Crónica del elegido

Fidel y yo Banao especialSi por aquella fecha aún no lo hubiese descubierto, la mañana del 17 de enero de 1938 Lina Ruz tendría la prueba más contundente: su hijo Fidel sería un rebelde sin remedio. Cuando Don Ángel Castro no envió a los muchachos de vuelta a Santiago de Cuba, Raúl, con tan solo seis años, no se inmutó y Ramón se alegró porque en Birán podría alcanzar su sueño de ser tractorista, pero Fidel expuso argumentos y al ver que no funcionaban amenazó, en un arrebato, con quemar la casa si no le permitían saciar sus ansias de superación.

Aquel destello a los once años sería tan solo una insinuación. Terminaría con Lina intercediendo ante el padre y, después, con la vuelta al colegio. Pero la historia, a cambio, le depararía a ella innumerables amarguras, como la de los días inciertos de diciembre de 1956, cuando la prensa dio por muerto no solo al más intrépido de sus hijos, sino también a su hermano alzado en la Sierra Maestra. Sus plegarias ante la virgen serían escuchadas en la propia fecha en que la noticia cortó el aire, salida de la radio. Arrodillada, sintió un vientecillo soplar sobre sus hombros y salió a comunicarlo enseguida, pero solo volvería a ver al elegido de Birán el 24 de diciembre de 1958, la única vez que él se apartó de los lugares de combate por un motivo personal: visitar la hacienda para fundirse en un abrazo con su madre, evocar la presencia del padre ya ausente y convidar a naranjas a sus compañeros. También para advertirle a Ramón que la de ellos sería la primera propiedad que pasaría al Estado.

Cuba ya le admiraba, aunque desconocía que el abogado del mítico alegato de defensa La Historia me absolverá se convertiría en el guía mejor para cada momento difícil por venir, en el consultor de la voluntad popular para cada determinación trascendente, en el amigo de los humildes en cualquier rincón del archipiélago y hasta fuera de él, en el aficionado al deporte que no solo atraía las miradas de las universitarias en sus años mozos: improvisaba, además, cazas y viajes submarinos de los que emergía siempre feliz, encuentros fraternales lo mismo en Venegas, donde jugó pelota con los pobladores, que en El Algarrobo, en cuyas canchas aledañas a la escuela Enrique Villegas calzó unos tenis a los que fue preciso cortarles las puntas, pero él no solo disfrutó los partidos de pelota y baloncesto, sino que también procuró necesidades e indicó lo necesario para solventarlas.

Lo de escuchar criterios y tocar con sus manos la realidad del pueblo se convirtió en una especie de obsesión que lo llevó a meterse en los lugares más recónditos, quizá por ese afán de mitigar penas y aliviar dolores, el mismo que le hizo, de niño, compartir con los haitianos y jamaicanos de Birán, o, ya al mando de la Revolución, prometer y repartir recursos allí donde la vida era aún precaria.

Sería aquel, también, el móvil de sus impulsos de estrechar manos indígenas, abrazar a africanos de cualquier etnia, beber de la hospitalidad de los vecinos pobres de Harlem cuando se le negó un hotel de lujo en los Estados Unidos, sufrir cada vez por las muertes de pueblos lejanos o cercanos. No temería a las balas ni a los atentados contra su vida. La suya es, diría con el pecho descubierto ante las cámaras de televisión, una coraza moral. En enero de 1961, cuando era asesinado el primer maestro voluntario en el iniciode la Campaña de Alfabetización, iría en persona hasta las cercanías de Pitajones, en el Escambray trinitario, y no solo dirigiría, sino también dispararía ráfagas de metralla para capturar a los bandidos.

Huracanes y amenazas derivadas de situaciones climatológicas disímiles lo situarían en muchas ocasiones en el vórtice mismo de las tormentas y el peligro, donde nunca buscó la publicidad vana, sino la paz consigo mismo de haber hecho todo lo que estuviese a su alcance por los demás. Los demás, compatriotas y hasta hijos de otras tierras, han sido siempre motivo de su ocupación. ¿Cómo entender, si no, su voluntad de ofrecer sangre cubana, incluida la suya propia, cuando un terremoto azotó Perú, o de promover la colaboración internacionalista a lo largo de más de cinco décadas, siempre en nombre de las causas más justas?

“Es capaz de viajar al futuro y regresar para contarlo”, se ha dicho de él. Visionario como pocos mortales, Fidel es un enamorado de la investigación científica en función del progreso humano, la información actualizada y la buena lectura. Cierta vez sorprendió a García Márquez con la confesión de que no había dormido la noche del día en que le dio a leer el primer libro que lo alejaría de los muchos informes, el “condenado libro” de ciencia ficción que abrió las puertas a una eterna amistad. Y es diestro en asuntos del alma, al punto de abstraerse de todo para centrarse en el problema que aqueja a alguien y ofrecerle su hombro.

Los videos y fotografías e incluso las imágenes de hoy lo presentan tal como suele ser: distinguido, cordial, jaranero, reflexivo o risueño, implacable en su ira cuando se trata del decoro de su nación, humano ante el reclamo justo, padre de todos los niños, guardián de todos los ancianos.

Ni Lina Ruz ni los vecinos de Birán, que la acompañarían en su zozobra en los años por venir, pudieron imaginarlo entonces: el niño que aquel día se desbocó en su ímpetu por aprender sería, al cabo de casi 80 años, la figura con la que sueñan muchos en cualquier latitud, el adversario que no lograron doblegar, la idea que no va a morir, la inspiración para soñar el imposible, el amuleto que, desde una foto e incluso un simple afiche, solicita ahora mismo aquella anciana no lejos de donde se escribe esta crónica.+++

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario

Bistec de contrabando

En la calle Luis Milanés, que lleva al campo de pelota, estaba nuestra casa.Colocados, como al descuido, sobre la fuente de esmalte blanco y bordes azules con algunas abolladuras en sus extremos, los bisteces lucían tentadores. Mi madre me había acostumbrado a probarlos mientras los adobaba con limón, sal, comino y ajo, luego de machacarlos en aquel trozo de madera ruda.

Tanto me habitué a la rutina que probar carne cruda formaba ya parte del preámbulo a la comida o el almuerzo. No cualquier carne, claro, sino la carne que sazonaban las manos mágicas de Mami, la misma que venía a la casilla dos veces por semana: una, de primera; otra, de segunda. Su arte y mi paladar medio salvaje hacían un dúo perfecto en la cocina vieja, sin agua corriente ni vitrina vistosa; la misma donde mi padre, en el costado opuesto, tenía las jaulas con aquellos gallos que indefectiblemente alimentaba con cereales, rociaba con agua salida de su boca y corría por el vallín del patio vecino. Nosotros no teníamos patio, ni baño interior, ni cuartos o camas suficientes, pero éramos felices.

Los conté con estupor. Aquel día, por alguna razón, no había asistido al momento del ritual. Pero lo más extraño no era mi ausencia, sino el bistec de más. Calculé, como siempre que se trataba de alimentos contables: Papi, Mami, Niurka, Martín, Nancy y yo. De seis no pasábamos. ¿Se planificaría la visita de alguien? No me lo parecía, porque Bienvenido Peña, vecino del barrio y amigo que ocupaba el taburete frente a Papi, junto a la puerta que daba al rancho de Efraín Sol, venía casi a diario y jamás se quedaba a almorzar.

Sin pensarlo dos veces, tomé el bistec y me fui al cuarto chiquito, pegado a la cocina. Sentada sobre la cama de dos capacidades donde dormíamos tres, me comí la pieza enterita, con una satisfacción nunca sentida. No se darían cuenta; total, nadie se quedaría sin comer.

¿Alguien sabe qué se hizo el bistec que falta en la fuente?, se escuchó, en tono serio, la voz de Mami. Silencio. Pero, claro está, la interrogante tenía una sola destinataria. Interpelada más por la mirada que por el verbo, respondí: Debió ser el gato de Efraín, que siempre anda por ahí velando la carne. Mi madre no mostró asombro. Tampoco dijo nada al instante. Pero, conocedora de mi naturaleza, encontró la estrategia en cuestión de segundos. No le importaba el bistec en sí, porque había preparado uno de más, dijo, para un alivio que duró menos de un minuto. Y de súbito lanzó el cubo de agua fría que me helaría el estómago y hasta el alma: el problema es que esa carne tiene un ingrediente especial; quien se la coma cruda va a tener fiebre y eso sí me preocupa. La alarma en su voz y aquella seriedad desconcertante me aterraron.

Mis pasos breves empezaron a recorrer la casa. Saleta, sala, portal, cocina, saleta, cuarto, sala, portal. Si algo tenía claro era lo molestas que resultaban las “pelas” de mi madre, propinadas a mano limpia. Con las mismas manos con que encantaba en la mesa podía castigar en cualquier parte de la casa, la vieja casa de un adobe antiquísimo que permitía calar en la paja, la arena y los cujes.

De vuelta a la cocina, Mami tuvo lo que aguardaba. No debería asustarse si me daba fiebre, le comenté con un rostro seguramente transformado. A los siete años no se sabe mentir. Pero nada de carne con producto extraño alguno, Mami, que mi malestar es ajeno a eso: es que me está cayendo catarro.

Recuerdo el tino con que mi madre escuchó la confesión y su ulterior sonrisa bonachona. Resuena aún en mis oídos la carcajada estridente de Papi, la risa persistente de Bienvenido, que a partir de entonces siempre que me veía en Guisa me repetía el estribillo que inventé aquel día para justificar mi pecado. No lo sabía entonces, pero lo entendería después: lectora voraz, como era, Doña Ena Gloria había apelado a la moraleja del cuento de Antón Chéjov en el que la carne era un cerezo y el producto químico, un hueso que jamás existió.

La anécdota se me cuela cada vez que preparo bisteces a mis hijas, ya, por supuesto, sin la frecuencia semanal de mis años de infante. Aunque nos sigue faltando la vitrina, ahora tenemos agua corriente, baño interior y patio. La salida de la cocina no da al rancho de Efraín Sol ni está el taburete de mi padre, ni los gallos entrenan en un vallín allá atrás, ni están siquiera sus jaulas para dejar entrever los muslos colorados, las espuelas afiladas o la cresta húmeda. Tampoco hay huecos en las paredes frágiles ni está el grueso trozo de madera sobre el que machucábamos, con una piedra, lascas de carne que llegué a adorar más crudas que fritas con cebolla. Pero están los recuerdos. Y cuando me dispongo a dejar reposar la masa aderezada veo el rostro pícaro de Mami como diciendo: te estoy velando, aunque si pruebas no me disgusto.

Jamás supe si planeó mi banquete o simplemente se descuidó aquel día, pero sí estoy segura de que le satisfizo la mentira. Ella, yo y todos estábamos conscientes: su sabiduría me había salvado de una paliza.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

La cruz de la baría

 Cuento de Manuel Alexander Roblejo Proenza, inspirado en mi padre, su abuelo.

En memoria del viejo más querido en Guisa, inspirador de este blog y del cuento.

Eliades Proenza, escritor de Guisa, quien vivió la experiencia narrada y la contó a su hija, la madre del autor del cuento.

Entrando a Pueblo Nuevo, a tres metros del cartel feísimo que lo anuncia, se yergue una baría inmensa que hace de sombra de motel para los pasantes. Verdad es que a cincuenta metros ya está la tienda del pueblecito, pero esa sombra tiene una rara propensión a permanecer inmóvil al paso del sol, por lo que, en el verano achicharrante, mucha gente se junta allí, que vienen o que van, para beber un poco de frescura. En medio de dos brazos de raíces enormes, como dos anacondas que perforan el suelo en un perfecto clavado, hay una cruz de madera, pintada de blanco, clavada en la tierra hasta más de la mitad, y que no tiene epitafio alguno, ni dueño que se le conozca, pero a la que este ambiente solitario y siempre sombrío le da un aire fabuloso y legendario, que mete un poco de miedo al que la mira un rato.

—Esa cruz la clavé yo.

Y la voz del viejo que me habla hace que nos dispongamos, justo este viernes, a conversar, pues a las tres de la tarde somos los únicos dos allí. Yo giro las nalgas sobre la piedra que me sirve de asiento en su dirección y le tiendo la mano, mientras ya la suya espera en el aire desde hace unos segundos, que en el monte no hay que andarse con tantas presentaciones.

—¿Y cómo fue eso?

“A finales de la década del 30 era yo un guajiro “rebencú” y “cerrao” de los altos de Aguacate, tenía veinticinco años y todavía no había conocido mujer. En ese tiempo había que raspar la tierra muy duro pa ganarse tres riales, y así y tó no alcanzaba más que pa comer y ponerse los trapos nuevos de navidad. Tenía yo un buen amigo mío en ese tiempo, hermano de verdad, al que le hubiera prestado yo un riñón… o los dos, fíjese si nos queríamos, se llamaba José María. Pa qué decirle, que éramos uno. Lo mismo pa empujar el arao cerrero del surco, que pa darnos un chapuzón en la laguna. Lo mismo pa bajar dos botellas de ojén de un palo, que pa batirnos con cualquier payaso que viniera a pintarse las gracias.”

“Sin embargo a esa edad ya estábamos pa casorios los dos, y a mí me tocó primero, pues conocí la guajirita más linda y bravía que usted se pueda imaginar. Ná, que me enamoré como un condenao, y en tres meses vinimos a dar aquí mismo, a Pueblo Nuevo —el pueblo de las dos mentiras, que ni es pueblo, ni es nuevo—, y aquí formamos familia con los dos vejigos que nos nacieron enseguida.”

“—Compa, usted es el único hermano que yo he tenío en esta vida, y hasta en la muerte misma, y hasta después, seremos como uno…”

“Esas palabras de adiós de José María, que me venían a la mente de vez en cuando, recordándolo allá abajo, con la cara de enfermo, mientras yo atajaba el caballo con Ana en la grupa, me aguaban el alma y me hacían extrañar esos buenos tiempos. Pasaron unos cuantos años… como cuatro o cinco años, y un buen día le dejé el cuido del conuco a Ana y partí pa Aguacate como quién ya cumplió y vuelve. Iba cantando sobre la bestia, iba contento de sorprender a José María… y quién sabe a su mujer, y hasta a sus chamacos, ¿cómo sería esa prole?… y me reía pa mis adentros, feliz y enajenao en esos pensamientos.”

“Sin embargo en el Paso de los Remedios la noche se me abalanzó encima, como una tempestad de la que no se puede escapar. Dudé unos minutos, pero enseguida decidí continuar, pues según mis cálculos sólo me quedaban 10 o 15 kilómetros, y pasar la noche allí, en ese peladero del demonio, no tenía la cara nada bonita. Pero la negrura de la madrugada me aguantó las bridas y ya no pude avanzar más. No veía ná. Ni las manos me las veía aquí, pegadas a la cara, así de boca de lobo estaba la noche. Cuando sentí que la brisa me golpeaba la cara entendí que estaba en un claro del monte, más aún, en un llano, así que me bajé del caballo, me amarré las riendas en una pierna y me tiré ahí mismo.”

“El suelo estaba cubierto de hojas húmedas, raro, pues no había caído una gota de lluvia, y olores a flores y aromas de casa me llegaban tenues a las narices, pero igual me dormí, vencido por el cansancio, y acurrucado en ese colchoncito de hojuelas. La mañana me levantó la cabeza de la tierra como cuando en la milicia, y un susto sin causa me atenazó el estómago. El caballo estaba tranquilo, casi no se había movido de lugar, tanto que no me despertó el amarre en tó la noche. A esa hora ya estaba mascando, a desgana, las hojas que me sirvieron de cama… pero compay, ¡eran hojas de muerto!”

“Sí, de esas con las que adornan las coronas y cubren las tumbas. De pronto caí en sitio y me levanté como un rayo. ¡Había dormido en el cementerio! Es más, había dormido sobre una tumba recién hechita… Me despegué del suelo con un brinco que me incrustó en la montura del caballo y, con el cuerpo aún retorcío por los escalofríos, me lancé a galope puro por entre la maleza, en busca del camino real. La carrera me duró sólo unos diez minutos, pues enseguida me topé con la Botica pintá de verde que avisa que ya estás en Aguacate. Aún un poco tonto por estas cosas espoleé la bestia por la única callecita del pueblucho, hasta llegar a casa de José María…”

El viejo tragó en seco. Su piel se erizó en los brazos y me pasó una impresión rara a la mía. Sacudió la cabeza, como quien se quita de un golpe el agua del arroyo ajeno.

“Estaban desbaratando el velatorio de mi hermano, compay… de José María. ¡Se había muerto no hacía ni diez horas! En la casa su doña madre me recibió con lágrimas en los ojos y los “ay mijo” que se dan cuando se le muere un hijo a una madre. Luego me enteré que lo habían enterrao la tarde anterior, y que nadie más se había muerto por aquellos lares. Fue cuando caí en cuenta de que había dormío sobre su tumba la noche entera… la noche entera pegao a mi hermano muerto, compay…”

“—Compa, usted es el único hermano que yo he tenío en esta vida, y hasta en la muerte misma, y hasta después, seremos como uno…”

“Y me resonaban aquellas palabras, y me resonaban, allá donde resuenan las cosas del más allá… Luego, cuando el ciclón del 73, un golpe de río se llevó el pueblo de Aguacate con cementerio y tó, a quién sabe qué abismos del diablo, así que no subí más nunca aquellas lomas, pero clavé esta cruz de palo aquí, donde usted la ve, y de vez en cuando vengo y la pinto con lechá de cal, y me siento un rato a mirar el alto… pa no olvidarme nunca, por lo menos yo, de mi hermano… en la vida… y en la muerte.”

Rufo.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , | Deja un comentario