusieron un extra, que no se preocupe”.

Era lunes, 23 de enero de 1989, pero ella no llamó hasta el miércoles. “Adivina qué traje conmigo de allá, sin darme cuenta”. “No sé…”, dije. “Tus libretas, junto con unos hilos que compré”. “¡Ah! —exclamé—no importa, ya me las traerás tú o las recogeré cuando vaya, sabrá Dios cuándo será eso”, agregué, medio burlona. Era su tercera visita después de mi parto gemelar menos de cinco meses atrás, pero en esta ocasión no demoró mucho para no suscitar los reclamos de papi.

Aquel día por teléfono se me quejó, muy irritada, por el cobro doble del pasaje, pues viajó en una guagua extra pensando que le convalidarían el costo del boleto y no fue así. “Tuve que pagar dos veces por mucho que le expliqué al conductor, ¡cogí un genio!”, me comentó. Conociendo a Ena Barzaga como la conocía podría jurar que estaba roja, muy roja mientras me relataba aquello, así que procuré tranquilizarla diciéndole que sí, que haría alguna gestión para que un programa radial de acá denunciara el maltrato. Y no hablamos más.

El lunes siguiente la bomba me llegó aproximadamente a las 11 de la noche. Solo transcurridos muchos años logré entender bien que me conducía de manera normal porque me negaba lo obvio, lo que veían mis ojos pero yo no podía creer, mientras escuchaba a Nancy repetir aquella frase sin sentido: “¿Viste, Delia, lo que nos ha hecho Mami?” y miraba a una Niurka transfigurada salir del cuarto, en busca de aire para compensar el que le faltaba junto al féretro.

La vida volteaba las cosas. Yo tuve mis libretas, aquellas de cupones para cada artículo industrial, de vuelta; las tomé casi mecánicamente porque me cayeron a mano en su monedero, pero no hallé las fotos de mis niñas, que esa misma tarde ella había estado mostrando, orgullosa, en la reunión de su núcleo del Partido. Las fotografías habían sido hechas por un fotógrafo del periódico estando ella en mi casa, pero no quiso incluirse. “Ella se cree que yo soy boba, ¡Claro que sé que la que se está riendo es Ana Vivian!”, había comentado el día anterior, al regresar con ellas de Bayamo, aludiendo a mi apunte en el dorso: “Mamá Ena, adivina quién es quién”. Mi hermano, de paso por Sancti Spíritus, las había llevado para allá y mami no había resistido la tentación de irlas a buscar.

Luciría gozosa esa noche incluso un poco antes de las diez, cuando, al salir de casa de Nancy, dijo que sabía el libro del que hablaban en Escriba y lea. Ella siempre adivinaba y aquel era, casualmente, un libro de un autor soviético.

Con el Período Especial, el más duro y más largo de los que conozcamos en Cuba, la Terminal dejó de serlo y los viajes se espaciaron. Para darlos, yo precisaba viajar con las niñas en tren y para ello, debía viajar a Guayos casi a la medianoche en aras de abordar un tren que en teoría se detenía allí a mitad de madrugada.

Una hamburguesera de alta demanda en aquellos años de comidas inciertas se instaló en el lugar de la estación de ómnibus. Casiguaya la nombraron y fueron muchas las hamburguesas que compramos allí los del barrio y más allá. Ese plato era uno de los más nutritivos, comparados con las tencas, las pizzas de yuca o los otros inventos que afortunadamente tocaron mi cocina solo en contadas ocasiones. Algunos, como el picadillo de cáscara de plátano, solo una vez. Era preferible no comer a comerlo.

Pasó el tiempo. Me fui del barrio y la hamburguesera pasó de moda; allí se asentó un bar y luego una especie de restaurante. Ni sabría decirlo bien, porque el lugar nunca más fue pisado por mis pies, como no fuera por mera curiosidad hace un par de años.

Pero ahora reaparece la Casiguaya, no como un lugar de quinta, que es la impresión que he tenido de aquella esquina de Carretera Central e Isabel María de Valdivia desde hace mucho tiempo, sino como un mercado en moneda nacional con todas las de la ley. Dos de mis compañeras me instaron el otro día a visitarlo después del almuerzo y fui. Ellas se fijaron de inmediato en la climatización, las listas de ofertas, los precios, la conducta de las empleadas. Yo, en que casi voceamos ante una puerta que decía Abierto, pero nadie abría. En que una vez adentro resultaba posible ubicar el lugar exacto del banco donde dejé a mi madre. En que el piso era gris. Nada más y nada menos que gris. Y las lozas, rectangulares.

Casi me pierden de vista, entre una multitud ansiosa por alcanzar lo que no se halla casi en ninguna otra parte. No llegué a ver, a decir verdad, nada más que mis propios recuerdos. Llegué, apenas, a hilvanar un hilo conductor entre esas tres palabras que desde el día en que vi las fotos del nuevo mercado resuenan en mi mente, como indicándome que debo escribir para despojarme del “demonio”.

Mami, con su risa persistente tras mi observación acerca de su pelo desmelenado, mami corriendo tras Zoia, mami de compras en las tiendas de esta ciudad en busca de tul rosado, blanco, azul; de hilos y madejas; de estambres y encajes; a la caza de conocidos y amigos del pueblo natal de ambas. Por eso vino la asociación Terminal-Mami-Casiguaya. De ese último término leí que tiene por significado Flor primera y que alude a la india rebelde que dio continuidad a la lucha de su esposo Guamá. Ambas informaciones me sirven para evocar a Mami. Era una flor y, su manera, también fue una rebelde.

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Hallazgos arqueológicos en cuenca de presa Zaza remiten a siglo XVI

En condiciones de campaña y con el auxilio de lanchas han transcurrido las exploraciones.

En condiciones de campaña y con el auxilio de lanchas han transcurrido las exploraciones.

Un importante hallazgo arqueológico que confirma la presencia en el lugar de un asentamiento con evidencias aborígenes de grupos agricultores ceramistas y europeas del siglo XVI se produjo hace apenas horas en la margen izquierda del río Yayabo, donde este desemboca en el Zaza.

De acuerdo con declaraciones exclusivas a Escambray del ingeniero Orlando Álvarez de la Paz, jefe del Gabinete de Arqueología de la Oficina de Monumentos y Sitios Históricos adscrita al Centro Provincial de Patrimonio Cultural de Sancti Spíritus, en el sitio fueron encontradas tres áreas correspondientes a estaciones multicomponentes, entre cuyos materiales figuran varios traídos por los europeos en los primeros momentos de la Conquista y Colonización de las poblaciones indígenas de esta región de Cuba. Componen la muestra fragmentos de mayólica Columbia Liso y Caparra Azul, junto a otros de botijuelas de estilo temprano, así como dos herraduras de caballo y algunos clavos.

La punta de lanza traída por españoles, a la izquierda, constituye el alemento descollante del conjunto de hallazgos.

El elemento más relevante de la colección lo constituye una punta de lanza de hierro, única de su tipo hallada en contextos del siglo XVI en Sancti Spíritus. En el propio lugar afloraron porciones de burén (disco de barro donde se cocinaba el casabe y se asaban las carnes), sumergidores de redes de pescar y piedra tallada, objetos todos que definen de forma inequívoca una ocupación aborigen y colonial en el siglo XVI, a más de otras evidencias de períodos posteriores.

Según los especialistas involucrados, estas revelaciones se corresponden con la vieja hipótesis de historiadores que sitúan el punto fundacional del poblado de Sancti Spíritus, cartográficamente, entre el arroyo La Botella (lugar antiguamente denominado El Fraile) y el arroyo de Pueblo Viejo (hoy Puente Palo). Ese es justo el enclave donde convergían elementos probatorios del contacto entre indios y españoles en el muy lejano siglo en que estos se asentaron en suelo espirituano.

El hallazgo habría sido imposible sin la sequía que ha provocado un significativo descenso del nivel de las aguas en la presa Zaza, con lo cual quedaron expuestas las márgenes del río Yayabo en su desembocadura. Se enmarca, dijo Álvarez de la Paz, en el VII Taller de Arqueología Aborigen y Colonial, que desde abril y hasta el presente mes tiene lugar en suelo espirituano. Dicho evento, a su vez, da continuidad al proyecto Museo de Sitio. Asentamiento fundacional de la villa de Sancti Spíritus, que se viene desarrollando desde el año 2009.

Determinante en los hallazgos resultó el descenso del nivel de las aguas en la presa, debido a la sequía.

Según acotó la fuente, el taller tiene entre sus principales objetivos localizar las estaciones arqueológicas que pudieran encontrarse en las márgenes del río Zaza y sus afluentes, “en el tramo comprendido entre el puente en la Carretera Central, río abajo, hasta donde las aguas del embalse lo permitan”. En tres expediciones anteriores a esa zona, desplegadas en condiciones de campaña entre el último día de abril y el pasado 19 de mayo, habían sido localizadas más de una treintena de nuevas estaciones arqueológicas, casi la mitad de las cuales eran aborígenes, en tanto otras contenían piezas de siglos entre el XVII y el XIX.

En el caso del más reciente descubrimiento fue posible localizar un número significativo de espacios arqueológicos, mayoritariamente de nuevos reportes. “De finales de abril a la fecha el taller ha podido reportar el hallazgo de 54 estaciones de ese tipo, que se suman a las anteriores. Faltan por ejecutarse otras incursiones a la cuenca de inundación de la presa Zaza, donde hay áreas inexploradas y potencialmente relevantes”, adujo Álvarez de la Paz.

Estos nuevos elementos facilitan la determinación del área de distribución de evidencias de la ocupación aborigen en sitios muy puntuales, así como el registro de las coordenadas GPS de alrededor de 170 estaciones que fueron ubicadas antes en las orillas de los ríos Tuinicú, Zaza, Yayabo y otros afluentes, durante 2009 y 2010, cuando el proyecto ejecutó su primera campaña de exploraciones y excavaciones en la cuenca.

Se recupera así un importante conjunto de pruebas materiales de alto valor patrimonial en la zona, que usualmente permanece bajo las aguas del embalse. Además de la Dirección Provincial de Cultura, que las auspicia, vale mencionar, por su importancia en la ejecución de las labores, los esfuerzos de la Unidad Empresarial de Base ACUIZA, de la empresa PESCASPIR, y de la Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre.

“El taller ha contado con la decisiva participación de Roberto Pérez Fernández, miembro del grupo Siguajabo de la Sociedad Espeleológica de Cuba; Luis Olmo Jas, Osmany Rodríguez Pino y Gregorio Valdés Rodríguez, del grupo espeleológico Samá, y Sergio Alejandro Álvarez García, arqueólogo aficionado del municipio de Cabaiguán. El aporte de cada uno de ellos ha sido determinante”, especificó Orlando, y agregó que una vez concluidos los trabajos de campo y los análisis de la información recopilada podrá tenerse una idea más exacta de la trascendencia del hecho, que califica como “un regalo a la villa en su aniversario 503”.

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